HistoriaRD-Serraty.

Espacio para estudiar, analizar y conocer los hechos históricos, culturales y de ámbito general que han conformado la nación de la República Dominicana a través de toda su historia.

  • Jacob H. Hollander y el estudio de la crisis financiera de la República Dominicana. (Año-1907)

    Introducción: Jacob H. Hollander, profesor de economía de la Universidad Johns Hopkins, desempeñó un papel clave en el análisis de la crisis financiera de la República Dominicana a inicios del siglo XX. Comisionado en 1905 por el presidente Theodore Roosevelt, Hollander investigó el origen y la magnitud de la deuda dominicana, revelando décadas de mala…

  • La República Dominicana y los Estados Unidos. (Año-1905)

    Introducción: A comienzos del siglo XX, la República Dominicana se encontró atrapada en una crisis financiera, política y diplomática que había comenzado a gestarse mucho antes del gobierno de Carlos Morales Languasco. Cuando éste asumió la presidencia, heredó una situación que ya había comprometido seriamente la soberanía nacional, especialmente a partir del Protocolo del 31…

  • El Futuro de la República Dominicana (Año-1904)

    Éste texto, atribuido al general Juan Francisco Sánchez, analiza la situación política y económica de la República Dominicana a inicios del siglo XX, destacando las causas de su inestabilidad y la necesidad de restablecer el orden. A través de referencias históricas y reflexiones políticas, el autor defiende la independencia nacional y plantea la cooperación con…

  • Santo Domingo: La Isla del Caos (1904).

    Éste texto describe la compleja situación social y política de la República Dominicana a comienzos del siglo XX, especificamente a principios del año 1904, el panorama político estaba marcado por continuas revoluciones, gobiernos inestables y enfrentamientos entre caudillos. El autor presenta a figuras como Jimenes, Morales, Vásquez y Cáceres como actores centrales de una lucha…

  • La Cuba Interesante. (año 1905)

    Éste texto presenta una visión temprana de la Cuba posterior a la independencia, marcada por el contraste entre la modernización impulsada por capital estadounidense y la persistencia de costumbres tradicionales. El autor describe ciudades, paisajes, arquitectura colonial y cambios sociales, mientras expone también prejuicios propios de su época. En medio de ésta mirada, destaca la…

  • La verdadera historia de Máximo Gómez

    Máximo Gómez Báez (1836–1905) fué un destacado estratega militar y una de las figuras más influyentes en las luchas por la independencia de Cuba. Nacido en Baní, en la entonces colonia española de Santo Domingo (actual República Dominicana), se formó inicialmente en el ejército español, experiencia que más tarde aplicaría con gran eficacia al ponerse…

  • Santo Domingo en 1904: Crónica de una República Estancada.

    Introducción: Éste texto de Thomas R. Dawley Jr. ofrece una mirada directa y crítica a la República Dominicana de inicios del siglo XX. A través de su recorrido desde Puerto Plata hasta Santo Domingo, el autor describe un país marcado por la corrupción, la inestabilidad política y el abandono económico, pese a su riqueza natural.…

  • Santo Domingo, La «Isla de la Inquietud».

    Introducción El texto que sigue, escrito por William Thorp a principios del siglo XX, específicamente en el año 1904, constituye un ejemplo representativo de la literatura colonialista y racializada que circulaba en el mundo anglosajón sobre la República Dominicana y Haití. Su contenido refleja los prejuicios, temores y estereotipos de la época, particularmente en relación…

  • El nuevo protocolo dominicano-estadounidense y la disputa sobre el control de las aduanas (1905)

    Introducción El texto aborda los acontecimientos ocurridos en torno al nuevo protocolo firmado entre Estados Unidos y Santo Domingo el 7 de febrero de 1905, tras el fracaso de un acuerdo previo. Este convenio, diseñado para reorganizar el manejo de la deuda dominicana y asegurar la estabilidad financiera del país, simplificó compromisos anteriores y reafirmó…

  • La Diplomacia de Fuego Rápido: El intento de establecer una administración estadounidense sobre las finanzas dominicanas.(1905)

    Introducción: A comienzos del siglo XX, la República Dominicana —conocida entonces como Santo Domingo— se encontraba inmersa en un panorama de inestabilidad política, crisis financiera y presiones internacionales. En éste contexto, Estados Unidos, bajo la presidencia de Theodore Roosevelt, adoptó una política exterior caracterizada por la rapidez y la acción directa, conocida como “diplomacia de…

  • La República Dominicana: una tierra de promesas y desconocimiento. (Año-1904)

    Introducción: El texto presentado corresponde a un testimonio de viaje escrito por el señor Field, un ciudadano Inglés que visitó la República Dominicana —entonces conocida comúnmente como Santo Domingo— a principios del siglo XX específicamente en (1903, 1904). Tras pasar un año recorriendo la isla y observando su realidad social, económica y geográfica, Field ofrece…

  • Santo Domingo: Una República Turbulenta. Años 1903 y 1904.

    Introducción: A comienzos del siglo XX, la República Dominicana vivía una profunda inestabilidad política marcada por luchas caudillistas. En éste contexto, dos figuras militares destacaron por su protagonismo en los constantes cambios de poder: el general Carlos F. Morales y el general Juan Isidro Jimenes. Carlos F. Morales inició y encabezó en Puerto Plata un…

  • Santo Domingo en Venta, año 1892: Deuda,Concesiones y Amenaza a la Soberanía.

    A finales del siglo XIX, la República Dominicana -ubicada en la isla de Santo Domingo- enfrentaba una grave crisis económica y una creciente amenaza a su soberanía. El endeudamiento excesivo, la mala administración y la cesión de derechos aduaneros y concesiones a potencias extranjeras colocaron al país en una posición vulnerable frente a intereses financieros…

  • Santo Domingo. La ciudad europea más antigua en suelo americano.

    Santo Domingo es la ciudad primada de América. Es dónde todo comenzó en el nuevo mundo con la llegada de los españoles en 1492. A continuación veremos un relato histórico sobre el primer asentamiento europeo en la isla de la Hispaniola o Santo Domingo y también acerca de Cristóbal Colón y sus restos. Es un…

  • HistoriaRD-Serraty

Introducción:

Jacob H. Hollander, profesor de economía de la Universidad Johns Hopkins, desempeñó un papel clave en el análisis de la crisis financiera de la República Dominicana a inicios del siglo XX. Comisionado en 1905 por el presidente Theodore Roosevelt, Hollander investigó el origen y la magnitud de la deuda dominicana, revelando décadas de mala administración, endeudamiento abusivo y prácticas financieras irregulares. Sus estudios sirvieron de base para las reformas financieras y los acuerdos internacionales que marcaron profundamente la historia económica y política del país.

DR. JACOB H. HOLLANDER.

(Comisionado especial para Santo Domingo.)

https://en.wikipedia.org/wiki/Jacob_Hollander

LAS FINANZAS DE SANTO DOMINGO

Por Jacob H. Hollander

Tras haber sido comisionado el 24 de marzo de 1905 por el presidente Roosevelt para viajar a Santo Domingo e investigar su situación financiera, el profesor Jacob H. Hollander, de la Universidad Johns Hopkins, detalla los resultados de sus investigaciones, realizadas a lo largo de varios meses, en un esclarecedor artículo publicado en el Quarterly Journal of Economics del mes de mayo. Pocas veces se ha encontrado un historial de mala gestión financiera tan lamentable como el que presenta Santo Domingo y que el profesor Hollander expone con claridad.

Treinta y cinco años es el período que abarcan los métodos fraudulentos analizados, y éste se divide en tres etapas: de 1867 a 1887, la génesis de la deuda; de 1888 a 1897, el período de emisión de bonos; y posteriormente, el período de acumulación de deuda flotante. Al principio, la deuda nacional ascendía a aproximadamente 1.500.000 dólares, en gran parte de dudosa procedencia. Una emisión de bonos en 1869, conocida como el «Préstamo Hartmont», ascendió a 757.000 libras esterlinas, y se vendió al público a tasas que oscilaban entre el 50 y el 70 por ciento. Sin embargo, debido a fraude, negligencia o malversación deliberada, «sólo se recibieron y contabilizaron 38.095 libras esterlinas por parte del Gobierno Dominicano». Tres años después, en 1872, «el préstamo entró en impago».

Entre 1872 y 1880, la deuda flotante se acumuló considerablemente debido a salarios impagos, reclamaciones por daños causados por la revolución, letras del tesoro emitidas para la adquisición de suministros bélicos y deudas contraídas por el gobierno para gastos corrientes. Los intereses sobre estos conceptos alcanzaban hasta el 10% mensual. La deuda consolidada de la isla en 1888 ascendía a 3.850.000 dólares, mientras que la deuda flotante era algo incierta. Fué entonces cuando se firmó el acuerdo con la firma Westendorp, conocido como la «caja de recaudación Westendorp», mediante el cual ésta empresa de Ámsterdam quedaba autorizada a recaudar todos los derechos de importación y exportación durante la vigencia y en beneficio de un préstamo de 770.000 dólares. En 1892, los derechos y obligaciones de Westendorp & Co. fueron adquiridos por la «San Domingo Improvement Company, de Nueva York», mediante una transferencia confirmada por el Congreso Dominicano el 24 de marzo de 1893.

Entre 1888 y 1898 se emitieron siete emisiones de bonos para saldar deudas flotantes y apaciguar las reclamaciones de indemnización. El 1 de enero de 1905, la deuda pública de la república ascendía a 32.560.459 dólares, incluyendo intereses. Todos éstos préstamos se destinaron a fines para los que rara vez se utilizó el dinero. «Condiciones leoninas, despilfarro y procedimientos sin control» caracterizaron cada una de estas operaciones. La política financiera de Heureaux era «una mezcla de la astucia de un degenerado y la imprudencia de un quebrado», y sus sucesores no fueron mejores. De hecho, el profesor Hollander dice de ellos: «Cada dictador sucesivo tendía a convertirse en un prestatario más necesitado y más imprudente, y cada nuevo préstamo se obtenía en condiciones más duras. La tasa de interés nominal rara vez era inferior al 2 por ciento mensual, y con respecto a los fondos o valores realmente recibidos, la tasa era varias veces superior». 

Debido a la presión de los gobiernos de Italia y Francia, en defensa de las reclamaciones de sus ciudadanos acreedores contra Santo Domingo, la situación llegó a un punto crítico, y a principios de 1905 Estados Unidos intervino. El presidente Roosevelt había declarado: «Quienes se benefician de la Doctrina Monroe deben aceptar ciertas responsabilidades junto con los derechos que ésta les confiere», y ésto sirvió de base para la intervención estadounidense. Sin embargo, la acción se retrasó en el Senado, y se estableció un acuerdo provisional tentativo por orden del Presidente. En ésta etapa, el profesor Hollander intervino y descubrió los hechos mencionados. De los $32,560,459 antes mencionados, descubrió que $21,104,000 correspondían a reclamaciones extranjeras, mientras que el resto se debía a deudas y reclamaciones internas. Se llegaron a acuerdos y se indujo a a gestionar $20,000,000 en bonos dominicanos al 5% a cincuenta años al 96%, amortizables después de diez años al 102½%, sujetos a la aprobación y ratificación de un tratado recién redactado. El producto de éstos bonos se destinará al pago de deudas y reclamaciones según lo acordado, a la extinción de concesiones y monopolios particulares, y a obras públicas. Cuando el tratado entre en vigor, $2,500,000, actualmente depositados en Nueva York, estarán disponibles para éstos fines. Los extranjeros recibirán, según los acuerdos celebrados, $12,407,000 en pago de reclamaciones nominales de $21,104,000, y $11,000,000 de deudas internas se saldarán con $5,000,000. El Presidente nombrará un administrador general de aduanas dominicanas, «quien recaudará todos los derechos de aduana de la república hasta el pago o la amortización de los bonos emitidos». Santo Domingo, en virtud del convenio mencionado,se le prohibirá contraer nuevos préstamos sin el consentimiento de los Estados Unidos, ni podrá la república modificar sus aranceles sin nuestra aprobación. No nos comprometemos a ajustar ni a determinar la deuda dominicana, sino simplemente a administrar las aduanas de la república para el servicio de un nuevo préstamo, cuyos ingresos se destinarán a la liquidación de todas las deudas y reclamaciones reconocidas, reducidas a una base aceptable tanto para la república como para los acreedores. En el American Journal of International Law (trimestral) de abril, el profesor Hollander publica un artículo adicional sobre éste tema, titulado: «La Convención de 1907 Entre los Estados Unidos y la República Dominicana».

De ésta discusión aprendemos con mayor detalle sobre el nuevo convenio con Santo Domingo, aprobado el 25 de febrero de 1907 y que actualmente espera la ratificación del Congreso dominicano. «En enero-febrero de 1905», dice, «ante la inminente probabilidad de convulsión interna e intervención extranjera, se concluyó un protocolo de acuerdo entre la República Dominicana y los Estados Unidos, que se hizo efectivo mediante un decreto del ejecutivo dominicano del 31 de marzo de 1905». En virtud de éste acuerdo, los Estados Unidos se comprometieron (1) a ajustar la deuda dominicana, tanto externa como interna, y a determinar la validez y el monto de todas las reclamaciones pendientes; (2) a administrar las aduanas dominicanas y a entregar el 45 por ciento de los ingresos al Gobierno Dominicano, aplicando el resto al pago de intereses y a la amortización de las deudas y reclamaciones así ajustadas; y (3) a brindar a la República Dominicana la asistencia adicional que pudiera requerir para preservar un gobierno ordenado y eficiente.

Ésto no fué aprobado por el Senado, y se implementó un acuerdo provisional a solicitud de Santo Domingo. El 1 de abril de 1905, éste acuerdo entró en vigor, con un representante del Presidente de los Estados Unidos a cargo de las aduanas dominicanas, encargado de destinar el 55 por ciento de los ingresos aduaneros al pago de las deudas de la república. Ésto resultó ser un éxito rotundo. Cesaron las insurrecciones; los funcionarios públicos recibieron sus salarios; se pagaron las cuentas corrientes; el comercio se reactivó; se eliminó el contrabando; los comerciantes locales fueron protegidos contra el trato preferencial fraudulento a sus rivales en las aduanas, y se incentivó a los importadores para contraer créditos mayores. Un nuevo espíritu se infundió en toda la República Dominicana. Ésto condujo a aumentos asombrosos en los ingresos aduaneros. En 1906, los ingresos brutos ascendieron a $3.191.916,59, frente a $2.223.324,51 en 1905 y $1.852.209,54 en 1904, lo que representa un aumento del 44% con respecto a 1905 y del 72% con respecto a 1904. Con el funcionamiento satisfactorio del acuerdo provisional y asegurado el apoyo de nuestro Gobierno, el Presidente de la República Dominicana nombró al Sr. Federico Velázquez, Ministro de Hacienda y Comercio, comisionado especial para la solución de las dificultades financieras del país. Llegó a los Estados Unidos a finales de junio de 1906 y realizó ciertos arreglos financieros en consonancia con los planes de ajuste mencionados anteriormente. El 5 de enero de 1907, habiendo dado su consentimiento un número suficiente de acreedores a la medida de ajuste propuesta, fué necesaria una nueva convención, que fué firmada por los respectivos plenipotenciarios en Santo Domingo el 8 de febrero de 1907. Ésta fué ratificada, con una sola modificación de poca importancia, por el Senado de los Estados Unidos el 25 de febrero, y ahora espera la aprobación del Congreso dominicano para entrar en vigor. Sus principales disposiciones se detallan anteriormente.

  • Introducción:

    Jacob H. Hollander, profesor de economía de la Universidad Johns Hopkins, desempeñó un papel clave en el análisis de la crisis financiera de la República Dominicana a inicios del siglo XX. Comisionado en 1905 por el presidente Theodore Roosevelt, Hollander investigó el origen y la magnitud de la deuda dominicana, revelando décadas de mala administración, endeudamiento abusivo y prácticas financieras irregulares. Sus estudios sirvieron de base para las reformas financieras y los acuerdos internacionales que marcaron profundamente la historia económica y política del país.

    DR. JACOB H. HOLLANDER.

    (Comisionado especial para Santo Domingo.)

    https://en.wikipedia.org/wiki/Jacob_Hollander

    LAS FINANZAS DE SANTO DOMINGO

    Por Jacob H. Hollander

    Tras haber sido comisionado el 24 de marzo de 1905 por el presidente Roosevelt para viajar a Santo Domingo e investigar su situación financiera, el profesor Jacob H. Hollander, de la Universidad Johns Hopkins, detalla los resultados de sus investigaciones, realizadas a lo largo de varios meses, en un esclarecedor artículo publicado en el Quarterly Journal of Economics del mes de mayo. Pocas veces se ha encontrado un historial de mala gestión financiera tan lamentable como el que presenta Santo Domingo y que el profesor Hollander expone con claridad.

    Treinta y cinco años es el período que abarcan los métodos fraudulentos analizados, y éste se divide en tres etapas: de 1867 a 1887, la génesis de la deuda; de 1888 a 1897, el período de emisión de bonos; y posteriormente, el período de acumulación de deuda flotante. Al principio, la deuda nacional ascendía a aproximadamente 1.500.000 dólares, en gran parte de dudosa procedencia. Una emisión de bonos en 1869, conocida como el «Préstamo Hartmont», ascendió a 757.000 libras esterlinas, y se vendió al público a tasas que oscilaban entre el 50 y el 70 por ciento. Sin embargo, debido a fraude, negligencia o malversación deliberada, «sólo se recibieron y contabilizaron 38.095 libras esterlinas por parte del Gobierno Dominicano». Tres años después, en 1872, «el préstamo entró en impago».

    Entre 1872 y 1880, la deuda flotante se acumuló considerablemente debido a salarios impagos, reclamaciones por daños causados por la revolución, letras del tesoro emitidas para la adquisición de suministros bélicos y deudas contraídas por el gobierno para gastos corrientes. Los intereses sobre estos conceptos alcanzaban hasta el 10% mensual. La deuda consolidada de la isla en 1888 ascendía a 3.850.000 dólares, mientras que la deuda flotante era algo incierta. Fué entonces cuando se firmó el acuerdo con la firma Westendorp, conocido como la «caja de recaudación Westendorp», mediante el cual ésta empresa de Ámsterdam quedaba autorizada a recaudar todos los derechos de importación y exportación durante la vigencia y en beneficio de un préstamo de 770.000 dólares. En 1892, los derechos y obligaciones de Westendorp & Co. fueron adquiridos por la «San Domingo Improvement Company, de Nueva York», mediante una transferencia confirmada por el Congreso Dominicano el 24 de marzo de 1893.

    Entre 1888 y 1898 se emitieron siete emisiones de bonos para saldar deudas flotantes y apaciguar las reclamaciones de indemnización. El 1 de enero de 1905, la deuda pública de la república ascendía a 32.560.459 dólares, incluyendo intereses. Todos éstos préstamos se destinaron a fines para los que rara vez se utilizó el dinero. «Condiciones leoninas, despilfarro y procedimientos sin control» caracterizaron cada una de estas operaciones. La política financiera de Heureaux era «una mezcla de la astucia de un degenerado y la imprudencia de un quebrado», y sus sucesores no fueron mejores. De hecho, el profesor Hollander dice de ellos: «Cada dictador sucesivo tendía a convertirse en un prestatario más necesitado y más imprudente, y cada nuevo préstamo se obtenía en condiciones más duras. La tasa de interés nominal rara vez era inferior al 2 por ciento mensual, y con respecto a los fondos o valores realmente recibidos, la tasa era varias veces superior». 

    Debido a la presión de los gobiernos de Italia y Francia, en defensa de las reclamaciones de sus ciudadanos acreedores contra Santo Domingo, la situación llegó a un punto crítico, y a principios de 1905 Estados Unidos intervino. El presidente Roosevelt había declarado: «Quienes se benefician de la Doctrina Monroe deben aceptar ciertas responsabilidades junto con los derechos que ésta les confiere», y ésto sirvió de base para la intervención estadounidense. Sin embargo, la acción se retrasó en el Senado, y se estableció un acuerdo provisional tentativo por orden del Presidente. En ésta etapa, el profesor Hollander intervino y descubrió los hechos mencionados. De los $32,560,459 antes mencionados, descubrió que $21,104,000 correspondían a reclamaciones extranjeras, mientras que el resto se debía a deudas y reclamaciones internas. Se llegaron a acuerdos y se indujo a a gestionar $20,000,000 en bonos dominicanos al 5% a cincuenta años al 96%, amortizables después de diez años al 102½%, sujetos a la aprobación y ratificación de un tratado recién redactado. El producto de éstos bonos se destinará al pago de deudas y reclamaciones según lo acordado, a la extinción de concesiones y monopolios particulares, y a obras públicas. Cuando el tratado entre en vigor, $2,500,000, actualmente depositados en Nueva York, estarán disponibles para éstos fines. Los extranjeros recibirán, según los acuerdos celebrados, $12,407,000 en pago de reclamaciones nominales de $21,104,000, y $11,000,000 de deudas internas se saldarán con $5,000,000. El Presidente nombrará un administrador general de aduanas dominicanas, «quien recaudará todos los derechos de aduana de la república hasta el pago o la amortización de los bonos emitidos». Santo Domingo, en virtud del convenio mencionado,se le prohibirá contraer nuevos préstamos sin el consentimiento de los Estados Unidos, ni podrá la república modificar sus aranceles sin nuestra aprobación. No nos comprometemos a ajustar ni a determinar la deuda dominicana, sino simplemente a administrar las aduanas de la república para el servicio de un nuevo préstamo, cuyos ingresos se destinarán a la liquidación de todas las deudas y reclamaciones reconocidas, reducidas a una base aceptable tanto para la república como para los acreedores. En el American Journal of International Law (trimestral) de abril, el profesor Hollander publica un artículo adicional sobre éste tema, titulado: «La Convención de 1907 Entre los Estados Unidos y la República Dominicana».

    De ésta discusión aprendemos con mayor detalle sobre el nuevo convenio con Santo Domingo, aprobado el 25 de febrero de 1907 y que actualmente espera la ratificación del Congreso dominicano. «En enero-febrero de 1905», dice, «ante la inminente probabilidad de convulsión interna e intervención extranjera, se concluyó un protocolo de acuerdo entre la República Dominicana y los Estados Unidos, que se hizo efectivo mediante un decreto del ejecutivo dominicano del 31 de marzo de 1905». En virtud de éste acuerdo, los Estados Unidos se comprometieron (1) a ajustar la deuda dominicana, tanto externa como interna, y a determinar la validez y el monto de todas las reclamaciones pendientes; (2) a administrar las aduanas dominicanas y a entregar el 45 por ciento de los ingresos al Gobierno Dominicano, aplicando el resto al pago de intereses y a la amortización de las deudas y reclamaciones así ajustadas; y (3) a brindar a la República Dominicana la asistencia adicional que pudiera requerir para preservar un gobierno ordenado y eficiente.

    Ésto no fué aprobado por el Senado, y se implementó un acuerdo provisional a solicitud de Santo Domingo. El 1 de abril de 1905, éste acuerdo entró en vigor, con un representante del Presidente de los Estados Unidos a cargo de las aduanas dominicanas, encargado de destinar el 55 por ciento de los ingresos aduaneros al pago de las deudas de la república. Ésto resultó ser un éxito rotundo. Cesaron las insurrecciones; los funcionarios públicos recibieron sus salarios; se pagaron las cuentas corrientes; el comercio se reactivó; se eliminó el contrabando; los comerciantes locales fueron protegidos contra el trato preferencial fraudulento a sus rivales en las aduanas, y se incentivó a los importadores para contraer créditos mayores. Un nuevo espíritu se infundió en toda la República Dominicana. Ésto condujo a aumentos asombrosos en los ingresos aduaneros. En 1906, los ingresos brutos ascendieron a $3.191.916,59, frente a $2.223.324,51 en 1905 y $1.852.209,54 en 1904, lo que representa un aumento del 44% con respecto a 1905 y del 72% con respecto a 1904. Con el funcionamiento satisfactorio del acuerdo provisional y asegurado el apoyo de nuestro Gobierno, el Presidente de la República Dominicana nombró al Sr. Federico Velázquez, Ministro de Hacienda y Comercio, comisionado especial para la solución de las dificultades financieras del país. Llegó a los Estados Unidos a finales de junio de 1906 y realizó ciertos arreglos financieros en consonancia con los planes de ajuste mencionados anteriormente. El 5 de enero de 1907, habiendo dado su consentimiento un número suficiente de acreedores a la medida de ajuste propuesta, fué necesaria una nueva convención, que fué firmada por los respectivos plenipotenciarios en Santo Domingo el 8 de febrero de 1907. Ésta fué ratificada, con una sola modificación de poca importancia, por el Senado de los Estados Unidos el 25 de febrero, y ahora espera la aprobación del Congreso dominicano para entrar en vigor. Sus principales disposiciones se detallan anteriormente.

  • Introducción:

    A comienzos del siglo XX, la República Dominicana se encontró atrapada en una crisis financiera, política y diplomática que había comenzado a gestarse mucho antes del gobierno de Carlos Morales Languasco. Cuando éste asumió la presidencia, heredó una situación que ya había comprometido seriamente la soberanía nacional, especialmente a partir del Protocolo del 31 de enero de 1903, firmado por el gobierno de Horacio Vásquez con el de los Estados Unidos donde se le permitió a éste último representar de manera directa los intereses de una compañía privada, la San Domingo Improvement Company y las aduanas dominicanas estaban contempladas como la garantía para el pago de la deuda. Éste acuerdo,y a su vez la inmensa deuda contraída en años anteriores con las potencias Europeas,terminó convirtiéndose en un problema mayor que le explotó en las manos al gobierno de Morales, obligándolo a maniobrar en un escenario de presiones internas, revoluciones constantes y amenazas externas.

    En éste contexto, el papel del presidente Morales fué el de un gobernante que intentó contener un proceso ya en marcha, buscando preservar la estabilidad del país frente a la posibilidad de una ocupación extranjera directa. Por su parte, los Estados Unidos, amparados en la Doctrina Monroe y en su política de expansión e influencia en el Caribe, asumieron un rol de supervisión financiera y militar que presentaron como una acción necesaria y “moralizadora”, destinada a garantizar el pago de las deudas, proteger los intereses de los acreedores Europeos y evitar el caos político dominicano. Tal como refleja el texto, ésta intervención fué justificada como una medida preventiva y conservadora, aunque en la práctica significó una profunda limitación de la soberanía dominicana y sentó las bases de una relación de dependencia que marcaría el futuro del país.

    A continuación veremos un análisis exhaustivo de la precaria situación económica y política de la República Dominicana en ése entonces, redactada por el honorable John Bassett Moore (1860-1947) quien fué un destacado jurista, académico y diplomático estadounidense, considerado una autoridad mundial en derecho internacional, que sirvió como el primer juez estadounidense en la Corte Permanente de Justicia Internacional (la «Corte Mundial») y fué un importante funcionario del Departamento de Estado y profesor de Columbia University, conocido por sus escritos influyentes y su rol en la adjudicación internacional.

    “A continuación el texto íntegro del artículo traducido al castellano”

    Santo Domingo y los Estados Unidos

    Por John Basset Moore

    HON. JOHN BASSET MOORE

    (Ex funcionario del Departamento de Estado, actualmente profesor de derecho internacional en la Universidad de Columbia, y una autoridad experta en asuntos de Santo Domingo).

    https://en.wikipedia.org/wiki/John_Bassett_Moore

    El sábado 21 de enero, apareció en una edición vespertina de un periódico de Nueva York un informe telegráfico procedente de Santo Domingo, capital de la República Dominicana, que anunciaba que el comandante A. C. Dillingham, de la Armada de los Estados Unidos, cuya presencia en Santo Domingo en misión especial ya se había anunciado, y el Sr. Dawson, ministro estadounidense, habían llegado a un importante acuerdo con el gobierno dominicano. En otros despachos desde Santo Domingo, publicados en la prensa la mañana del domingo 22 de enero, se informaba que el acuerdo tenía la forma de un protocolo; que, en virtud del mismo, Estados Unidos garantizaría la integridad del territorio dominicano, se encargaría de la resolución de las reclamaciones extranjeras, administraría las finanzas según ciertas directrices y ayudaría a mantener el orden; y que el acuerdo entraría en vigor el 1 de febrero.

    Una retrospectiva

    Tales condiciones no son del todo nuevas en Santo Domingo; pero las desgracias que han provocado se han ido acumulando durante sesenta años, hasta que finalmente se ha llegado a una crisis que, tarde o temprano, era inevitable. Los comisionados estadounidenses —Benjamin F. Wade, Andrew D. White y S. G. Howe— que visitaron Santo Domingo en 1871, informaron que, desde que el país alcanzó su independencia, solo una administración había durado durante todo su mandato constitucional, y que, tras su finalización, se produjo un «período de anarquía» que duró seis años. En 1861, el país fue ocupado por España; en 1865, las fuerzas españolas, actuando en virtud de una ley aprobada por las Cortes, se retiraron, y «De nuevo sobrevino la anarquía.» Y así ha continuado la historia. Durante la larga administración de Heureaux, los desórdenes que surgieron fueron reprimidos con las medidas más severas y a menudo arbitrarias, pero los males del sistema político no se corrigieron. De hecho, fue bajo el gobierno de Heureaux que se extendió la nefasta práctica de mantener la paz mediante «asignaciones», gratificaciones ilegales pagadas a opositores reales o potenciales del gobierno para inducirlos a abstenerse de ejercer la profesión de revolucionario. El 26 de julio de 1899, Heureaux fue asesinado. En mayo del año anterior, un vapor llamado Fanita, con hombres y armas, zarpó de Estados Unidos, supuestamente para ayudar a los insurgentes cubanos, y como Estados Unidos estaba entonces en guerra con España, se entendió que la expedición había obtenido un apoyo sustancial del gobierno estadounidense; pero no llegó a Cuba. Su comandante nominal, el «Capitán Rodríguez», como demostraron los acontecimientos, era el señor Juan Isidro Jiménez, un dominicano, decidido a iniciar una revolución. Desembarcaron en Montecristi. La mayoría de los miembros de la expedición fueron capturados y fusilados, pero Jiménez escapó y posteriormente reanudó sus actividades revolucionarias.

    Tras el asesinato de Heureaux, el vicepresidente, General Figuereo, asumió el gobierno en Santo Domingo; pero a finales de agosto de 1899, renunció, y los miembros de su gabinete abandonaron sus cargos. Una nueva revolución había estallado en el interior de la isla, y el 5 de septiembre su líder, el General Horacio Vásquez, entró en la capital y se convirtió en jefe de un gobierno provisional. Éste gobierno duró hasta el 20 de noviembre, cuando Jiménes sucedió a Vásquez como Presidente «constitucional» o electo, con Vásquez como vicepresidente. El señor Ramón Cáceres, quien había disparado contra Heureaux, fué nombrado gobernador de Santiago y delegado del gobierno en el interior. El gobierno de Jiménes, aunque logró reprimir algunos levantamientos menores, fué derrocado, tras una dura contienda, en mayo de 1902, por una revolución liderada por el General Vásquez, el vicepresidente, quien nuevamente se convirtió en Presidente de un gobierno provisional. En el mes de octubre siguiente, comenzaron a producirse disturbios locales. Continuaron hasta marzo de 1903, cuando, durante la ausencia temporal del Presidente Vásquez, se inició una revolución independiente en la capital bajo el mando del General Alejandro Woss y Gil, quien, el 18 de abril de 1903, se convirtió en Presidente de un gobierno provisional El 20 de julio fué debidamente investido como presidente constitucional; pero el 24 de noviembre fué derrocado por una revolución encabezada por el general Morales, quien se convirtió en jefe de un gobierno provisional. Cuando Morales asumió el poder, se desarrollaba una revolución tripartita en la que participaban el partido de Woss y Gil, o partido del gobierno, el partido de Jiménez y el partido de Vásquez. Éstos disturbios continuaron hasta el verano de 1904. Bandas de merodeadores recorrían el país; la capital fue sitiada; la casa del representante diplomático estadounidense fué alcanzada repetidamente por proyectiles; buques de guerra estadounidenses fueron atacados, y un suboficial resultó muerto, según declaró el representante diplomático estadounidense, de forma deliberada; un buque mercante estadounidense, que se dirigía a su muelle escoltado por una lancha de la armada, fué atacado por la facción de Jiménes; la ciudad indefensa de San Pedro de Macorís, habitada en gran parte por extranjeros, fué tomada y retomada tres veces, y bombardeada en dos ocasiones; las plantaciones de azúcar estadounidenses fueron saqueadas por grupos de partisanos, y los propietarios temían a diario que incendiaran sus cañaverales; el ferrocarril estadounidense, que unía Puerto Plata con Santiago, y que hasta entonces había estado a salvo de ataques, fué tomado por los revolucionarios, las vías férreas fueron destruidas y una estación incendiada. Desde junio de 1904, ha reinado una paz nominal, pero los enemigos del gobierno han mantenido posiciones de facto en algunos lugares, llegando incluso a recaudar y utilizar los ingresos. Se cree generalmente que, de no ser por la presencia disuasoria de un buque de guerra estadounidense en Puerto Plata, una revolución abierta habría estallado en el norte desde mediados de diciembre.

    Los Grandes Intereses en juego.

    Es evidente que, de ser posible, deben mitigarse estas condiciones tan destructivas y peligrosas. Tampoco son insignificantes los intereses en juego. Sin mencionar el gran interés de los propios dominicanos en el establecimiento del orden público, los intereses comerciales e industriales extranjeros acumulados son tan considerables que su sacrificio es impensable. Solo los intereses estadounidenses se valoran comúnmente en 20.000.000 de dólares. Las grandes plantaciones de azúcar son propiedad principalmente de estadounidenses e italianos. Se estima que en los alrededores de San Pedro de Macorís, donde durante los recientes disturbios las plantaciones sufrieron grandes daños a causa de bandas armadas, las inversiones estadounidenses en la industria azucarera ascienden a 6.000.000 de dólares. Extensas plantaciones de plátanos también son propiedad de estadounidenses; la United Fruit Company posee más de 18.000 acres, lo que representa una inversión de más de 8.500.000 de dólares. Hay dos ferrocarriles terminados, uno de los cuales es propiedad de ciudadanos británicos, mientras que el otro, que va de Puerto Plata a Santiago, fué construido principalmente por la Compañía del Ferrocarril Central Dominicano, una corporación estadounidense, esta empresa lo posee y opera actualmente. La exportación de maderas está principalmente en manos de estadounidenses. Los yacimientos petrolíferos de Azua están siendo explotados por una compañía estadounidense. Los derechos de los muelles de los tres puertos principales pertenecen a extranjeros: estadounidenses e italianos. Cuatro grandes casas comerciales son propiedad o están controladas por alemanes, y una por italianos. Una de las dos líneas de vapores que operan regularmente entre puertos dominicanos y extranjeros es la de la firma estadounidense W. P. Clyde & Co., mientras que la otra es francesa. A veces se sugiere que, cuando los ciudadanos de un país viajan al extranjero y se dedican a los negocios, deben asumir todos los riesgos de desorden y daños en el país al que van, y solo pueden recurrir a las autoridades locales, por ineficientes o malintencionadas que sean, para su protección; pero basta decir que ningún gobierno respetable actúa según tal teoría.

    Protección de los acreedores

    Si bien los intereses comerciales e industriales en Santo Domingo requieren protección, también la requieren los intereses de los acreedores del país. Estos intereses merecen una justa consideración, pero el problema que presentan no es tan difícil como a veces se supone. Se suele decir que la deuda pública dominicana asciende a entre 32.000.000 y 35.000.000 de dólares, pero sería imposible corroborar estas cifras si no se incluyeran reclamaciones pendientes con una enorme sobrevaloración. • La deuda en bonos dominicanos en el continente europeo, principalmente en Francia y Bélgica, y en menor medida en Alemania, asciende a unos 14.817.697 dólares, excluyendo los intereses vencidos que suman alrededor de 750.000 dólares. Según un contrato firmado con el gobierno dominicano en 1901 por comités de tenedores de bonos en París y Amberes, y ratificado por el Congreso dominicano —un contrato que ha recibido el apoyo de los gobiernos francés y belga—, los intereses sobre el capital de los bonos se pagan a una suma fija anual, según una escala variable; pero los bonos son redimibles a cincuenta centavos por dólar. Es probable que la totalidad de la deuda pudiera capitalizarse sobre esa base, con el consentimiento de los gobiernos francés y belga y de los tenedores de bonos, si se estableciera un fondo de amortización y se pagara una tasa razonable de los intereses en cuestión estaban garantizados por la administración de los ingresos por parte de Estados Unidos. También existen títulos de deuda dominicana en poder de inversores en Inglaterra, que el gobierno británico ha manifestado hasta ahora su intención de proteger; pero como éstos bonos están en manos de intereses aliados con La San Domingo Improvement Company de Nueva York, está ahora protegida por el laudo internacional emitido el 14 de julio pasado, en virtud del protocolo entre los Estados Unidos y la República Dominicana del 31 de enero de 1903. Según éste protocolo, el gobierno dominicano acordó pagar, como liquidación total de todas las reclamaciones de la San Domingo Improvement Company y sus compañías estadounidenses asociadas, y por la transferencia de todas sus propiedades, derechos e intereses, la suma de $4,500,000, en los términos que fijarían los árbitros. Estos también debían establecer la forma en que se recaudarían los fondos. El monto total a pagar se fijó en el protocolo a instancias del gobierno dominicano. Los bonos de las compañías estadounidenses se incluyeron a cincuenta centavos por dólar y otras reclamaciones fueron transadas o renunciadas. Los árbitros (el juez George Gray, el honorable John G. Carlisle y el señor Don Manuel de J. Galván) fijaron el monto de las cuotas mensuales en las que se pagaría el capital y dictaminaron que, en caso de que el gobierno dominicano no realizara los pagos correspondientes, estos serían recaudados directamente por un agente designado por los Estados Unidos en Puerto Plata, y, en caso de que los ingresos allí fueran insuficientes,o en caso de cualquier otra necesidad manifiesta, o si el gobierno dominicano así lo solicitara, entonces en los puertos de Sánchez, Samaná y Montecristi. Además de la deuda consolidada, existe una deuda interna flotante de aproximadamente $3,230,000, sin incluir los intereses atrasados. De esta deuda, alrededor de $2,500,000 pertenecen a comerciantes residentes de nacionalidad europea, la mayor parte en poder de los representantes de un comerciante italiano fallecido llamado Vicini. También existen reclamaciones alemanas, españolas e italianas liquidadas (distintas de las de Vicini), que ascienden a aproximadamente $375,000, garantizadas por contratos específicos y la cesión de ingresos determinados. La deuda total consolidada y liquidada de la república asciende a aproximadamente $25,000,000. Además de esto, existen las reclamaciones no liquidadas a las que me he referido anteriormente.

    Carlos F. Morales. Presidente de la Republica Dominicana.

    Una política bien elegida

    Un punto que merece destacarse es el intento realizado en el Senado de los Estados Unidos de dar a entender al país que el presidente Roosevelt había actuado de forma imprudente y sin el debido respeto a las prerrogativas del Senado al intentar mejorar la gestión de los asuntos en Santo Domingo. Se había acusado erróneamente al Gobierno de los Estados Unidos de haber tomado posesión por la fuerza de todas las aduanas en Santo Domingo y de haber recaudado los ingresos en beneficio de los acreedores, sin haber negociado un acuerdo adecuado. Los hechos se expusieron en un mensaje enviado por el presidente al Senado el 15 de febrero. Las reclamaciones de la San Domingo Improvement Company contra la República Dominicana se habían sometido a arbitraje, que concluyó con el laudo del 14 de julio de 1904. En virtud de dicho laudo, Estados Unidos estaba autorizado a hacerse cargo de los ingresos de las aduanas de Puerto Plata y Monte Cristi en beneficio de los ciudadanos estadounidenses a quienes se les adeudaba dinero.

    Intereses Europeos.

    Los bonos Dominicanos están en gran parte en manos de Francia y Bélgica. Se ha producido un impago en el pago de intereses; y, con las revoluciones siempre latentes, ha sido imposible para los acreedores extranjeros cobrar sus deudas. Con un control financiero adecuado, la deuda externa podría saldarse fácilmente, mientras que el gobierno dominicano tendría mayores ingresos que nunca. El gobierno de Santo Domingo prefiere que Estados Unidos actúe como fideicomisario financiero, recaudando los ingresos aduaneros, rindiendo cuentas de forma transparente, pagando una parte al tesoro dominicano y destinando el resto al pago de la deuda externa, antes que someterse a la ocupación forzosa de su territorio y aduanas por parte de los gobiernos europeos. Ha quedado claro que si nuestro gobierno no dá éste paso —que puede dar con facilidad y que beneficiará a todas las partes—, el caos en Santo Domingo hará inevitable la ocupación Europea.

    Un plan fiscal útil.

    Una de las principales causas de las revoluciones en Santo Domingo ha sido la tentación de las facciones revolucionarias de apoderarse de uno u otro puerto con el fin de apropiarse de los ingresos de la aduana. De acuerdo con el acuerdo de julio pasado, Estados Unidos comenzó a recaudar los ingresos en Puerto Plata hace varios meses. El 10 de febrero, el contralmirante Sigsbee, con el crucero Newark, actual buque insignia del escuadrón del Caribe, y el crucero Detroit, se hizo cargo de la aduana de Monte Cristi, que había estado en manos de los rebeldes revolucionarios. Ésto se hizo a petición del presidente Morales. Mientras tanto, se había elaborado en Santo Domingo un protocolo que contemplaba el control estadounidense de la aduana, al que siguió la redacción de un tratado formal, firmado por el Sr. Dawson, el ministro estadounidense, y el Sr. Sánchez, ministro de Asuntos Exteriores del presidente Morales. Éste es el tratado que llegó a Washington el 15 de febrero y fué transmitido al Senado, junto con el mensaje del presidente Roosevelt, ese mismo día. A la luz de todos los hechos presentados por el presidente, se esperaba que el Senado estuviera a la altura de su deber público y ratificara prontamente un acuerdo que tiene mucho a su favor y poco que objetar. El destino de Santo Domingo en el futuro a largo plazo no está implicado en los procedimientos actuales, salvo de forma muy indirecta. Naturalmente, si Estados Unidos implementa un sistema honesto de recaudación y desembolso de los ingresos aduaneros y se encarga de la deuda externa, garantizando al mismo tiempo la protección de Santo Domingo contra ataques extranjeros, los buques de guerra estadounidenses tendrán que proteger las aduanas y el comercio de los puertos contra la violencia revolucionaria, y nuestro gobierno tendrá que asegurarse de que no se contraigan nuevas deudas externas de forma imprudente.

    Frente a Montecristi~~ Santo Domingo

    El Contraalmirante Sigsbee

    El teniente Williams y los infantes de marina del Detroit.

    Los aspectos más grandes.

    Sin embargo, nuestra supervisión no necesitará ir más allá de establecer las condiciones que permitan al pueblo de Santo Domingo, al igual que al de Cuba, escapar del caos revolucionario y realizar actividades comerciales con la esperanza de alcanzar condiciones pacíficas y normales. Si en este país surgiera una reacción contra la política de una gran armada, ya no hay posibilidad de que volvamos a las condiciones que existían antes de la guerra con España. Aunque no nos convirtamos pronto en la segunda potencia naval del mundo, de ahora en adelante ocuparemos un lugar destacado tanto por el tamaño de nuestra armada como por su eficiencia. Además, con el Canal de Panamá como enlace entre nuestros intereses en el Atlántico y el Pacífico, el control naval del Mar Caribe se vuelve esencial para nuestra política, e indudablemente intentaremos aplicar de manera práctica la Doctrina Monroe en lo que respecta a las Indias Occidentales, Centroamérica y las costas septentrionales de Sudamérica. Nuestro gobierno no buscará oportunidades para actuar como interventor de repúblicas en bancarrota, pero difícilmente podrá negarse a realizar la labor que ha emprendido en Santo Domingo cuando surja la necesidad.

    .

    Nuestro deber en virtud de la Doctrina Monroe

    La estabilidad de Cuba se debe a que Estados Unidos intervendría si las cosas se complicaran seriamente, ya sea en las relaciones exteriores o en la tranquilidad interna. Aunque no existen acuerdos escritos ni declarados, en Ciudad de México y en Washington se entiende perfectamente que Estados Unidos nunca permitiría que México cayera en la situación caótica de Colombia y Venezuela. La nueva república de Panamá está, por supuesto, bajo la protección de Estados Unidos, para su propio beneficio. Santo Domingo y Haití deberán ser puestos de manera similar bajo la guía amistosa del Gobierno de Estados Unidos. La política que hemos adoptado no es radical, sino más bien sumamente conservadora, dadas las circunstancias actuales. Aquellos que más se han opuesto a la adquisición de Filipinas por parte de este gobierno son precisamente quienes deberían apoyar con mayor entusiasmo la nueva política hacia Santo Domingo, por la obvia razón de que el tipo de relaciones de buena vecindad, de ayuda y apoyo que hemos establecido en Cuba y que estamos extendiendo a Santo Domingo, fortalecen, en lugar de debilitar, a estas repúblicas, y disminuyen, en lugar de aumentar, el peligro de anexión. Además, estos acuerdos con las Antillas proporcionan precedentes y experiencia que, en última instancia, pueden mostrar cómo podemos crear de la mejor manera una república independiente, protegida y garantizada, en el archipiélago filipino. Ciertamente, esto no podrá lograrse en mucho tiempo; y la mayoría de nosotros opinamos que sería imprudente hablar mucho sobre ello en este momento. Pero hay muchos estadounidenses muy inteligentes cuyo sentido de la idoneidad ideal de las cosas no se verá satisfecho hasta que crean que la independencia final de Filipinas es la política hacia la que trabajamos con firmeza de propósito. Estas personas sensibles deberían, sin duda alguna, apoyar la política expuesta por el presidente Roosevelt en su mensaje del 15 de febrero sobre las relaciones con la República Dominicana.

  • Éste texto, atribuido al general Juan Francisco Sánchez, analiza la situación política y económica de la República Dominicana a inicios del siglo XX, destacando las causas de su inestabilidad y la necesidad de restablecer el orden. A través de referencias históricas y reflexiones políticas, el autor defiende la independencia nacional y plantea la cooperación con los Estados Unidos como una vía para garantizar la estabilidad y el desarrollo del país.

    El Futuro de Santo Domingo

    POR EL GENERAL JUAN FRANCISCO SÁNCHEZ

    [A petición de éste medio independiente, el general Juan Francisco Sánchez, Ministro de Relaciones Exteriores de Santo Domingo, quien se encuentra actualmente en Washington gestionando relaciones diplomáticas más efectivas con los Estados Unidos, pero que no domina completamente el inglés, encargó a su secretario la preparación del siguiente documento. El general Sánchez es hijo del general Francisco del Rosario Sánchez, el líder ferviente y patriota que fué ejecutado por los españoles por oponerse a la anexión de Santo Domingo a España. Su hijo, autor del siguiente artículo, no es menos ferviente en su deseo de preservar la independencia de la pequeña República Dominicana, y ha sido enviado a Washington por el gobierno establecido con la esperanza de lograr un plan que garantice éste fin. —EDITOR]

    Juan Francisco Sánchez

    Unas pocas palabras sobre la historia de Santo Domingo sin duda disiparán ciertas ideas erróneas con respecto a su población, su situación actual y las aspiraciones de las personas honestas y sensatas de allí. Francisco del Rosario Sánchez (padre del general Juan Francisco Sánchez, actualmente en Washington), Juan Pablo Duarte, y Ramón Mella iniciaron un movimiento en 1844 que condujo a la independencia de la parte española de la isla de Haití. Una sucesión de revoluciones de mayor o menor importancia culminó con la anexión del país por España en 1861, bajo el mando de Santana; Sánchez, al frente de un puñado de patriotas, se opuso a la anexión y se alzó en armas; él y otros fueron capturados por las fuerzas españolas y fusilados sin piedad. La restauración de la República se produjo en 1865; pero desde entonces, salvo durante el férreo gobierno de Ulises Heureaux, el país ha sido escenario de los peores casos de mala administración, que alcanzan hoy un punto álgido difícil de definir y aún más difícil de combatir.

    Así llegamos al punto en que, en 1903, el general Alejandro Woss y Gil asumió el poder bajo un gobierno constitucional, que duró solo unos pocos meses. Este gobierno sucedió al gobierno provisional de Horacio Vásquez, durante cuyo honesto mandato el Ministro de los Estados Unidos, el Honorable F. W. Powell, concluyó, con la cooperación del general Juan Francisco Sánchez, entonces Ministro de Relaciones Exteriores, cuatro acuerdos muy importantes que estaban pendientes como reclamaciones del Gobierno de los Estados Unidos. Las partes disidentes propusieron algo que parecía justo: unirse para lograr una elección Presidencial libre e imparcial, alegando que el general Gil había usurpado el poder. Para garantizar el fiel cumplimiento de esto tras el acuerdo, Morales, a favor de quien Gil había abdicado el 24 de noviembre de 1903, emitió un decreto para la celebración inmediata de elecciones en diciembre, de acuerdo con las estipulaciones del acta de capitulación. Sin embargo, el señor Juan Isidro Jimenes, una de las partes del acuerdo, prefirió alzarse en rebelión, proclamándose presidente y librando una lucha encarnizada con la ayuda de sus partidarios, y continúa haciéndolo, a pesar de que el gobierno Americano ha reconocido al gobierno de Morales.

    * Nota aclarataria:

    El texto se refiere a el Protocolo firmado por el gobierno de Horacio Vásquez con el de los Estados Unidos el 31 de enero de 1903 donde participó en la firma el mismo Sánchez con el representante de los Estados Unidos F.W. Powell, en cuyo tratado el gobierno dominicano cometió el error de aceptar que el gobierno norteamericano representara los intereses de una compañía privada. (La San Domingo Improvement Co.)

    La Catedral (iniciada en 1512) y la Plaza, Ciudad de Santo Domingo, República Dominicana.

    La muralla de la ciudad, Ciudad de Santo Domingo, República Dominicana.

    El puerto fluvial visto desde la muralla, Ciudad de Santo Domingo, República Dominicana.

    Ciertos actos perpetrados por los insurgentes, como el incendio provocado, el saqueo, el levantamiento de las vías de un ferrocarril Americano en Navarrete y, por último y lo más lamentable, el ataque a la lancha estadounidense “Yankee”, que causó la muerte del joven ingeniero Johnston, son de tal naturaleza que todo Dominicano honesto los repudia, los lamenta profundamente y desea encontrar la solución mediante el establecimiento del orden y una buena administración, de modo que se pueda idear un sistema para pagar la enorme deuda externa e interna, y que se ofrezca una garantía de vida y propiedad a todo aquel que posea bienes allí actualmente o que, atraído por los enormes recursos de ese país inmensamente rico, pueda llegar a ser propietario en el futuro.

    Los Dominicanos se enorgullecían, con razón, de que nadie, ni nativo ni extranjero, hubiera sido víctima de robo, ni en los caminos ni en sus hogares. Muchos extranjeros pueden dar fé de ello. Viajar era completamente seguro en cualquier circunstancia. Pero ahora, a menos que se haga algo para que este hermoso país retome el buen camino, es imposible predecir cómo terminará todo ésto.

    Los insurgentes de Santo Domingo organizándose para formar un ejército.

    Sin duda, el gobierno de Morales desea lograr en Santo Domingo todo lo que conduzca a un acuerdo justo y honesto con todos sus acreedores y, al mismo tiempo, abrir el país a la inversión de capital extranjero. Si su gobierno recibe algún tipo de asistencia por parte del gobierno de los Estados Unidos, se pueden esperar grandes resultados de los miembros de su gabinete.

    Desde todos los puntos de vista, se hace necesario para Santo Domingo, y posiblemente conveniente para ambos países, llegar a un entendimiento justo y liberal. La situación de Santo Domingo se ha vuelto hoy, en vista de las ventajas de Puerto Rico y de las singulares relaciones de Cuba con los Estados Unidos, muy difícil. El azúcar constituye el principal producto del sur. Las plantaciones de azúcar son propiedad en su mayoría de ciudadanos estadounidenses: es capital estadounidense el que está invertido allí y el que continúa satisfaciendo sus necesidades. ¿Es posible permitir que éstas plantaciones perezcan, cuando, con un poco de ayuda del gobierno Americano, Santo Domingo podría mantenerse a flote en éste y otros aspectos?

    El cacao, el tabaco, el café y maderas de todo tipo, así como minerales de diversas clases, encontrarían un mercado fácil y ventajoso en el vasto consumo de ochenta millones de personas.

    La situación geográfica de la isla y, en especial, la parte que constituye la República Dominicana, ofrece, por así decirlo, una posición estratégica inmejorable para proteger y controlar el paso de Mona y el dominio del Mar Caribe, lo cual sin duda desempeñará un papel fundamental en la administración de la gran y universalmente beneficiosa apertura del Canal de Panamá.

    Se puede afirmar sin temor a equivocarse que para todo Dominicano la idea de la anexión es repulsiva, y que cualquier intento en ese sentido sería rechazado con firmeza. Cabe recordar que la raza española, con todas sus características, ha dejado en ese país una semilla de orgullo patriótico, mezclada con insubordinación y falta de disciplina, lo que los convierte en un pueblo difícil de dominar, aunque, en general, si se les trata con justicia y equidad, las masas se dejan guiar fácilmente por el buen camino.

    Un Mercado en Santo Domingo y una Procesión Fúnebre.

    Las personas sensatas de hoy en día saben que se puede esperar mucho de la ayuda del gobierno de los Estados Unidos, y las acciones que contribuyan a tal fin contarían con la aprobación de la gran mayoría, aunque los miembros del partido insurgente, aún estando convencidos de ésta verdad, puedan afirmar lo contrario por sus propios intereses.

    Nadie que esté familiarizado con los asuntos dominicanos puede dejar de ver que se está formando una densa nube que amenaza con estallar en un futuro próximo. Los tenedores de bonos Europeos, Belgas, Franceses, Alemanes, Italianos y Españoles, por no mencionar a los Ingleses, cuyos intereses están en manos del gobierno de Estados Unidos, se cansarán de esperar; su paciencia se agotará, sin resultado alguno. Veinticinco millones de dólares no se pueden pagar con meras promesas, y podrían unirse para emprender alguna acción con respecto a la República Dominicana que obligaría al Gobierno estadounidense a intervenir, no solo para ser consecuente con la Doctrina Monroe, sino para evitar la más mínima posibilidad de que alguna potencia ambiciosa se apodere de puntos estratégicos que constituirían una situación sumamente delicada para la nación Americana.

    WASHINGTON, D. C.

    Importaciones y exportaciones en la playa: el modo habitual de descargar y embarcar mercancías.

  • Éste texto describe la compleja situación social y política de la República Dominicana a comienzos del siglo XX, especificamente a principios del año 1904, el panorama político estaba marcado por continuas revoluciones, gobiernos inestables y enfrentamientos entre caudillos. El autor presenta a figuras como Jimenes, Morales, Vásquez y Cáceres como actores centrales de una lucha constante por el poder que mantenía al país en un estado de permanente agitación .También describe cómo, pese a su belleza, sus vastos recursos y su fertilidad excepcional, la República Dominicana en medio de un clima de tanta incertidumbre enfrentaba grandes desafíos sociales e institucionales para trazar un camino claro con vías al desarrollo y al aprovechamiento pleno de su potencial.

    San Domingo: Island of Chaos

    By William Bayard Hale

    William Bayard Hale https://share.google/lc7S2b4IzGuf91SQx

    Es una ironía singular que la tierra más hermosa del globo esté hoy habitada por la población más degenerada de la Tierra; que el primer foco de civilización del Hemisferio Occidental se haya convertido en su zona más bárbara; que una isla en la que los Europeos exterminaron a los nativos Americanos haya caído en manos de los Africanos, con su suelo empapado con la sangre de tres razas y asolado en posesión de la más innoble de todas ellas.

    Ningún otro país abastece a los periódicos con historias tan frecuentes como Santo Domingo y Haití, y ningún otro país resulta tan desconocido, salvo como supuestos escenarios de horror salvaje y grotesco. En éste momento, los desórdenes en Santo Domingo, que han provocado ataques a buques estadounidenses y el derramamiento de sangre estadounidense, están recibiendo gran atención pública, pero la insinuación de que la anexión, o al menos la ocupación militar, del país podría convertirse en una necesidad inminente deja a la mayoría desconcertada, preguntándose qué clase de lugar y de pueblo son, lo que preocupa al Gobierno de Washington.

    Los hechos físicos son los siguientes: La isla que propiamente se llama La Española tiene tres veces el tamaño de Massachusetts, incluyendo Connecticut. Dos naciones dividen su territorio: Santo Domingo ocupa la parte oriental, mucho más extensa; Haití se encuentra a lo largo de la costa occidental. Los haitianos son negros de pura sangre; hay más de un millón de ellos; hablan francés—de cierto tipo. Los Dominicanos son «de color» , como dicen en las Indias Occidentales; hablan español, son un cuarto de millón y llaman a los haitianos «negros».

    Haití celebra éste año el centenario de su independencia y del derrocamiento del dominio blanco sobre la isla. Santo Domingo ha sido independiente de Haití desde 1844; entre 1861 y 1865 se sometió de nuevo a España. En 1871, una comisión nombrada por el presidente Grant halló al pueblo Dominicano deseoso de anexarse a Estados Unidos, y la anexión real sólo se evitó gracias al voto y la influencia del senador Charles Sumner. Desde el establecimiento de su gobierno, Santo Domingo ha sido gobernado por una serie de dictadores con la reputación de presidentes: el más capaz de ellos fue Ulises Heureaux. El estado de guerra es la condición normal de la isla. La revolución se ha convertido en un hábito fijo en el pueblo. Se levantan al saludo de los sucesivos jefes con la misma regularidad con que obedecen al ventoso llamado de la mañana. La lluvia temprana y tardía puede fallar, pero no la revolución anual.

    Para comprender la posibilidad de una situación como la que existe hoy en ésta tierra desdichada, sólo es necesario recordar que un clima tropical no favorece la mano de obra; que una tierra de fertilidad incomparable la hace innecesaria —la naturaleza provee fácilmente de lo necesario para la existencia— y que la sangre de Santo Domingo es una mezcla de negros, indígenas y españoles. Sin embargo, contribuye a ello que el país esté dividido por hendiduras del mar, altas cordilleras de montañas y una variedad de niveles en varias provincias, cada una con su propio clima y población. Cada valle tiene su favorito o su déspota, que vive rodeado de su banda de sirvientes depredadores, deseoso de fomentar disputas y tener la oportunidad de ver el mundo y tal vez marchar a la capital. Los puertos están muy separados y ceden fácilmente a los ataques de los repentinos descendientes de las colinas. Los productos naturales del país, de crecimiento silvestre, sustentan un ejército en cualquier época del año, sin pensar en comisariatos, mientras que la montaña y la selva ofrecen las condiciones ideales para una guerra de guerrillas persistente.

    Fuera de la isla, nunca se sabe de cientos de revueltas; con frecuencia, cuatro o cinco pequeñas revoluciones se desarrollan simultáneamente. Normalmente, si un líder revolucionario, gracias a su ferocidad superior, astucia o buena fortuna, logra varias victorias, los demás movimientos tienden a aliarse con él y se convierte en una figura política.

    La generación actual conoce a cuatro de esos jefes destacados: Jimenes, Vásquez, Morales y Woss-y-Gil. Ninguno de ellos, a menos que Morales, el más joven en el campo, desarrollara habilidades insospechadas, es un sucesor digno de Heureaux. Fué un héroe según el corazón haitiano, una bestia negra que mató a sus enemigos por odio y para satisfacer su sed de sangre, no por la mera política de salvaguardarse en el cargo. Un relato veraz de éste hombre y sus hazañas sería demasiado horripilante para éstas páginas. Y, sin embargo, Heureaux fué en algunos aspectos realmente un gran hombre. Hablaba tres idiomas y podía mentir en todos ellos con perfecta facilidad; en todos ellos también era un orador de ése poder singular que el hombre negro y el negro a veces exhiben en ferviente discurso. Era un estratega en la batalla y en la política, y además algo así como un estadista. Hacia el final, su sed de sangre se volvió tan grande que incluso se la reconoció como una enfermedad. Su asesinato supuso el alivio de una terrible carga de temor para el pueblo, que, sin embargo, ahora habla de Heureaux con el mayor respeto y lo erigirá en la próxima generación como un héroe legendario.

    Juan Isidro Jimenes.

    Revolucionario sólo por intereses fiscales, y actualmente uno de los Presidentes de Santo Domingo.

    Presidente de la República Dominicana

    (1899-1902)—— (1914-1916)

    Partido–— Los Bolos

    El señor Juan Isidro Jimenes, el de color más claro, quizás es él más “ patriota” y culto de la isla, es su principal azote. Fué él quien organizó la revuelta contra Heureaux, que triunfó gracias al asesinato del tirano. Jimenes es Dominicano sólo de nacimiento y profesión; aunque un concesionario privilegiado, ha vivido poco en la isla. Jimenes acumuló dinero y estableció sucursales de una empresa de comercio general en Puerto Príncipe, Nueva York y Hamburgo. Luego sufrió el desastre, perdiéndolo todo excepto la reputación de seguir siendo millonario. En ésta situación, comprendiendo el carácter rentable del patriotismo ilustrado, concibió la idea de deshacerse del opresor de su país y recuperar su fortuna en la presidencia.

    En consecuencia, gastó el capital que aún podía conseguir en fomentar la insurrección en el norte de la isla, y en el verano de 1898 partió él mismo con una expedición filibustera que desembarcó en Monte Cristi, esperando encontrar allí el núcleo de su ejército. En cambio, su grupo fué aniquilado por las tropas gubernamentales, y sólo él escapó con vida.

    Lo que la rebelión no logró, la bala de un asesino lo logró. Jimenes estaba en Cuba cuando Heureaux fué asesinado en Moca en julio de 1899, y otros dos patriotas, Figuereo y Vásquez, deseosos de ser los salvadores de su país, se disputaron la presidencia durante un tiempo. Pero la creencia universal de que Jimenes regresaba con la abundancia de dinero hizo imposible la oposición. Por consiguiente, fué aclamado Presidente en Noviembre de 1899. Inmediatamente se descubrió que el nuevo presidente no tenía dinero y que su única ambición era lucrarse con su cargo. El señor Jimenes es un hombre de negocios muy despiadado. No lo mueve en lo más mínimo el patriotismo que a veces profesa, ni siquiera la ambición de gloria y poder, que es la dinámica habitual e inteligible del revolucionario Dominicano.

    Jimenes es puramente un revolucionario profesional. Jimenes no es un general; confía en el liderazgo de su ejército a otros. Vásquez fué su primer comandante y le fué fiel por un tiempo y luego lo traicionó; Morales fué su segundo como partidario de él y ahora está gobernando a parte. Ahora confía —con qué sabiduría, ¿quién sabe?— en los generales Rodríguez, Deschamps y Pichardo.

    Carlos Felipe* Morales.

    Inicialmente sacerdote, se convirtió en un exitoso líder revolucionario bajo el gobierno de Jimenes y luego se consagró Presidente. Actualmente controla tres puertos además de la capital.

    Presidente de la República Dominicana

    (1903- 1906)

    El general Carlos Felipe Morales es una nueva figura en los asuntos nacionales Dominicanos. Originalmente fué sacerdote y sirvió como tal en su ciudad natal hasta que abandonó el altar y fué depuesto. Era un local favorito,se convirtió en el amigo de confianza de Jimenes y fué nombrado recaudador de Puerto Plata y luego Gobernador Provincial o “Delegado”. La formación sacerdotal de Morales no interfirió con su destreza como jefe combatiente, y, cuando entró en campaña por Jimenes contra Woss-y-Gil, fué reconocido como comandante en jefe de las fuerzas revolucionarias. Morales, luchando bajo el mando de Jimenes, arrebató el país y la capital al héroe del nombre con guión, y luego se apoderó de la presidencia.

    Es posible que Morales haya sido depuesto a su vez antes de que éste artículo saliera de imprenta; actualmente sólo controla tres puertos además de la capital, pero, en el cargo o fuera de él, si escapa a la venganza de Jimenes, podría ser una figura permanente en los asuntos de la isla. Morales siempre ha sido bien considerado por la clase alta de la isla, tras haberse comportado honestamente en el cargo de Puerto Plata. No goza de gran popularidad, aunque sin duda es un capitán militar apuesto e intrépido.

    El general Horacio Vásquez es un hombre de quizás menos mentalidad que Jimenes o Morales. En apariencia se acerca al caucásico. Su reputación es la de un hombre honesto de naturaleza algo tímida; aunque intrépido en el campo de batalla, sus hazañas han sido más de coraje que de audacia, mientras que en política carece de imaginación y capacidad de iniciativa. Fué Vásquez quien dirigió los movimientos militares contra Heureaux en 1899, y después de la muerte del tirano, estaba, como dictador, en posesión de la ciudad de Santo Domingo, cuyas puertas abrió para admitir a Jimenes. Había iniciado la revolución en nombre de Jimenes, pero el fino sentido del honor es una desventaja en la política Dominicana, y la lealtad está en desuso como cualidad personal. Es cierto que Vásquez fue nombrado Vicepresidente y que, mientras ocupaba el cargo como tal, organizó una rebelión contra su superior. Ésta rebelión Vásquez la dirigió y lideró en persona, bombardeando y tomando Santo Domingo, expulsando a Jimenes y manteniéndose en el poder durante un año. Luchó valientemente contra su propio sucesor, Woss-y-Gil, persistiendo en la lucha mucho después de haber sido expulsado de la capital, y nuevamente el otoño pasado emprendió una campaña para recuperar el cargo del que él había sido depuesto. La causa de Jimenes, bajo la capitanía de Morales, resultó, sin embargo, más popular, y los ejércitos de Vásquez se desvanecieron.

    Se supone que el general Vásquez ahora debe conformarse con su vida privada. Nadie que conozca su espíritu ambicioso cree que permanecerá inactivo por mucho tiempo. Hay un joven en La Vega Real, ése jardín de éste paraíso, que, aunque ahora profesa su adhesión a Jimenes, está dispuesto a aparecer en el momento oportuno al frente de un movimiento bien provisto de armas y municiones, comprometido a restituir a Vásquez en la presidencia.

    Tengan bien presentes a éstos tres principales rivales: Jimenes, el comerciante y revolucionario sólo por ingresos; Morales, el ex sacerdote a quien la ambición ha convertido en dictador; Vásquez, el soldado honesto y patriota (para fines de identificación: los términos deben tomarse en un sentido de acomodación): uno contra todos y todos contra uno.

    El general Alejandro Woss-y-Gil fué un episodio. Ahora se encuentra en San Juan, Puerto Rico, con la idea de estar listo para el llamado de su país, mientras que algunos fieles seguidores en Puerto Plata aún esperan, al favorecer a Jimenes por el momento, estar en condiciones de ayudar a su favorito con el tiempo. Gil es un negro sin una fuerza de carácter particular, ni un magnetismo personal especial ni popularidad.

    Ramón Cáceres.

    Fué Ministro de Guerra durante el gobierno de Vásquez y actualmente es un desconocido desde el punto de vista político.

    Presidente de la República Dominicana

    ( 1906-1911)

    Partido–— Los Coludos

    El joven de La Vega Real es Ramón Cáceres. Fué la mano de Ramón Cáceres la que disparó el tiro que mató a Heureaux en las calles de Moca. Empapado en la sangre de su víctima, el asesino fué aclamado por la población, y le llovieron flores y confeti. Cuando Vásquez se convirtió en dictador, nombró a Cáceres ministro de Guerra. El hombre tiene ahora treinta y cinco años. Es de buena familia y se le considera blanco. Es bastante culto. Su principal característica es la determinación; su sagacidad es bastante menor que su energía. Ahora, delegado de Morales en el interior, su verdadera lealtad recae en Vásquez, o en Ramón Cáceres.

    Bajo el gobierno de ninguno de éstos líderes, Santo Domingo puede esperar tranquilidad. Ninguno de ellos es lo suficientemente fuerte como para mantenerse contra los demás. Que el presente escritor sepa, las influencias externas interesadas en el establecimiento del orden en la isla han considerado sus casos; han sondeado también los caracteres de otros posibles líderes, con vistas a la conveniencia de apoyar a uno de ellos en el poder, y se han visto obligados a la conclusión de que ninguna figura en la isla es apta o igual a la tarea de cooperar con fuerzas civilizadoras del exterior en la salvación de Santo Domingo de la anarquía en la que se encuentra.

    Es costumbre referirse a las revoluciones dominicanas como asuntos de ópera bufa. De hecho, a menudo son asuntos muy desesperados y muy fatales. Los dominicanos no son buenos tiradores, y la munición que se descarga en los pequeños vapores Cherokee y New York es de mala calidad. Pero estos individuos, sin embargo, son luchadores terribles, fácilmente provocados por una furia salvaje, e inconscientes en el calor de una batalla, del peligro, como insensibles al dolor. Máximo Gómez, famoso como revolucionario en Cuba, era dominicano; su compañero de armas, Maceo, es considerado nativo de Haití. ‘Los generales dominicanos poseen un alto grado de astucia, y la práctica de tácticas engañosas, por no decir, la traición, conduce con frecuencia a matanzas al por mayor del enemigo. Las prisiones son repugnantes y unos pocos meses de confinamiento en ellas son fatales. Pero muchos prisioneros no esperan el final del proceso de la enfermedad. Las ejecuciones sumarias reducen sus filas; En el caso de un personaje importante, la víctima es fusilada, por error de identidad, bajo la forma de una orden emitida a nombre de otro, Heureaux ejecutó así a más de dos mil personas.

    Una revolución en Santo Domingo normalmente comienza en algún lugar de las provincias. Al igual que en Haití, el sentimiento popular se inclina a favorecer una que se origina en el norte; se cree que tiene mayores posibilidades de éxito. Esta noción no es supersticiosa, ya que la costa norte, refrescada por los vientos alisios, alberga una población más enérgica. Normalmente, un «delegado» iza un estandarte, toma una aduana y establece un gobierno provisional. La posibilidad de éxito y la certeza de un vagabundeo encantador e irresponsable atraen a cientos de voluntarios sans-coulottes a la fortaleza. Están armados con machetes, cocomacaques y rifles, generalmente los Remington de alto volumen.

    Un destacamento del ejército regular.

    Con los peajes de la aduana, el líder compra cien mil cartuchos que le envían desde Nueva York, y luego parte hacia otro pueblo y otra aduana. No es muy difícil tomar Monte Cristi, San Pedro o San Francisco de Macorís, Samaná o Azua; ni es difícil para el gobierno recuperarlos, si puede prescindir de una de sus dos cañoneras y tiene pólvora.

    La ciudad de Santo Domingo es un asunto diferente. El gobierno cuenta con varios cañones de fuego rápido, y la ciudad, bajo el mando de un general decidido, es capaz de resistir un asedio prolongado. Normalmente, la capital es bombardeada desde una colina boscosa al otro lado del río Ozama; la localidad se llama Pajarito.

    No hay pretensiones de partidos en Santo Domingo. Las revoluciones no son meramente reales, son, confesamente, asuntos personales sin principios. Ni el pueblo Dominicano, en su conjunto, ni ningún líder ahora activo entre ellos ha concebido ninguna idea nacional, ni defiende ninguna política nacional, ni tiene en el corazón o incluso en los labios ningún sentimiento que pretenda contribuir a una mejor vida nacional.

    Es engañoso hablar de los habitantes de Santo Domingo como si constituyeran un pueblo. La sangre negra prevalece en la población mestiza, pero que varía desde el característico color Africano hasta el tono del Sur de Europa. Todos son iguales: perezosos, descuidados, jactanciosos, ignorantes y bondadosos; amables, traicioneros, apasionados. La moralidad es sólo un nombre. En persona son limpios, pero no así en su domicilio ni en sus costumbres. Sin pertenecer a ninguna raza, sin estar unidos por ninguna idea nacional, sin ninguna ambición común, sin principios, sin pasado y sin preocuparse por el futuro, los Dominicanos son meros moradores de la tierra y sus cargas.

    En manos de un pueblo así, invadido continuamente por hordas de revolucionarios, con sus ciudades bombardeadas continuamente y la antorcha encendida entre sus aldeas, puede entenderse que las evidencias físicas de civilización en Santo Domingo se encuentran en ruinas totales. En toda la isla hay solo ciento veinte millas de ferrocarril. Ningún vehículo con ruedas se aventura fuera de las ciudades. Las carreteras de ciudad en ciudad son los senderos más simples, transitables solo por burros y caballos de montaña descalzos. Las fortalezas del interior son escenario de orgías inhumanas. El vudú tiene su garra sobre una población propensa a la más oscura superstición; los abominables ritos de adoración de serpientes son ampliamente observados; no se desconoce la inmolación de víctimas humanas ante altares de serpientes ni la espantosa locura del canibalismo.

    El presente autor cree que las estimaciones comunes sobre la población de Santo Domingo son exageradas. «Los negros pululan en Haití como monos en los bosques; en Santo Domingo, amplias zonas parecen estar deshabitadas. Es dudoso que haya doscientos cincuenta mil habitantes en Santo Domingo».

    La isla que Colón eligió como su hogar y lugar de descanso final; a la que bautizó con el nombre de su amada España; cuya capital, según él, era la de su padre; cuyos paisajes, según él, eran los más espléndidos de la tierra, es tan maravillosa ahora en su belleza nativa e inextinguible como lo era cuando Colón fundó su capital. Bajo un gobierno ordenado, sus tierras baldías serían rápidamente recuperadas, sus inagotables riquezas volverían a estar disponibles, su belleza volvería a ser un deleite para la apreciación civilizada.

  • La Cuba Interesante. (año 1905)

    Éste texto presenta una visión temprana de la Cuba posterior a la independencia, marcada por el contraste entre la modernización impulsada por capital estadounidense y la persistencia de costumbres tradicionales. El autor describe ciudades, paisajes, arquitectura colonial y cambios sociales, mientras expone también prejuicios propios de su época. En medio de ésta mirada, destaca la figura de Máximo Gómez, el héroe de la independencia cubana, cuya muerte reciente en La Habana añade un tono de homenaje a un gran líder admirado por su sencillez y grandeza.

    Interesting Cuba

    By Frederick A. Ober

    https://en.wikipedia.org/wiki/Frederick_A._Ober

    autor de “Nuestros vecinos antillanos”, “Campamentos en el Caribe”, “Bajo la bandera cubana”, etc.

    El fallecido General Máximo Gómez, en su casa de La Habana

    Por supuesto que irás algún día, si es que aún no has visitado Cuba, en cuyo caso seguramente volverás, es muy fácil llegar y hay mucho que ver cuando llegas allí. La Habana debería ser uno de sus objetivos y Santiago el otro; entre ellos, 800 kilómetros de paisajes tropicales: vastos bosques, amplios llanos, plantaciones azucareras salpicadas de ingenios humeantes, cafetales, cocoteros, ciudades centenarias con arquitectura hispano-morisca. Todo ésto podrá contemplarlo mientras viaja en el magnífico ferrocarril de Sir William Van Horne, maravillosamente equipado para ser nuevo y provisto de todos los lujos como coches cama Pullman, vagones comedor y miradores. Este Sir William, como usted sabe, es un yankee de Illinois, con un barniz canadiense y un toque cosmopolitan, así que sabe lo que es viajar. También ha construido hoteles a lo largo de la línea y está construyendo más; entre ellos se encuentra la estructura de un millón de dólares que se está construyendo en La Habana, diseñada para ser la más suntuosa y moderna del mundo. Quizás sea demasiado cara para el turista promedio; pero no importa, “hay otras”.

    Los cubanos no han cambiado ni un ápice. Los paisanos nativos visten los mismos pantalones anchos, con corte de miriñaque, calzan sus pies descalzos y con sandalias de cuerda de cáñamo, aran sus campos con un palo torcido y aguijonean a sus pacientes bueyes con clavitos de cinco centímetros de largo. No son más perezosos que en la antigüedad, simplemente porque les es imposible serlo. Su admiración por los americanos( estadounidenses) es excesiva, pero en cuanto a la gratitud —aunque los estadounidenses realmente regeneraron su isla, derramaron su sangre para alcanzar su libertad y su tesoro para darles escuelas, un sistema sanitario y un gobierno—, aún desconocen ese sentimiento ennoblecedor.

    Se podría citar al presidente Palma, el favorito de los cubanos, “Don Tomás”, como un brillante ejemplo de lo que un cubano debería ser, pero no es, pues ha proclamado con frecuencia la deuda de su isla con los Estados Unidos. Aunque a través de su larga residencia en nuestro país, Don Tomás es menos cubano que estadounidense. Es el cubano, más algo mejor.

    En Cuba sólo ha habido otro más grande que él, y ese fué el gran héroe Máximo Gómez, quien murió en junio pasado en La Habana, rodeado de su encantadora familia, en un una calle poco conocida, a solo dos cuadras del Prado. Era un hombre siempre afable, sencillo en su vida y costumbres, un hombre encantador de conocer: éste es él «Washington de Cuba». Aunque, sin duda, el hombre más grande de Cuba, el general Gómez no era cubano, pues nació en la isla de Santo Domingo (República Dominicana).

    El capital estadounidense ha invadido Cuba y absorbido a las grandes compañías tabacaleras, decían; pero millones y millones de ellos no pueden lograr un cambio apreciable en el trabajador tabacalero cubano. Sigue siendo tan descuidado por costumbres como siempre, todavía fuma el inevitable cigarrillo y aún mejora su mente escuchando las frases sonoras de su “lector”, que reparte noticias por la mañana y novelas cortas a plazos durante el resto del día. Su mente puede haber mejorado, pero no tanto el producto de su trabajo, a juzgar por el sabor de esas “flor de cabagó” que se imponen al extranjero en La Habana como conchas y príncipes.

    Lector en una fábrica de tabaco cubana

    Encontrará pocas reliquias existentes de la última guerra en Cuba, pues incluso los reconcentrados que sobrevivieron al sangriento Weyler han sido engordados hasta quedar irreconocibles, dados sus “cuarenta acres y una mula”, y se han establecido como agricultores pacíficos. Pero si desean ver cómo era una trocha española, suban a los carros y corran a Ciego de Ávila, donde encontrarán algunos magníficos ejemplares de fortines macizos aún en pie. Los españoles que los defendieron se fueron hace mucho tiempo, y la alambrada que los conectaba se ha convertido en cercas para granjas prósperas (como en Ceballos, la famosa colonia americana). El espacio de un kilómetro de ancho, despejado por los españoles a lo largo de toda la isla, ofrece una excelente oportunidad para que los jóvenes agricultores cubanos cultiven, libres de árboles y maleza. Si hubiera sido una trocha americana, estos hermosos fortines nunca se habrían construido, pues en su lugar, probablemente, habría habido toscas chabolas de losas o, en el mejor de los casos, toscas estructuras de piedra. Y ésta perfección de la mano de obra, alcanzada por el albañil y constructor español, marca la diferencia entre el estilo arquitectónico “americano” y el del Viejo Mundo, o morisco.

    Fortín Cubano

    La casa Hispano-Americana, ya sea de un año o de un siglo de antigüedad, siempre está construida con piedra maciza alrededor de un patio central, tiene un techo de tejas pesadas y es absolutamente ignífuga. Ejemplos de esta admirable arquitectura se dan en las imágenes aquí presentadas de una casa moderna en Puerto Príncipe, con las grandes tinajas, utilizadas como cisternas, en su patio; y la casa de Hernán Cortés, en Santiago. Ésta última es probablemente la casa más antigua de Cuba, habiendo sido erigida en la segunda década del siglo XVI, poco después de que Cortés, el conquistador de México, llegara a Cuba con Velázquez. Sin embargo, aún se mantiene en pie en su sitio original, bien conservada; un buen ejemplo de lo que los españoles llamaban una casa y del estilo que construyeron, no solo en España, sino también en toda Hispanoamérica.

    Patio privado cubano, con tinajas

    Los españoles en Cuba construyeron sus casas para perdurar eternamente, al parecer; como pretendían que perdurara su soberanía. Aunque quizá desconocieran el verdadero significado de un hogar, sabían cómo construir una vivienda, un fuerte, una catedral; así que, después de todo, hicieron algo por el progreso de Cuba.

    Casa de Cortés (a la derecha), ocupada por él alrededor de 1517-18. Bahía de Santiago y Sierra del Cobre a lo lejos.


  • Máximo Gómez Báez (1836–1905) fué un destacado estratega militar y una de las figuras más influyentes en las luchas por la independencia de Cuba. Nacido en Baní, en la entonces colonia española de Santo Domingo (actual República Dominicana), se formó inicialmente en el ejército español, experiencia que más tarde aplicaría con gran eficacia al ponerse del lado de los patriotas cubanos. Su llegada a Cuba en 1865 marcó el inicio de una trayectoria decisiva en las guerras independentistas, especialmente durante la Guerra de los Diez Años y la Guerra de Independencia de 1895. Conocido por su disciplina, liderazgo y dominio de tácticas como la “carga al machete”, Gómez se ganó un lugar central en la historia cubana como General en Jefe del Ejército Libertador. Su vida estuvo marcada por un profundo compromiso con la libertad de Cuba, causa a la que dedicó casi treinta años hasta la proclamación de la República.

    Éste escrito examina la vida y el papel histórico de Máximo Gómez, el militar Dominicano que llegó a ser el principal líder y comandante de las fuerzas independentistas cubanas. A través de una narración crítica y detallada, el autor describe el ascenso, los conflictos internos, las ambiciones políticas y las contradicciones de Gómez, así como su influencia decisiva en las guerras de independencia de Cuba.

    THE TRUE STORY OF MÁXIMO GÓMEZ

    BY THOMAS ROBINSON DAWLEY, JR.

    LA EXTRAORDINARIA CARRERA DE MÁXIMO GÓMEZ, EL CAMPESINO DOMINICANO QUE LLEGÓ A SER COMANDANTE DE LAS FUERZAS INSURGENTES DE CUBA: SUS FRACASOS Y ÉXITOS, Y SU PROYECTO DE UN IMPERIO EN LAS INDIAS OCCIDENTALES.

    MÁXIMO GÓMEZ COMO COMANDANTE EN JEFE DEL EJÉRCITO INSURGENTE CUBANO. Dibujo de J. Conacher de una fotografía.

    La corneta de Gómez

    La vida de Máximo Gómez ha estado plagada de tales vicisitudes que sería un personaje interesante en la historia, incluso si no tuviera otro derecho a la atención del mundo. El clímax de su carrera llegó con su entrada en La Habana al frente de su ejército harapiento, el pasado febrero, cuando, entre toques de corneta y vítores, cabalgó bajo arcos triunfales hasta el antiguo palacio del virrey y contempló desde los balcones a sus tropas pasar en procesión. Allí estaba la ironía del destino. Viejo, calvo y canoso; bronceado por el sol de la pradera de muchos días abrasadores; el canoso jefe caminaba por los salones de mármol que tan a menudo habían resonado con la risa alegre o el paso solemne de los grandes españoles, donde el tintineo de las espuelas y el tintineo de los sables se habían unido al unísono con los pasos apresurados de los correos cortesanos y los oficiales con título.

    Si consideramos que Máximo Gómez ha pasado la mayor parte de los ochenta años asignados al hombre, ya sea en la selva o en una granja, alejado de la civilización, es un hombre extraordinario. Nunca antes de ese día había estado en una ciudad tan grande, ni había visto tanta gente, ni una reunión tan alegre, ni largas calles decoradas con banderas y faroles, todo en su honor, con una tropa nacional como escolta. La misma gente que saludó la llegada del Capitán General Weyler, apenas tres años antes, ahora vitoreaba con entusiasmo a Gómez. Los mismos edificios que entonces estaban casi ocultos bajo el emblema español de sangre y oro, ahora ostentaban el blanco, rojo y azul de la libertad; y los mismos balcones desde los que el Capitán General Weyler había contemplado la llegada de su ejército desde España, ahora albergaban al anciano jefe por cuya cabeza España habría dado con gusto tres veces su peso en oro.

    UNA PREFECTURA CUBANA, O REFUGIO EN EL BOSQUE, AL QUE SE RETIRARON LOS CAMPESINOS DURANTE LA ÚLTIMA INSURRECCIÓN PARA ESCAPAR DE LA «RECONCENTRACIÓN».

    Los ciudadanos lo vitorearon y enloquecieron de alegría; hubo festejos y bailes; se gastaron miles de dólares en banderas y fuegos artificiales, a pesar de la cruda realidad de que muchos cubanos sufrían hambre y muerte. Pero había llegado el líder de una gran causa, un héroe, un ídolo. Es peligroso para un escritor, incluso de la historia contemporánea, destrozar el ídolo de un pueblo. Las grandes causas deben tener grandes líderes. Si Gómez no hubiera sido grande, la causa de los insurgentes cubanos debió de caer. En consecuencia, en los días de la insurrección, cualquiera que no admirara a Gómez o escribiera sobre él hechos que pudieran reflejar su grandeza, era considerado un enemigo de Cuba. Sin embargo, nadie temía ni odiaba a Gómez más que algunos de sus hombres más cercanos. Gómez llegó a La Habana como el líder exitoso de una causa aparentemente exitosa. Nadie se atrevió a hablar de él. De la gran multitud que se alineaba en las calles, que lo vitoreaba y lo seguía, pero pocos lo conocían excepto como un guerrero con cicatrices de batalla que durante catorce años había eludido los esfuerzos combinados de decenas de miles de tropas disciplinadas que lo perseguían día y noche. Habría sido mejor, si deseaba seguir siendo un ídolo popular, que Gómez hubiera mantenido la resolución que pronunció ante la multitud desde el balcón de uno de los gamberros de La Habana la noche de su entrada triunfal en la ciudad, cuando dijo que, cumplida su tarea, se retiraría a su casa en Santo Domingo. Pero no cumplió ésta resolución, aunque la repitió cada vez que se dirigía al pueblo o le dictaba un manifiesto.

    Apenas pasó un mes cuando la tormenta que se avecinaba estalló y el ídolo se hizo añicos. Gómez se encontró sin poder, riqueza ni influencia, abandonado por los mismos hombres cuyo ideal había luchado tan fielmente por mantener; abandonado por todos ellos, excepto por uno —el coronel Céspedes— que hasta ahora se ha mantenido fiel a él. Gómez sufrió. Sus sufrimientos habrían matado al hombre común a su edad. Pero estaba acostumbrado tanto al sufrimiento como a las dificultades; y aún no había alcanzado la cima de su ambición, o su caída podría haberlo matado.

    Había un leve rumor, un rumor que sonaba desde la distancia, de dónde venía y de quién, no lo sé, pero era en el sentido de que el general Máximo Gómez aspiraba a hacer de Cuba libre y autónoma, y luego llevaría la guerra a Puerto Rico, obtendría para esa isla su independencia y desde allí invadiría Santo Domingo, que se encuentra entre ella y Cuba, para lograr una unión política de tres de las cuatro grandes islas del grupo antillano. Cuento ésto solo como un rumor, una historia que circuló en los días de la insurrección. Pero sé que Gómez aspiraba a la presidencia de Santo Domingo, su tierra natal, porque el general me lo dijo. Me lo dijo cuando me parecía que había pocas esperanzas para una Cuba libre; pero el anciano era fuerte y valiente. Aunque los españoles nos expulsaban de nuestros campamentos casi a diario, dijo: «Cuando haya liberado a Cuba, iré a Santo Domingo y organizaré una revolución allí». Sabía que estaba hablando con un periodista y que publicar lo que decía no era una violación de confianza; sin embargo, al hacerlo, armé un revuelo.

    Provoqué una tormenta sobre mi cabeza y no me llamaron amigo de Cuba. El Sr. Sylvester Scovel, un periodista estadounidense que probablemente vió más al veterano jefe en el campo que cualquier otro corresponsal, es autoridad para la afirmación de que Gómez dijo que con mil de sus cubanos podría invadir él a la República Dominicana y ponerse a la cabeza de ése gobierno. Gómez ama Santo Domingo. Ama sus colinas, sus valles, sus arroyos de montaña. Más que nada, ama gobernar y, como un viejo patriarca, quisiera gobernar a su propio pueblo. Nació en esa isla, que fué la primera en ser colonizada y cristianizada según los métodos españoles, y que es la más fértil de todas las Indias Occidentales y la más rica en recursos naturales. Ha sufrido muchas vicisitudes desde la llegada de los españoles. La mitad occidental, y más valiosa, les fué arrebatada por los bucaneros, y finalmente se convirtió en una parte francesa, los franceses convirtieron sus bosques vírgenes y campos fértiles en vastas plantaciones, y con trabajo esclavo se convirtió en la colonia más rica del mundo, mientras que la parte dejada a los españoles se hundió en una dependencia degenerada y escasamente habitada, y finalmente se le permitió, por defecto de la madre patria, convertirse en la llamada república de Santo Domingo.

    Con la Revolución Francesa, cuando reyes y nobles fueron ejecutados tras la proclamación de la libertad y la igualdad, los esclavos de Haití se sublevaron y masacraron a sus amos, y con ellos a toda la población francesa: hombres, mujeres y niños. Napoleón intentó recuperar la colonia y castigar a los asesinos, pero tras perder cuarenta mil soldados en dos años, se vio obligado a cederla. Los ingleses lo intentaron, pero también fracasaron, y el negro se quedó con la oportunidad de resolver el problema del autogobierno.

    La mitad española, o Santo Domingo, no prosperó en su independencia y se fusionó con la república de Haití. Pero los blancos de ascendencia española lucharon contra sus gobernantes negros y recuperaron su independencia. Entonces surgió en Haití un viejo negro ignorante que, debido a su edad e ignorancia, fue nombrado presidente, creyendo los políticos que sería una herramienta en sus manos. Pero de inmediato tiró sus muletas, asesinó a quienes se interpusieron en su camino, se proclamó Emperador Faustino e intentó subyugar a Santo Domingo, al que consideraba parte de su imperio; y durante años, luchas intestinas desgarraron el país. Máximo Gómez era un hombre joven durante éstos tiempos problemáticos y bárbaros; pero como nunca relata ninguna experiencia en las guerras de su juventud, se puede presumir con seguridad que no figuraba como soldado en ninguna de ellas. Dice que era un granjero que cultivaba la tierra y nunca plantaba a menos que fuera para producir algo. De sus antepasados no sabe nada o se preocupa poco por decir. No tiene rastros de sangre negra, pero debido a su complexión delgada y ojos algo almendrados, los españoles lo llamaban, durante la pasada insurrección, “EL VIEJO CHINO ”.

    A principios de los años sesenta(1,860’s), Santo Domingo, completamente agotada por la anarquía y los conflictos, sorprendió repentinamente al mundo al invocar la protección y el gobierno de su vieja madre patria España. España respondió enviando barcos y soldados, y la bandera de sangre y oro se izó una vez más sobre las antiguas y en ruinas almenas que habían construido sus primeros colonos. Pero un año de dominio español fue suficiente para los isleños, que se rebelaron. El gobierno de Madrid intentó mantener su poder, pero los dominicanos adoptaron un modo de guerra al que los españoles estaban totalmente desacostumbrados. Al darse cuenta del poder superior de las disciplinadas tropas del enemigo, los rebeldes ordenaron a su gente que abandonara las ciudades y pueblos, que abandonara sus hogares y devastara la tierra, buscando refugio en retiros forestales y montañas. La tarea de cazarlos quedó en manos de los soldados españoles, cuyos oficiales, criados en las ciudades de España, sabían poco de carpintería y montañismo. Cuando menos se los esperaban, los insurgentes salían, emboscaban a una pequeña columna o a un destacamento de tropas, asolaban y quemaban un distrito y regresaban a su fortaleza en el desierto tan rápidamente como llegaron.

    UNA GUERRILLA ESPAÑOLA, O COMPAÑÍA DE CABALLERÍA IRREGULAR, QUE REGRESA DE LA BUSQUEDA DE ALIMENTO, CON TROZOS DE CAÑAS DE AZÚCAR PARA SUS CABALLOS.

    Veteranos de esa guerra me han dicho que la devastación, el asesinato y el derramamiento de sangre que sobrevinieron fueron incluso peores que los de la insurrección cubana, ahora concluida. Fue allí donde Valeriano Weyler, un joven teniente mallorquín, recibió su primera experiencia bélica, en el mismo campo y del mismo bando con el que Máximo Gómez se había aliado, ya fuera por interés propio o por convicciones más elevadas. Gracias al conocimiento que Gómez tenía de su país y su gente, demostró ser tan valioso para los españoles que fue nombrado teniente de una de sus guerrillas, esas bandas de forajidos que más tarde se convirtieron en el azote de Cuba. Tras una infructuosa guerra de exterminio, España denunció a los dominicanos como ingratos, recogió sus banderas y se marchó. Así como en la insurrección cubana hubo cubanos que lucharon contra sus compatriotas, en la guerra dominicana hubo muchos nativos que se aliaron con los Españoles. Cuando España abandonó la contienda, estos hombres fueron llevados a Cuba, donde se mantuvieron en servicio o fueron licenciados según sus deseos. Su traslado resultó un desastre para España. Si estos guerrilleros Dominicanos no se hubieran distribuido en Cuba, la insurrección de 1868 —la primera seria— habría muerto en sus inicios. Los cubanos no eran combatientes ni conocían el arte de la guerra. Como es bien sabido, el levantamiento de 1868 comenzó con Carlos Manuel Céspedes, quien declaró libres a sus esclavos y, para dar el primer golpe por la libertad, atacó la insignificante aldea de Yara. Tenía solo treinta y siete seguidores, muchos de los cuales nunca habían disparado un tiro. Fueron fácilmente repelidos por la guarnición de Yara, insignificante como era, y presos del pánico los patriotas huían a las montañas cuando se encontraron en el camino con Luis Marcano, Dominicano. Fué uno de los traídos a Cuba tras la derrota española en su propio país. Habiendo nacido y crecido en un ambiente de revoluciones y guerra, ofreció de inmediato sus servicios a Céspedes, quien lo nombró general y le dió el mando de todos sus seguidores.

    Marcano animó de inmediato a la pequeña fuerza a intentarlo de nuevo y, tras conseguir algunos reclutas más, una semana después sitió la ciudad más importante de Bayamo. La guarnición española permaneció en sus trincheras mientras los inactivos de toda la región circundante acudían en masa para ver el resultado, dispuestos a apoyar al bando que triunfara. Pero no fue así con los viejos matones de Santo Domingo. Eran revolucionarios por instinto, y mientras los españoles no los emplearan para luchar contra otro, lucharían contra España. Entre ellos se encontraba un viejo guerrero llamado Modesto Díaz. Vivía en el campo con una pequeña pensión que le concedieron los españoles. De inmediato acudió en ayuda de los cubanos, y cuando una columna española avanzó para socorrer la ciudad, él, con un puñado de hombres, tomó posición en el camino para interceptarlos. Se cuenta que la mayoría de sus hombres huyeron al ver a los españoles, pero Díaz ordenó a los pocos que quedaban con él que cargaran las armas tan rápido como él las disparaba; luego, tomando su lugar fríamente detrás de un árbol, abrió fuego contra el avance español. Dirigió tan bien su fuego que el oficial al mando mostró indecisión; y ante la aparición de varios cientos de esclavos gritando, se ordenó la retirada, y al día siguiente la guarnición de Bayamo capituló.

    Con la balanza a favor de la insurrección, reclutas de todo el país circundante acudieron en masa a apoyar la causa de la independencia cubana. Los hombres de mayor posición o popularidad en cada localidad recibieron reconocimiento como jefes. Máximo Gómez vivía entonces en las cercanías de Santiago, tras haber retomado su antigua ocupación agrícola. No era un plantador esclavista, sino un simple agricultor. Se unió al líder cubano Donato Mármol y colaboró en un exitoso ataque a la aldea de Cobre.

    Carlos Manuel Céspedes procedió a formar su gobierno en Bayamo y entregó el mando de su ejército al veterano dominicano Modesto Díaz. Marcano, el otro dominicano, recibió el mando de las fuerzas entre Bayamo y Holguín, y Gómez fue nombrado coronel bajo el mando de Donato Mármol. Modesto Díaz, quien sabía cómo los españoles habían perdido en el fragor de la guerra en su propio país, procedió a instruir a los cubanos en las tácticas mediante las cuales los dominicanos ganaron. Su plan era sostener la guerra a toda costa, pero no intentar ningún golpe decisivo que requiriera mucho riesgo.

    Fué hábilmente secundado por Máximo Gómez, de quien había sido comandante en Santo Domingo. Éste joven jefe atrajo la atención por primera vez cuando Donato Mármol intentó interceptar una columna española de setecientos hombres en Baire. Gómez ocultó su mando tras un espeso seto al pie de un camino, y cuando la desprevenida columna estaba a punto de pasar, cargó al grito de “¡Al machete!”. El ataque sembró el pánico y la confusión entre los Españoles, que se retiraron en desorden. A partir de entonces, el grito de guerra cubano fue “¡Al machete!”, y los cubanos consideraron el machete su arma preferida.

    La insurrección cubana experimentó altibajos según los diversos éxitos de sus jefes. El gobierno de Céspedes se refugió en la indómita serranía, mientras otros luchaban. Gómez, por su audacia, valentía y habilidad, pronto alcanzó una posición prominente, aunque debido a su carácter despótico, no era del agrado de sus compañeros jefes.

    El historiador cubano Enrique Collazo describe una visita realizada a la sede del gobierno en aquellos primeros días, en compañía con Gómez, ya ascendido al rango de general. «Al llegar», dice Collazo, «Céspedes estaba jugando una partida de ajedrez. Todos los que lo rodeaban iban bien vestidos y llevaban zapatos, con el lujo de camisas almidonadas, blusas limpias y pantalones, como quienes viven sin trabajo. El general Gómez solo llevaba una camisa blanca hecha jirones, con excepción de los puños y la pechera, y pantalones de tela negra; sus ayudantes estaban aún en peores condiciones».

    Gómez parece haber sentido cierto desdén por un gobierno que podía permitirse vivir con tal lujo, y se mantuvo lo más alejado posible de su influencia, prefiriendo actuar por cuenta propia. La primera fricción real surgió cuando se le ordenó buscar la manera de embarcar a ciertos representantes, con el pretexto de solicitar ayuda extranjera. Los Dominicanos habían continuado su guerra sin ayuda extranjera, y Gómez no veía ningún valor en tal proyecto, por lo que respondió bruscamente: «Si Sansón ha de morir, que muera con todos los Filisteos. Nadie saldrá de aquí».

    La ruptura definitiva se produjo cuando el presidente cubano recurrió a Gómez para conseguir asistentes y secretarios, y el jefe combatiente respondió que, como no tenía ninguno, el gobierno podía buscar los suyos. Al recibir esta respuesta, Céspedes emitió una orden general destituyendo a Gómez del mando. Gómez demostró sus cualidades como soldado retirándose del campo de batalla, esperando pacientemente el momento de ser llamado de nuevo para ganar mayores honores para él y para Cuba.

    Cuando Agramonte, quien comandaba a los insurgentes en Camagüey, murió en un combate en curso, Céspedes sacó a Gómez de su anonimato y le dió el mando de las fuerzas camagüeyanas. Allí, tuvo tanto éxito al mantener la política Dominicana de evitar cualquier combate decisivo, mientras hostigaba constantemente al enemigo, que el interés de la guerra se centró en él. Después de un tiempo, debido a disensiones entre los jefes insurgentes en la zona oriental de la isla, entregó el mando al general Roloff; pero, creyendo que sin él la revolución fracasaría, se vió inducido a mantener una aparente guerra en esa provincia, que ya estaba casi despoblada. Es poco conocido que la política insurgente de «concentración» y la contrapolítica de «reconcentración» de Weyler fueron métodos de la anterior insurrección cubana, y se llevaron a cabo con éxito en las provincias orientales, donde se limitó la rebelión. En aquellos días, el audaz corresponsal de periódico no estaba tan presente y la atención del mundo no se dirigía a los terribles sufrimientos de las víctimas inocentes.

    Fué cuando los líderes insurgentes se percataron de que sus seguidores estaban disminuyendo gradualmente, mientras España seguía aportando soldados, que se vieron inducidos a firmar el Tratado de Zanjón con el Mariscal Campos. Dicho acuerdo estipulaba que los jefes serían expulsados de la isla si deseaban irse.

    Gómez escribió desesperado: «He terminado aquí. Cuba no puede ser libre. Me iría aunque se lograra su independencia». Al llegar a Santiago en una cañonera española que lo llevaría, experimentó una profunda tristeza al abandonar el escenario de sus glorias. «La curiosidad de la gente era tal», escribió, «que el muelle se llenó de curiosos durante varias horas, lo que me causó una impresión triste y dolorosa al contemplar la multitud. Eran más de tres mil hombres capaces de portar armas, y allí llevaban nueve años sin escuchar la llamada del patriotismo; sin embargo, ahora, atraídos por una curiosidad morbosa, vinieron a vernos. Poco después oímos una banda militar, y luego siguieron algunos hombres del batallón de San Quintín, heridos en un combate reciente con el general Antonio Maceo, escoltados por cubanos vestidos con uniforme de voluntarios. ¡Cuántos pensamientos se agolparon en mi imaginación! No pude evitar volverme hacia mis compañeros y exclamar: «¡Cuba no puede ser libre!».

    Tanto Cubanos como Españoles afirmaron, al comienzo de la última insurrección, que Gómez había recibido una cuantiosa suma por consentir en abandonar la isla; pero esto difícilmente puede ser cierto, pues lo que sabemos es que buscó su sustento en Centroamérica. En una ocasión estuvo en Panamá, y le he oído decir que su experiencia en el Istmo le hizo creer que Núñez de Balboa, quien lo cruzó y descubrió el Océano Pacífico, fue el español más grande que jamás haya existido. A continuación, solicitó una comisión al gobierno Hondureño, y recibió el mando, con el rango de mayor, en Amapala, en la costa del Pacífico, con una guarnición de diez o doce soldados. Finalmente, cuando ya envejecía y las antiguas disputas y agravios se habían olvidado casi por completo —se olvidan rápidamente en los trópicos—, los pasos errantes del jefe guerrillero lo llevaron de regreso a su antiguo hogar en Monte Cristi, donde se dedicó a la pacífica ocupación de su juventud: «sembrar para producir algo».

    Fué allí donde el patriota cubano Martí lo encontró cuando todo parecía propicio para otra insurrección, y le ofreció el mando del ejército insurgente. Se alquiló una pequeña goleta; el anciano jefe, despidiéndose de su esposa y familia, zarpó hacia la cercana costa oriental de Cuba; y así comenzó la insurrección. Un núcleo de seguidores se reunió en torno al veterano, quien inmediatamente se dispuso a invadir la provincia central de Camagüey, escenario de sus éxitos veinte años antes.

    En un pequeño panfleto escrito en la manigua e impreso en una prensa sacada de contrabando de un pueblo español en un cargamento de estiércol, Gómez relata sus esfuerzos y desalientos al desembarcar en la isla. Su primera medida fué reunir una escolta, lo que hizo al encontrarse con el general Maceo, «varios días después de vagar con mis cinco compañeros por la jurisdicción de Santiago». No tuve tiempo de seleccionar a mis hombres, «y tuve que llevar, como sucedió, a los primeros veinticinco que pude prescindir. Con ellos comencé mi marcha hacia Camagüey, de cuyo territorio no teníamos noticias favorables».

    EL PUEBLO DE SAN JUAN DE LOS YERAS, EN LA PROVINCIA DE SANTA CLARA, ANTES DE SU DESTRUCCIÓN POR LOS INSURGENTES.

    MÉTODOS DE GUERRA CUBANOS -SAN JUAN DE LOS YERAS DESPUÉS DE QUE LOS INSURGENTES ASALTARON Y SAQUEARON LA VILLA.

    La escolta estaba compuesta principalmente por negros, cuyo principal motivo parece haber sido el saqueo; y aunque también estaban dispuestos a acosar a los españoles en los alrededores de sus hogares, no deseaban buscar problemas más allá. Tras la muerte de Martí en Dos Ríos, Gómez se sintió enfermo tanto de cuerpo como de mente, y para colmo de males, sus seguidores negros se rebelaron abiertamente, exigiendo que se les permitiera regresar a sus hogares. El general Borreo, jefe de la anterior insurrección, acudió en su ayuda, y mediante amenazas, promesas y burlas combinadas, los negros fueron inducidos a continuar la marcha hacia el oeste, hacia Camagüey, «pero no», dijo Gómez, «sin que dos de ellos desertaran cada día ». Luego, cuando se acercaba al escenario de sus campañas anteriores, donde conocía cada palmo del terreno, le llegó la noticia de que el pueblo estaba formando un comité para pedirle que desistiera; no querían la guerra; habían visto suficiente en el pasado, y si Gómez aceptaba dinero, le pagarían para que abandonara la isla.

    Pero Gómez siguió adelante con determinación. Probablemente fue la mayor lucha de su vida. No podía dar marcha atrás. De nuevo sus seguidores se rebelaron, y el jefe recurrió al viejo truco de trazar una línea, diciendo que de un lado estaban la gloria y la libertad, del otro la vergüenza y la opresión, y que llamaba a todos los que no fueran cobardes a cruzar la línea. Por supuesto, no había cobardes, y todos la cruzaron.

    Al llegar a Camagüey, los problemas del veterano terminaron. Inmediatamente encontró a los representantes de la insurrección, quienes habían salido de Puerto Príncipe para recibirlo. Se organizó una fuerza y se realizaron ataques con éxito contra varias guarniciones pequeñas; tras lo cual, los negros descontentos del este fueron cargados con botín y se les permitió regresar a sus hogares. Entonces apareció Maceo con refuerzos; comenzaron a llegar reclutas de otras partes de la isla, y Gómez se encontró al frente de un ejército.

    Se celebró un consejo de guerra en una antigua granja ganadera, La Reforma, donde nació uno de los hijos de Gómez durante la insurrección anterior. Se determinó un plan de campaña y se decidió continuar la guerra en esa parte de la isla que hasta entonces no había conocido las sombrías consecuencias de los conflictos internos. Apenas terminó la conferencia de los diferentes jefes cuando se oyeron disparos y una columna española se les echó encima. Maceo se dirigió inmediatamente al frente con ochenta hombres y, formando una línea de escaramuza ampliamente esparcida en el monte, detuvo el avance de los españoles. Esto permitió al resto de la fuerza insurgente, armada y desarmada, retirarse sin peligro de pánico. Para cuando los españoles formaron su línea de batalla, los escaramuzadores dispararon su último tiro y se dispersaron, dejando a su enemigo preguntándose qué había sucedido.

    Dos oficiales del Estado Mayor de Gómez. La tienda es precisamente del tipo que solía servir como cuartel general durante la última insurrección.

    Si bien la disposición de Maceo parece haber sido la de luchar contra los españoles siempre que pudiera hacerlo con una perspectiva justa de éxito, Gómez evitó cuidadosamente cualquier conflicto que pudiera ocasionarle pérdidas sin obtener una mayor recompensa. Se adhirió enérgicamente a la antigua política Dominicana de destrucción, creyendo que cuando la isla estuviera completamente destruida, los españoles se irían y la abandonarían como lo habían hecho en Santo Domingo; tampoco parece haber considerado quién quedaría para sobrevivir a las ruinas humeantes. Su política se llevó a cabo sin piedad. Declaró todas las ciudades y pueblos de la isla en estado de sitio, aunque no pudo establecer tal asedio, y luego ordenó ejecutar a todos los que se encontraran comerciando con los habitantes del pueblo. Prohibió el funcionamiento de los ferrocarriles y las diligencias, y luego, debido a que funcionaban, sus hombres ahorcaron a los empleados que tuvieron la mala suerte de caer en sus manos. Ordenó la concentración dentro de las líneas españolas de todos los cubanos que no abrazaran la causa insurgente, pero cuando fueron sorprendidos en su camino a “concentrarse”, los desafortunados fueron maltratados o incluso ahorcados.

    Tras la invasión que dejó a Maceo en el extremo occidental de la isla, las operaciones de Gómez se limitaron principalmente a recorrer el país con su escolta y una pequeña fuerza, listos para dispersarse de inmediato al verse amenazados por los españoles. Sus órdenes y decretos eran transmitidos a los jefes de las diferentes bandas por mensajeros montados.

    GÓMEZ EN SU SEDE EN EL CAMPO, CONFERIENDO A UNO DE SUS OFICIALES, UN LÍDER INSURGENTE.

    Después de que Weyler pusiera en práctica su política de reconcentración y prácticamente aplastara la insurrección en Pinar del Río, Gómez continuó vagando con su escolta por la zona entre Sancti Spíritus y la trocha Júcaro-Morón. Los españoles no pudieron encontrarlo, pero ante la hambruna inminente, su grupo se redujo cada vez más, y la carrera de Gómez probablemente habría terminado pronto si nuestra declaración de guerra y el consiguiente bloqueo de los puertos cubanos no hubieran enviado a cientos de cubanos a unirse a los rebeldes en el campo de batalla.

    UNA DE LAS BARRICADAS ERIGIDAS POR LOS ESPAÑOLES EN VILLA CLARA, CUANDO GÓMEZ AMENAZABA CON ATACAR LA CIUDAD.

    Se intentó organizar a estos reclutas en un nuevo ejército, pero Gómez no destaca como organizador. Sólo unos pocos de sus oficiales tenían idea de organización, y es por eso que nuestros oficiales han tenido tantas dificultades para distribuir los 3.000.000 de dólares designados para el socorro de los soldados cubanos. Si se hubieran mantenido listas de personal del ejército tal como existían al comienzo de nuestra guerra, habría sido fácil distribuir el dinero entre quienes sirvieron durante la insurrección. Es seguro asumir que, si se hubieran mantenido registros, el número de soldados sería tan pequeño que cada uno de ellos tendría derecho a una suma considerable.

    He criticado mucho a Gómez, pero su más acérrimo enemigo difícilmente puede negar su gran figura. El 24 de febrero de éste año, hizo su entrada triunfal en La Habana al frente de un ejército estropeado, y el pueblo se inclinó ante él. Dos semanas después, el 12 de marzo, fué destituido por la Asamblea Cubana, tras una acalorada discusión en la que se revisó la carrera del antiguo jefe y se le denunció como traidor por haber aceptado recibir los 3 millones de dólares donados a su ejército por un gobierno generoso.

    Gómez respondió en un manifiesto, señalando que no había llegado a Cuba como mercenario y aceptando la deposición de la asamblea. Dijo ser extranjero, «por lo que, dado que el poder del opresor abandonó la tierra y dejó a Cuba libre, he envainado mi espada, creyendo que mi misión ha terminado».

    En cuanto a las aspiraciones del general Gómez a la presidencia de la República Dominicana, su única posibilidad de alcanzar tal puesto sería por la fuerza de las armas; y dudo mucho, considerando la situación actual, que se atreva a regresar sin una defensa similar. Es poco probable que encuentre muchos seguidores en la República Dominicana en la actualidad, pues su historial como guerrillero español sería rápidamente desenterrado y exhibido ante el pueblo con el mismo efecto que un trapo rojo ante un toro furioso.

    November, 1899.


  • Introducción:

    Éste texto de Thomas R. Dawley Jr. ofrece una mirada directa y crítica a la República Dominicana de inicios del siglo XX. A través de su recorrido desde Puerto Plata hasta Santo Domingo, el autor describe un país marcado por la corrupción, la inestabilidad política y el abandono económico, pese a su riqueza natural. Su relato revela las condiciones precarias de la población y la fragilidad de las instituciones en una época decisiva para la historia dominicana.

    Thomas Robinson Dawley Jr. (1862–1930) fué un periodista y corresponsal estadounidense conocido por su trabajo en el Caribe. Antes y durante la Guerra Hispano-Estadounidense cubrió los conflictos en Cuba desde 1896, dónde fué encarcelado en el Morro por sus actividades como corresponsal y más tarde expulsado de la isla por el general Weyler. Regresó a Cuba al año siguiente con el ejército del general Gómez, contribuyendo gracias a su conocimiento del territorio a la capitulación de Santiago. Tras la guerra fundó el primer diario 📰 en Cuba, aunque fué arrestado nuevamente y su periódico confiscado. En 1904, el presidente Theodore Roosevelt lo envió a Santo Domingo para realizar investigaciones especiales sobre la situación política y administrativa del país. Su carrera reflejó un profundo vínculo con el Caribe y un papel activo en momentos decisivos de la región.


    POCOS TRABAJAN, PERO TODOS RECIBEN SALARIOS

    La maravillosa situación en las grandes ciudades de Santo Domingo:

    Una policía burlesca, un ejército cómico y una población compuesta casi exclusivamente por corruptos, sin duda invita al «Big Stick»= (USA).

    By Thomas R. Dawley Jr.

    Los Gobernantes de Santo Domingo.

    19 de julio de 1904.

    EL PRESIDENTE MORALES Y EL VICEPRESIDENTE CÁCERES CAMINAN POR LA PLAZA DE LA CIUDAD DE SANTO DOMINGO TRAS TOMAR JURAMENTO EN SUS CARGOS. MORALES ESTÁ A LA IZQUIERDA.

    A menos que se recorra la isla desde Puerto Plata, el viaje a ésta venerable ciudad debe hacerse a caballo o en mula, preferiblemente en ésta última. Con la única línea de vapores que zarpa cada dos semanas desde Nueva York, se llega a Puerto Plata en unos siete días. Normalmente se requieren otros siete días, incluyendo varias paradas, para navegar alrededor de esta pintoresca ciudad, encaramada en un alto acantilado de roca coralina, bordeada de verde, con vistas a un mar índigo, en la desembocadura del Ozama, de color lodo. El viaje se puede hacer en menos tiempo, cruzando la isla directamente, en la bestia de cuatro patas, pero el viajero que tome ésta ruta debe estar bien dotado de buena constitución, bastante paciencia, cierta capacidad para soportar el hambre y la expectativa de despedirse por el momento de lujos como la cama y la ropa de cama. Como recompensa por tales penurias, el observador atento puede formarse una idea completa de las condiciones internas de ésta pequeña y tormentosa, así llamada, República de Santo Domingo, o, para ser más exactos, República Dominicana. Tu viaje comienza desde Puerto Plata a través del ferrocarril en miniatura iniciado hace unos 12 años atras, por ingenieros Belgas, que aparentemente sabían tanto de construcción de ferrocarriles como los chinos de construcción de campanarios. Éste ferrocarril, con una especie de rueda dentada, vá sobre Puerto Plata, hasta donde la obra inconclusa de los Belgas fué retomada por los Americanos.

    Directamente hacia la montaña

    Desde allí, asciende por la cordillera mediante una serie de curvas muy estrechas, con una pendiente del 3%, a través de un túnel y desciende hacia la amplia llanura, en un extremo de la cual se encuentra Santiago de los Caballeros, la ciudad más grande e importante comercialmente de la República. En ésta ciudad, el viajero debe asegurar su bestia de carga y un guía para el viaje a través del país hasta la Capital. Además de ésta mula, me proporcionaron un guía tan famoso y confiable como la mula, y, a pesar del peligro y las dificultades del viaje, como me lo relataron mis amigos diligentes, llegué a ésta ciudad, la más antigua del nuevo mundo, la mañana del quinto día después de salir de Santiago, nada mal para lo frecuente a lo largo del camino.

    Sumergidos en el lodo

    Numerosas duchas desde los cielos tropicales y zambullidas en ríos profundos y casi impasibles. El baño era la regla, más que la excepción, en el viaje. Después de semejante viaje, sentí que podía afirmar, de acuerdo con el inmortal navegante Colón, quien agotó el lenguaje de la alabanza al describir ésta isla, que en todo el mundo no hay mejor. Pero, salvo uno o dos asentamientos más allá de Moca y La Vega, la encontré en un estado tan primitivo como cuando fué descubierta.

    Incluso a las puertas de la Capital, tras cruzar el río Isabela en un tosco transbordador, uno se adentra en una franja de selva virgen, para desembocar y atravesar una llanura desierta, al final de la cual uno se encuentra de repente en una calle que atraviesa la desolada ciudad de San Carlos, con sus maltrechas iglesias erguidas como un espectro sombrío sobre las ruinas. Allí están las murallas destrozadas y rotas de la famosa y antigua Capital alzándose ante ti. Entras por una puerta abaluartada con parapeto y torretas, marcada por balas y con tantos agujeros como un pimentero, y recorres una calle flanqueada por palacios en ruinas, enormes iglesias antiguas y conventos, hasta el Hotel Francés, donde te recibe la afligida madame, que derrama lágrimas ante la sola mención de su amado París.

    No se tarda mucho en descubrir que la ciudad de Santo Domingo, con una población estimada de 22,000 habitantes, es una ciudad sin industria ni empresa. Salvo una fábrica de macarrones y una de cerillas, donde los productos son artículos importados, ensamblados en las fábricas y enviados como producción casera. Es una ciudad donde no se produce nada. De qué viven éstas 12,000 personas acorraladas dentro de las murallas de la ciudad es un misterio, y cuando uno se entera de lo que de vez en cuando soportan, se convierte en un misterio aún mayor.

    PLAZA, ESTATUA DE CRISTÓBAL COLÓN Y EL PALACIO PRESIDENCIAL, CIUDAD DE SANTO DOMINGO.

    Asedios que duraron meses

    Diariamente se traen algunos productos del campo y se venden en los mercados públicos, pero si el ama de casa compra una docena de huevos más, inmediatamente hay una escasez de huevos, y lo mismo ocurre con los demás productos que se venden a diario en los puestos del mercado. A las 10 de la mañana, los vendedores suelen haber vendido sus productos, hacen sus maletas y se van a casa. Hay tres de éstos mercados públicos: uno junto al río, otro en el corazón de la ciudad y el tercero cerca del límite occidental. En éste último, una gran plaza cerrada, solo he visto a dos ancianas sentadas en medio de la desolación con un puñado de frijoles y verduras de aspecto enfermizo apiladas a su alrededor. Además de los mercados, hay muchas tiendas llenas de bacalao importado en fardos, mantequilla enlatada, generalmente de Dinamarca, manteca de cerdo en tarrinas de Chicago, jamones, carnes enlatadas y verduras de casi todas partes de Europa y Norteamérica; y hay tiendas de productos secos donde el jefe o el dependiente holgazanean ociosamente, esperando vender unos cuantos metros de overol de Alabama a un cliente del campo que se ha deshecho de su docena de huevos, otros tantos cocos, tal vez, y unas cuantas cañas de azúcar.

    ¿Cómo consigue ésta población desocupada e improductiva de la capital dominicana el dinero para comprar incluso la limitada cantidad de productos necesarios para subsistir? Es la pregunta que se plantea de inmediato el investigador. La respuesta a ésta pregunta define la situación económica y política de ésta república insular. Es un país con una población improductiva, cuya única esperanza reside en subsistir, se necesita urgentemente infraestructura ferroviaria o carreteras para conectar los pueblos del interior y movilizar la producción.

    Algún injerto particular

    La gente no paga impuestos más allá de los derechos de aduana que se cobran por las pocas yardas de tela y el bacalao empacado que pueden comprar. Si no compran nada, no pagan nada, ni siquiera un impuesto de rentas internas sobre el ron y el tabaco locales, que consumen en grandes cantidades. El gobierno intenta mantenerse exclusivamente con los ingresos recaudados en las aduanas, tomando todo lo que puede obtener de ésta fuente, mientras que las autoridades locales se quedan con todo lo que se atreven a robar. Los hombres que componen el gobierno suelen ser personas sin ningún conocimiento de economía política ni de la ciencia del gobierno, y su gobierno es de despotismo y tiranía sobre un pueblo cuya única concepción de un gobierno es la oportunidad para la corrupción política. En Santiago, el actual gobierno de Morales paga $300 diarios o $9000 mensuales, distribuidos entre su población vagabunda, incluyendo una gran cantidad de generales, para mantener la paz. En La Vega paga $200 diarios para el mismo propósito, y en Moca, Puerto Plata y cada una de las demás ciudades importantes, aproximadamente la misma cantidad o más, mientras que todos los ciudadanos recalcitrantes, e incluso los sospechosos, son encarcelados, desterrados o fusilados sumariamente. La vida, la libertad y el derecho a disfrutar de los beneficios de la propiedad propia no tienen garantías. En un país donde cualquier producto agrícola crece casi espontáneamente de la tierra, y los cerdos y el ganado vagan libremente por los bosques y las llanuras, casi nadie tiene el coraje de hacer nada.

    El negro solitario en su choza al borde del camino te dirá que no tiene nada para comer, porque la revolución le arrebata todo lo que tiene.

    HORACIO VÁSQUEZ

    El general Vásquez dirigió las operaciones militares contra el presidente Heureaux en 1899. Después del asesinato de Heureaux, el general Figuereo se convirtió en presidente, pero pronto fué derrocado por Vásquez, quien tomó las riendas del gobierno como dictador, cargo que ocupó hasta que Jiménes llegó de Cuba y fué proclamado presidente. Vásquez se convirtió en vicepresidente bajo Jiménes. Pronto organizó una revolución y depuso a Jiménes. Entonces Wos y Gill se rebeló y depuso a Vásquez. El ejército de Morales destituyó a Wos y Gil. Vásquez, Jiménes y Wos y Gil están ansiosos por derrocar a Morales y darse otra oportunidad a la presidencia.

    Y toma o destruye

    El plantador de azúcar, por lo demás próspero, le dice que su industria está arruinada por el arancel de exportación que el gobierno impone a su producto antes de permitirle salir del país, y lo mismo ocurre con la producción de cacao, fuente de riqueza incalculable, y cualquier otra cosa que el gobierno encuentre que sale del país y sobre la que se pueda cobrar un arancel de exportación. La economía política aquí consiste en desalentar la producción en lugar de fomentarla, y los aranceles, en lugar de ser una protección, son una manipulación política. Aunque muchos de los recursos naturales del país permanecen sin desarrollar, y sus industrias agrícolas se ven obstaculizadas por gobiernos imprudentes, anualmente se producen grandes cantidades de tabaco en la región del Cibao, que se envían a Alemania, así como grandes cantidades de cacao y café de pepita; sin embargo, estos productos se cosechan y se cultivan de forma descuidada.

    En consecuencia, se venden a un precio muy bajo y los productores se ven desanimados a intentar mejorar. En algunas partes del país, las abejas producen inmensas cantidades de cera y miel, sin apenas recibir atención. Sólo la cera se guarda para la exportación, mientras que la miel se vierte al suelo debido a la falta de recipientes adecuados y medios de transporte adecuados. En los arroyos de montaña del interior, las mujeres extraen oro de las orillas de los ríos y casi cualquier comerciante puede mostrar el oro que les ha comprado, pero no existen datos que permitan determinar la cantidad exportada anualmente. El gobierno no lleva registros ni datos estadísticos, ni nadie en la nómina gubernamental piensa seriamente en dar algo a cambio del valor recibido. De hecho, hay mucho silencio gubernamental en todo el país.

    La Agricultura de Santo Domingo

    Treinta centavos al día

    Se finge mantener una fuerza armada, pero ésta suele consistir en un montón de negros vagabundos que fingen servir al gobierno al ritmo que se supone que deben recibir, mientras que hay muchos más vagabundos dispuestos a unirse a la revolución cuando se inicia, porque no reciben ni 30 centavos. En la Capital hay una fuerza policial que pasa el día sentada en largos bancos a la sombra de la calle, pasando junto a la prisión. Cuando el sol pasa por la calle y la sombra cae al otro lado de la calle, éstos policías se levantan, mueven los bancos a la sombra y vuelven a sentarse.

    Su eficacia quedó demostrada cuando Woss y Gil liberó a los prisioneros al mediodía, los armó y los sacó a las calles para tomar la ciudad. Toda la fuerza policial, al oír la conmoción y algunos disparos, y al ver a los prisioneros liberados salir corriendo a la calle, se pusieron de pie y presentaron las armas. Pero ni a los soldados ni a la policía les importó especialmente hacerles frente como se supone que deberían.

    A ellos no les importa la posesión de los asuntos gubernamentales, mientras reciban los ingresos suficientes para mantenerse con la cantidad de plátanos cocidos y caña de azúcar necesarios para subsistir. En las revoluciones que continuamente perturban el país, sólo los generales, por regla general, combaten eficazmente, y en cuanto aparece un soldado que demuestra ser un buen combatiente, es nombrado general.

    Sin gestión financiera

    No existe un sistema adecuado de contabilidad en la administración gubernamental, ni gestión financiera, ni siquiera una idea expresada o demostrada de que una deuda, una vez contraída, deba ser pagada.

    El gobierno siempre está dispuesto a endeudarse, a comprometerse con cualquier tipo de concesión y obligaciones contractuales que no tiene medios para cumplir y le importan poco.

    Cuando Buenaventura Báez, al frente del gobierno, hace 35 años, intentó resolver el problema dominicano anexando el país a Estados Unidos, y su plan fracasó, logró obtener un pequeño préstamo. La deuda total era entonces de solo $1,500,000. Desde entonces, el gobierno, bajo varios líderes que lo han sucedido, ha aprendido a pedir prestado, y ahora la deuda asciende a $32,000,000, con la duda de si incluso ésta cantidad la cubriría en su totalidad. Alemania, España e Italia unieron sus reclamaciones y acordaron aceptar $400,000. En total liquidación, el gobierno dominicano acordó mediante protocolos pagar ésta suma a una tasa de $200,000 al año. Los tenedores de bonos franceses y belgas claman por la liquidación de sus reclamaciones a razón de 300,000 dólares anuales, y Estados Unidos prácticamente se ha apoderado del puerto norteño de Puerto Plata para cobrar los 450,000 dólares anuales otorgados a la Compañía de Mejoras de Santo Domingo (San Domingo Improvement Co.), una corporación estadounidense, mientras que el gobierno de Morales protesta que, si se le priva de éstos ingresos, se verá incapaz de mantener la paz interna.


  • Introducción

    El texto que sigue, escrito por William Thorp a principios del siglo XX, específicamente en el año 1904, constituye un ejemplo representativo de la literatura colonialista y racializada que circulaba en el mundo anglosajón sobre la República Dominicana y Haití. Su contenido refleja los prejuicios, temores y estereotipos de la época, particularmente en relación con las poblaciones afrodescendientes y mestizas del Caribe. A través de descripciones que mezclan anécdotas personales, rumores sensacionalistas y mitos, presenta una visión distorsionada y prejuiciada de las prácticas culturales y de la vida social en la isla. Más que describir la realidad sociopolítica de la época, el texto funciona como un documento ideológico que evidencia las tensiones imperiales, los temores raciales y los discursos de dominación que moldearon la percepción occidental de las naciones caribeñas en ese período histórico.


    Santo Domingo, the «Isle of Unrest»

    By William Thorp

    El Sr. Thorp es un inglés que llegó recientemente a los Estados Unidos. Durante los últimos cinco años residió y viajó por todo el Caribe, donde, como editor de The Daily Gleaner de Kingston, Jamaica, tuvo excelentes oportunidades para recabar información. Visitó Haití y Santo Domingo, y viajó extensamente por ambos países. Además, durante su estancia en Jamaica conoció a muchos refugiados dominicanos y haitianos distinguidos, quienes posteriormente le brindaron hospitalidad durante sus visitas a las repúblicas insulares. [EDITOR.]

    Un plantador de Santo Domingo y su esposa en medio de su caña de azúcar en crecimiento, con su supervisor y trabajadores negros de pura raza a su alrededor.

    Un amigo mío visitó a Behanzin, el depuesto rey de Dahomey, en su exilio en Fort-de-France, Martinica. Discutieron, entre otras cosas, sobre la calidad de la raza a la que pertenecía Behanzin. «El blanco es una raza», dijo Behanzin, «y el negro es una raza. Ambos son buenos. Pero el mulato… ¡bah! Es como café con leche, ni buena leche ni buen café». El juicio, por supuesto, era prejuzgado; pero da una buena idea del intenso odio y desprecio que el negro promedio siente por el moreno. Huelga decir que éste último corresponde con creces a esos sentimientos.

    En general, blancos y negros se llevan bastante bien en los trópicos, y especialmente en las Antillas. Es el mestizo quien causa problemas. El negro rara vez odia al blanco a menos que se exploten sus prejuicios y se enfurezcan sus pasiones; pero el mestizo alberga un profundo resentimiento contra esa raza superior, responsable de su posición desfavorable en el mundo. He aquí una clave para entender el conflicto surgido entre Estados Unidos y la República mulata de Santo Domingo. El asesinato del mecánico naval Johnston y la violación de un consulado estadounidense son la culminación de una larga serie de graves ofensas contra residentes blancos que deben lealtad a Estados Unidos o a potencias europeas. Quienes hayan vivido o viajado por Santo Domingo en los últimos años habrán oído hablar, sin sorpresa alguna, de una masacre generalizada de blancos en ese país. En vista del carácter y los prejuicios de los dominicanos, resulta asombroso que no se haya producido ninguna masacre. Se puede afirmar con seguridad que sólo ha habido una y éstos incidentes se han evitado gracias al patrullaje constante de buques de guerra estadounidenses y europeos entre los principales puertos.

    Los blancos son mal vistos tanto en Haití como en Santo Domingo, pero ésta animadversión es más profunda y manifiesta en Santo Domingo —la república de los mulatos— que en Haití —la república de los negros—, a pesar de que, en teoría, se les conceden mayores privilegios a los extranjeros en el primer país.

    Ésta antipatía es responsable de tres cuartas partes de los delitos contra estadounidenses y europeos, mientras que el desconocimiento de las obligaciones de un gobierno supuestamente civilizado es responsable del resto. Siempre que los insurgentes o la administración de turno necesitan dinero y suministros, su primer impulso es saquear a los extranjeros. Si hay un blanco a su alcance, le roban sus provisiones, le roban sus mulas o le fuerzan la caja fuerte para que entregue un supuesto préstamo. Los nativos solo son saqueados cuando los blancos han sido exprimidos hasta el límite de sus recursos, o hasta donde lo permite la prudencia de los «expropiadores» —como una vez oí llamarlos a un político dominicano—.

    Ni siquiera en tiempos de paz hay justicia para el hombre blanco en Santo Domingo, salvo bajo la fuerte presión de su gobierno. Recuerdo un caso ilustrativo que llegó a mis oídos hace unos años. Un comerciante inglés sorprendió a un empleado ladrón con las manos en la masa y, como era nuevo en el país, lo denunció. Las pruebas eran concluyentes, su culpabilidad evidente. Pero su abogado permaneció sonriendo mientras testigo tras testigo corroboraba el caso, sin molestarse en formular una sola pregunta durante el interrogatorio. Al concluir la acusación, se dirigió al juez mulato y le dijo:

    « Seguramente no pretende usted condenar a este hombre blanco a costa de uno de su propia raza». Esa fue toda la defensa. La abarrotada sala del tribunal estalló en aplausos, y el juez absolverá de inmediato al prisionero. Sabía perfectamente que, de no hacerlo, correría un alto riesgo de ser asesinado y, con toda seguridad, de ser destituido de su cargo. Esta situación es tan bien conocida que, tanto en Haití como en Santo Domingo, los hombres blancos están dispuestos a soportar casi cualquier cosa antes que recurrir a la justicia. Por lo general, sobornan al jefe de policía y a otros funcionarios para obtener la protección que necesitan.

    En las catedrales e iglesias de Santo Domingo y Haití se observa una curiosa ilustración de esta adversión común hacia los blancos. El Salvador, la Virgen María y los Santos casi siempre se representan en imágenes y estatuas como negros o mulatos. El pueblo se niega a creer que personajes dignos de culto o veneración pudieran haber sido blancos. En Haití, hubo una larga lucha al respecto entre la Iglesia y el pueblo, pero la Iglesia tuvo que capitular. De otro modo, no habría habido congregaciones. Tanto dominicanos como haitianos profesan la fé católica romana y apoyan ramas organizadas de la Iglesia romana, con catedrales, arzobispos, obispos y sacerdotes. Pero los estipendios del clero apenas les alcanzan para subsistir, y subsisten, como bien señaló el difunto señor Tames Anthony Froude, «no como objetos de reverencia, sino como humildes servidores y ministros de la sociedad negra».

    Bajo la fina capa de catolicismo, la mayoría de la gente está aferrada a las supersticiones del vudú, traídas de África Occidental por sus antepasados en los barcos negreros. El sacerdote y la sacerdotisa del culto vudú son los monarcas sin corona de La Española. Todo y todos están bajo su dominio. Incluso el Presidente y los altos funcionarios del Gobierno les rinden pleitesía en secreto, mientras que a los visitantes extranjeros les dicen que todo el asunto del “vudú” y los sacrificios humanos es absurdo. Al menos un gobernante de Haití, el “Emperador Soulouque”, era un reconocido “papaloi”, o sacerdote vudú; mientras que Heureaux, el presidente más influyente de Santo Domingo en la época moderna fué objeto de fuertes sospechas. Según tengo entendido, en los últimos años se censuró un periódico en Puerto Príncipe y dos en la ciudad de Santo Domingo, y sus editores fueron exiliados o encarcelados, simplemente por haber publicado relatos de sacrificios humanos, con canibalismo incluido, relacionados con ritos vudú. Durante el mandato de dos o tres de los presidentes más destacados, especialmente Geffrard, se llevaron a cabo breves campañas contra la superstición. Algunos papaloi y mamaloi —sacerdotes y sacerdotisas— fueron arrestados y ejecutados por asesinar niños en sus horribles ritos. En esos casos se demostró claramente el canibalismo, y los registros de los juicios aún se conservan en el Consulado General Británico en Puerto Príncipe. ¿Cuál fué el resultado? La hija de Geffrard, Cora, fué asesinada a tiros mientras estaba arrodillada ante el altar de una iglesia en la capital, y él se vió obligado a exiliarse, escapando milagrosamente con vida. Desde entonces, los presidentes haitianos han dejado en paz al culto vudú.

    En Santo Domingo, las autoridades ni siquiera han intentado erradicarlo, y los ritos se practican con menos secretismo que en Haití. Los esfuerzos oficiales se han centrado exclusivamente en ocultar la verdad al mundo exterior. El vudú es una forma de culto a la serpiente, común entre las razas menos desarrolladas, y está estrechamente vinculado al fetichismo de África Occidental, del cual deriva. En los ritos más comunes, se exige el sacrificio de un gallo blanco —el «pájaro senseh», como lo llaman los «obeah men» en Jamaica— o de una cabra. Pero en las grandes festividades, el dios serpiente exige la inmolación de la «cabra sin cuernos»: un niño o una niña. Sólo hay tres de estas festividades al año: a finales de enero y al final de la temporada de lluvias, que suelen ocurrir en mayo y octubre. Sin embargo, se ofrecen otros sacrificios cuando la isla sufre calamidades como sequías y huracanes.

    El niño destinado al sacrificio a veces es secuestrado, después de haber sido indefenso mediante la administración de drogas o hipnosis, en las que los sacerdotes y sacerdotisas vudú son adeptos. Pero existe un método aún más horrible. Numerosas personas de posición responsable y de intachable integridad, misioneros, cónsules y comerciantes extranjeros, me han asegurado que tanto en Haití como en Santo Domingo existe una poderosa sociedad secreta de hombres y mujeres vinculados al vudú. Los miembros de ésta sociedad administran a los niños drogas narcóticas, obtenidas en la selva, que los sumen en un estado cataléptico indistinguible de la muerte. Médicos me han asegurado que éstos seres inhumanos conocen drogas vegetales y narcóticos desconocidos para la ciencia e indetectables mediante las pruebas habituales. Tras un tiempo, se declara muerto al niño y se le entierra. En cuanto surge la oportunidad, emisarios de la sociedad desentierran el ataúd, reaniman al niño y lo sacrifican en la siguiente orgía del culto. Las reuniones suelen celebrarse en una solitaria arboleda de cocoteros o bambúes. Decenas de hombres y mujeres se congregan allí, y rápidamente se dejan llevar por el frenesí mediante bailes y cantos desenfrenados. Las escenas que allí se desarrollan, tal como me las han descrito hombres que afirman haberlas presenciado, no pueden ser relatadas aquí. Las peores pasiones del negro y del mulato, jamás disciplinadas por nuestra civilización, campan a sus anchas. La garganta del niño es cortada con un machete afilado, y el canibalismo corona el sacrificio. Podría dar detalles de varios casos auténticos de asesinato y canibalismo relacionados con el vudú, si se considerara conveniente. He conservado cuidadosamente los registros de estos casos, recopilados durante cinco años en las Indias Occidentales y respaldados en su mayoría por fuentes oficiales. Pero ya se ha dicho suficiente sobre este desagradable tema para evidenciar la inutilidad de la pretensión de los dominicanos de ser tratados como una nación civilizada. La población de color en Santo Domingo no puede compararse con la de los estados del sur. Son de una clase infinitamente inferior, más agresiva y degradada. Su condición es caótica, salvaje y brutal en todos los sentidos. El campesinado del interior, aunque decididamente más amable y hospitalario que los habitantes de las ciudades, ha caído a un nivel inferior al de las tribus de África Occidental de las que proceden, pues han perdido el orden social altamente desarrollado, aunque primitivo, de aquellas tribus, y no han ganado nada de la civilización salvo sus vicios. La enorme brecha que los separa de sus hermanos de color en otras partes de las Indias Occidentales queda patente en el hecho de que los negros de Jamaica suscriben grandes sumas para enviar misioneros.

    Ciudadanos de Santo Domingo en ascenso

    La gente del campo es bastante honesta, salvo que consideran que cultivar la tierra es apropiarse de la propiedad ajena, un sentimiento que le sale caro al agricultor. Sin embargo, en las ciudades hay mucha delincuencia; los robos y hurtos son delitos comunes, y el matón, al igual que el pobre, siempre está al lado. En la mayoría de las ciudades de ambas repúblicas, el alguacil es más temido que el ladrón. Su sueldo apenas asciende a unos céntimos al día, incluso si lo cobra, y se aprovecha de la comunidad con más crueldad que los delincuentes a quienes debe capturar. Recibe una pequeña suma por cada arresto que realiza. Por supuesto, lleva a los hombres a la cárcel con el menor pretexto, pero los deja libres si pagan por su libertad un poco más que la tasa oficial por su encarcelamiento. Si el prisionero no puede o no quiere entregar el dinero, es brutalmente golpeado con un palo de cocomacaque durante todo el trayecto hasta el calabozo, y he sabido de varios casos en los que llegó allí moribundo o muerto.

    Por doquier, el viajero en Santo Domingo observa signos de degeneración y decadencia. El país tuvo un buen comienzo bajo el dominio español, como Haití bajo el francés. Se trazaron hermosas ciudades, con numerosos edificios grandes y elegantes; se construyeron excelentes carreteras y se establecieron cientos de plantaciones de café y caña de azúcar, con grandes casas tan espléndidas como los castillos de la antigua España. Las montañas y sabanas rebosaban de incontables rebaños de ganado, y la prosperidad reinaba en toda la región. Ahora, el viajero suele toparse con un hermoso castillo antiguo en ruinas en medio de la maleza, rodeado de dos o tres chozas de bambú. Unos pocos mulatos, prácticamente salvajes, viven en estas chozas y subsisten cultivando escasas cosechas de ñame y plátano y matando el ganado, que ahora vaga libremente. De vez en cuando se encuentra algún campesino con la energía suficiente para recolectar los granos de café, que ahora crecen silvestres en la selva que se ha extendido por todo las plantaciones abandonadas de los antiguos españoles. El café haitiano, tan conocido en el mercado, se recolecta casi exclusivamente de estos árboles silvestres; apenas se cultiva. Los extranjeros lo han intentado en ambas repúblicas, pero las exigencias deshonestas del gobierno y las frecuentes revoluciones los han arruinado en muchos casos. En los últimos años se han realizado grandes inversiones de capital estadounidense en Santo Domingo, pero justo cuando empezaban a dar buenos resultados, estalló la actual oleada de revoluciones y arrasó prácticamente con todo. Desde un punto de vista moral, los dominicanos están casi perdidos. El sacramento del matrimonio se practica raramente: cuando se celebra, los jóvenes suelen haber convivido abiertamente antes, sin perder prestigio social ni el respeto de sus amigos. «¿Acaso crees que me casaría con una mujer sin saber primero que me satisfacería?», dijo un dominicano muy prominente, en respuesta a la protesta de un amigo misionero al que le pidieron que celebrara uno de estos matrimonios tardíos. El mismo misionero casó a una pareja de ancianos que llevaban viviendo juntos casi cincuenta años, y la novia llevó consigo a sus seis hijas para que actuaran como damas de honor.

    Las guerras civiles que asolan el país se libran con una brutalidad difícil de creer para quienes desconocen a los dominicanos. Hombres, mujeres e incluso niños pequeños son asesinados a sangre fría constantemente y torturados horriblemente cuando se sospecha que pueden proporcionar información sobre el enemigo. En este sentido, el dominicano culto, educado en Estados Unidos, Francia o España, es tan malo como el campesino más salvaje. Recuerdo a un famoso general, un hombre recibido por gobiernos extranjeros como diplomático, que una vez me contó cómo trató a un grupo de revolucionarios después de que defendieran un pueblo durante varios meses y capitularan por la hambruna: “Supongo que les dio los honores de guerra, general”. Le dije: “¡Los honores de guerra! ¡Eran rebeldes y me habían dado muchos problemas!”. “¿Y qué hizo?”. “Los azotamos con varas de cocomacaque hasta que no pudieron mantenerse en pie, y luego los sentamos en sillas y les disparamos” hasta que mueran lentamente. Así es cómo tratamos a los rebeldes en éste país.

    Haitianos y Dominicanos no se llevan bien y con frecuencia están al borde de la guerra; pero ambos me han asegurado repetidamente que se unirían como un solo hombre para repeler una invasión extranjera de cualquiera de sus países. Y tal invasión probablemente no sería tarea fácil. Los ejércitos de ambas repúblicas son prácticamente inútiles, pero la gente es ferozmente independiente y, como consecuencia de las constantes revoluciones, existen grandes reservas de fusiles, cartuchos y material bélico en el país. Una vez movilizado el pueblo, emprendería una guerra de guerrillas de hostigamiento que podría ser tan tediosa y problemática como las campañas filipinas. Dominicanos prominentes me han dicho que, en caso de que una poderosa fuerza invasora desembarcara, quemarían las ciudades, arrasarían las cosechas en las llanuras, envenenarían los arroyos y el ganado, y se retirarían a las selvas y montañas, desde donde hostigarían al enemigo. No cabe duda de que este sería realmente su plan de campaña.

    Dado que el Gobierno de Estados Unidos no parece tener intención de conquistar ni anexar el país, sería aconsejable limitar las operaciones militares a los puertos y puntos con acceso a la costa. De lo contrario, el asunto podría agravarse considerablemente más de lo que la Administración prevé o desea. Sin embargo, quienes, como yo, conocen bien a los dominicanos, pueden concebir que, una vez iniciada la empresa, la Administración se vea arrastrada por las circunstancias más allá de su intención original.

    Lo sorprendente no es que se haya considerado necesaria la intervención, sino que se haya postergado durante tanto tiempo. «Esta demora es una muestra del conservadurismo extremo que rige la política exterior estadounidense, especialmente en lo que respecta a los países latinoamericanos. Todo aquel que conoce la situación lleva años esperando una intervención armada. Ya en 1886, el señor Froude expresó la opinión generalizada de los viajeros blancos en La Española cuando escribió: «El orden actual no puede perdurar en una isla tan cercana a las costas estadounidenses».

    Si los estadounidenses prohíben que cualquier otra potencia interfiera, tendrán que intervenir ellos mismos de alguna manera. Si consideran el mormonismo una mancha intolerable en la religión, tendrán que ponerle fin al canibalismo y al diablo.

    NEW YORK CITY

    June, 1904


  • Introducción

    El texto aborda los acontecimientos ocurridos en torno al nuevo protocolo firmado entre Estados Unidos y Santo Domingo el 7 de febrero de 1905, tras el fracaso de un acuerdo previo. Este convenio, diseñado para reorganizar el manejo de la deuda dominicana y asegurar la estabilidad financiera del país, simplificó compromisos anteriores y reafirmó explícitamente la Doctrina Monroe. El episodio puso de manifiesto las tensiones diplomáticas, los conflictos de interpretación y el papel del Senado estadounidense en la aprobación de acuerdos internacionales.


    NEGOCIADORES ESTADOUNIDENSES EN SANTO DOMINGO

    El ministro Thomas C. Dawson y el comandante Albert C. Dillingham, comisionado especial del presidente, en el pórtico de la Legación Americana. El ministro Dawson y el comandante Dillingham negociaron los dos protocolos mediante los cuales Estados Unidos se haría cargo de los ingresos aduaneros de Santo Domingo en beneficio de sus acreedores.

    NUEVO INTENTO EN SANTO DOMINGO

    El nuevo “protocolo” con Santo Domingo, que sustituía al que fracasó repentinamente, se elaboró con notable energía y se firmó el 7 de febrero. Se simplificó considerablemente, omitiendo las garantías de integridad dominicana y de un ingreso mínimo determinado, pero reafirmando específicamente la Doctrina Monroe. Ahora que esta doctrina cuenta con la sanción conjunta de Estados Unidos y Santo Domingo, puede considerarse segura. Los negociadores no repitieron su error anterior de estipular que el acuerdo entraría en vigor sin esperar la aprobación del Senado, sino que la hicieron necesaria. El convenio permanecerá vigente solo hasta que se salde la deuda dominicana, lo que podría lograrse en cincuenta años si no ocurre nada desfavorable. Pero la llegada a Nueva York del juez John T. Abbott, quien durante tres meses estuvo a cargo de las aduanas de Puerto Plata, provocó una declaración en la que afirmaba que, a pesar de las negaciones semioficiales de Washington, las aduanas dominicanas fueron efectivamente confiscadas por nuestros representantes según los términos del protocolo original. No, como habría explicado la Administración, en virtud del laudo arbitral del verano pasado. Cuando el juez preguntó si ese laudo tenía algo que ver con los actos de nuestros funcionarios, Abbott respondió: “Nada en absoluto. Todos los puertos dominicanos [excepto Puerto Plata y Monte Cristi] fueron tomados bajo el control del Ministro Dawson el 1 de febrero, en virtud del protocolo Dillingham-Sánchez del 20 de enero de 1905. Me refiero al protocolo original del 20 de enero, no al enmendado. El protocolo enmendado se elaboró después de mi partida.” De esto se desprendía que la consideración posterior que otorgaba al Senado participación en la elaboración de tratados dominicanos no llegó a aplicarse en Santo Domingo. Sin embargo, las afirmaciones del Juez Abbott fueron rápidamente desmentidas por el Comandante Dillingham, uno de los negociadores del protocolo, quien anunció, tras una reunión con el Presidente, que ninguna aduana había sido ocupada bajo dicho acuerdo, y que los únicos puertos cuyos ingresos habían sido asumidos por nuestros funcionarios eran Puerto Plata y Monte Cristi, donde la autoridad emanaba del laudo arbitral.

    Febrero 25, 1905


  • Introducción:

    A comienzos del siglo XX, la República Dominicana —conocida entonces como Santo Domingo— se encontraba inmersa en un panorama de inestabilidad política, crisis financiera y presiones internacionales. En éste contexto, Estados Unidos, bajo la presidencia de Theodore Roosevelt, adoptó una política exterior caracterizada por la rapidez y la acción directa, conocida como “diplomacia de fuego rápido”. Ésta política marcó un giro en la tradición estadounidense, que hasta entonces había evitado intervenir abiertamente en los asuntos internos de otras naciones americanas. El intento de establecer una administración estadounidense sobre las finanzas dominicanas no solo reflejaba la creciente influencia de Washington en el Caribe, sino también las tensiones entre la legalidad constitucional interna y las exigencias de la política internacional.


    SANTO DOMINGO

    Año 1905

    Situación: Dos tercios orientales de la isla de Haití, y el territorio importante más cercano al territorio estadounidense de Puerto Rico.

    Superficie: 18,045 millas ², equivalente a la de New Hampshire y Vermont.

    Población: 610,000 (estimada), algo menos que Maine.

    Razas: Mestiza, española, indígena y afroamericana, con algunos blancos puros y negros.

    Idioma: Español.

    Deuda: 32,000,000 $.

    Gobierno: Dictaduras y revoluciones, simultáneas o sucesivas. Tres revoluciones simultáneas en 1903-1904.

    DIPLOMACIA DE FUEGO RÁPIDO

    Esa “repentinidad”, tan a menudo señalada como uno de los muchos puntos de semejanza entre el presidente Roosevelt y el káiser alemán, ha producido resultados curiosos en el avance del plan para poner a Santo Domingo bajo administración estadounidense. Ésta fue una empresa trascendental en sí misma. Representó una completa reversión de la tradicional política estadounidense de rechazar cualquier imposición Europea en los asuntos Americanos. El paso se dió abiertamente bajo la presión de las potencias Europeas, aplicada “repetida, explícita y enfáticamente”. Bajo una presión similar, podríamos vernos obligados en cualquier momento a hacernos cargo de las finanzas de Colombia, Venezuela o Argentina, o de todas ellas juntas, en beneficio de los acreedores extranjeros. Cabría esperar que una innovación de tal importancia se llevara a cabo con una cuidadosa observancia de todas las formalidades prescritas por los deliberados caballeros que redactaron la Constitución de los Estados Unidos. Una de esas formalidades es la presentación de cada tratado al Senado, que debe ratificarlo por una mayoría de dos tercios antes de que pueda entrar en vigor. Pero cuando se hizo público el contrato con Santo Domingo, resultó no ser un tratado, sino simplemente un «protocolo», o borrador preliminar de un acuerdo para la posterior firma de un tratado. El senador Bacon de Georgia presentó una resolución solicitando información sobre este acuerdo, pero, a iniciativa propia, su consideración se pospuso cuando el Sr. Loomis, subsecretario de Estado, informó al Comité de Relaciones Exteriores el 27 de enero que todos los documentos se presentarían al Senado tan pronto como se pudiera redactar un tratado. Sin embargo, lo más llamativo de la situación era la aparente falta de prisa por la conclusión del tratado, que, según se insinuó, podría no estar listo para el Senado hasta el próximo Congreso, mientras que la ejecución efectiva de la administración judicial comenzaría el 1 de febrero, como si el tratado ya se hubiera firmado y ratificado. Se comentó que difícilmente sería posible redactar un tratado antes del receso del Congreso en marzo, a pesar de que uno con Panamá se había concluido, firmado y sellado cinco días después de que el primer enviado de esa República presentara sus credenciales al Presidente.

    Febrero 11, 1905

    LA CATEDRAL DE SANTO DOMINGO

    El edificio más bello de la capital de nuestro nuevo protectorado. Lugar de sepultura de Cristóbal Colón, donde los Dominicanos aún creen que reposan sus restos. Frente a ella se encuentra la Plaza Colón, con una estatua de Colón.

    UN TERCIO DE LA ARMADA DOMINICANA

    La flota de Santo Domingo consta de tres pequeñas cañoneras. Esta es una de ellas, la «Presidente». El cerro que se ve al fondo es Pajarito, desde donde provino el disparo que mató al ingeniero del crucero estadounidense «Yankee».

    UNA MUESTRA DEL EJÉRCITO DOMINICANO

    Algunas de las tropas que sostienen el poder del Presidente frente al peligro de una revolución. Sus uniformes dejan mucho que desear, pero se han ganado la reputación de ser demonios en combate.