Introducción:
En éste texto, Winthrop Packard relata su recorrido por la República Dominicana en el año de (1905) con algunas fotografías que nos trasladan en pensamiento a apreciar y entender como éra el país y la sociedad dominicana en ése entonces. A lo largo de su viaje por puertos, ciudades y provincias del interior, el autor describe tanto la inestabilidad heredada de años de conflictos como las condiciones sociales, educativas y económicas del país. En éste contexto, destaca especialmente sus conversaciones con el presidente Carlos F. Morales, quien entre otros aspectos le expone su intención de sustituir el predominio militar por un gobierno civil más organizado, para que de ésa manera posteriormente se pueda asegurar la paz y la estabilidad nacional.
Winthrop Packard (1862-1943) fué un químico, naturalista y escritor estadounidense. Sirvió durante tres años en la segunda división de la Reserva Naval de Massachusetts. En 1900 se unió a la expedición Corwin, que exploró Alaska, Siberia y el Artico. También estuvo en Santo Domingo en el año 1905 y luego en Puerto Rico y otras zonas del Caribe. Posteriormente, se convirtió en columnista de naturaleza y editor de varios medios y revistas importantes.
Jorge Serraty.

Winthrop Packard en una fotografía sin fecha, alrededor de 1893
Nuevas Condiciones en Santo Domingo
Por Winthrop Packard
La así llamada República de Santo Domingo enfrenta hoy nuevas condiciones como nunca antes habían prevalecido. La manifestación más contundente y pintoresca de éstas condiciones es el cordón de buques de guerra estadounidenses que rodea la isla, extendiéndose de puerto a puerto, desde Monte Cristi, en el extremo noroeste, hasta la ciudad de Santo Domingo, sede del gobierno, en el sur. Cada aduana de la República está dominada por los cañones de la armada estadounidense. En cada una hay, o pronto habrá, un estadounidense que recauda y desembolsa los impuestos aduaneros mediante métodos anglosajones precisos e imparciales, algo nunca antes visto en las finanzas de la isla.
Éste hecho es de gran valor, tanto para los ingresos de la República como, a modo de lección práctica, para los políticos inescrupulosos que hasta ahora han recaudado ésos ingresos, se han quedado con la mayor parte y, a través de ellos, han convertido la isla en un estado de inestabilidad y caos político. Significa mucho para los piratas aduaneros y sus seguidores. Para cuatro quintas partes de la población no significa nada, porque cuatro quintas partes de los ciudadanos de la República viven en una feliz ignorancia de que exista algo así como una aduana.
La única razón por la que ésta piratería política de las aduanas provoca revoluciones y promueve la anarquía es que no hay suficientes aduanas para todos. Si cada político Dominicano tuviera un cargo político vinculado a los ingresos, la paz serena podría reinar perpetuamente en una isla por lo demás excepcionalmente dotada de recursos naturales.
Heureaux, el bárbaro negro cuya larga dictadura terminó con su asesinato en 1899, comprendió ésta escasez de cargos y resolvió el enigma con bárbara simplicidad. Su plan era encontrar tantos puestos como fuera posible para los aspirantes de cuya lealtad creía seguro, y luego fusilar al resto. Durante veinte años, éste método, directo y simple, aunque incivilizado, prevaleció, y el folklore de la isla está repleto de los relatos más escalofriantes y románticos sobre la forma en que lo llevó a cabo. Se dice que sacrificó a dos mil de sus enemigos políticos, reales o potenciales, de ésta manera.
Washington Lithgow, alcalde de Puerto Plata y presidente de su Consejo Comunal durante los últimos cuatro años, niega ésta cifra. El Sr. Lithgow es Americano, nacido y educado en Estados Unidos, y ha vivido en la isla durante veinte años o más. Conocía íntimamente a Heureaux y lo estimaba como amigo personal. Tuvo la inusual fortuna de ver solo el lado más amable del tirano. Probablemente, su ciudadanía estadounidense fué en gran medida la causa de ésto. Pues durante todo el derramamiento de sangre y la traición que han marcado los asuntos políticos de la república, los estadounidenses siempre han sido tratados con respeto y consideración allí, y lo son hoy. El Sr. Lithgow me dijo, inconsciente del humor sombrío de la declaración: «Es un error decir que Lilís [el nombre local de Heureaux, una contracción de Ulises, su nombre de pila] mandó fusilar a dos mil hombres. Conozco bien las circunstancias, y sólo fueron ochocientos».
Concediendo ésta reducción, el número basta para demostrar la minuciosidad con la que «Lilís» llevó a cabo su plan, y prueba de su eficacia es que durante los veinte años de su dictadura no hubo ningún levantamiento en la isla. La muerte de Heureaux en julio de 1899 dejó la política de Santo Domingo en un estado de anarquía, como cabía esperar. Sus métodos de disparos habían eliminado cuidadosamente a todos los hombres lo suficientemente fuertes como para gobernar por sus medios. Heureaux era un hombre de un coraje físico excepcional. Ni Jiménes ni Vásquez han mostrado tal rasgo. En cada uno de ellos, al llegar al punto crítico de su lucha por mantener la supremacía, apareció esa «racha amarilla» que los estudiosos del carácter antillano han llegado a reconocer con demasiada frecuencia como herencia de la mezcla de sangre española y negra. Cada uno huyó ante sus enemigos en formación de batalla y dejó a sus amigos para ser sacrificados en la lucha inminente. Ambos pudieron haber sido buenos administradores y preocupados por el bienestar de su pueblo. Ambos carecieron de la valentía bruta y la perseverancia necesarias para la dominación. Woss-y-Gil no debe considerarse ni siquiera con éstos dos. Sus tres meses accidentales de desgobierno comenzaron con una traición flagrante y rápidamente decayeron en el libertinaje y la ineficacia.
Éstos tres Presidentes abarcan el interregno de disturbios y anarquía entre la muerte de Heureaux y la repentina nueva situación provocada por los cañones de los buques de guerra estadounidenses hace poco más de un año. Sin embargo, debe entenderse que ésta agitación y ésta guerra no eran una condición del pueblo Dominicano, ni eran su deseo. De una población estimada en 600,000 habitantes—una cifra muy sobreestimada, como demostraré—, sólo unos pocos miles estaban en armas. El resto, ignorante de la causa e indiferente al resultado, hacía todo lo posible por vivir en paz y en una prosperidad primitiva en sus fértiles valles. La lucha la libraban únicamente los líderes políticos, sus amigos y secuaces. De las luchas entre facciones, y no del carácter o las acciones de la población en general, ha surgido la reputación de anarquía y derramamiento de sangre que, lamentablemente, el pueblo mantiene hoy injustamente.
Los buques de guerra estadounidenses, por lo tanto, constituyen una condición en la nueva era de los asuntos de Santo Domingo. Otra se centra en la personalidad del actual Presidente, Carlos F. Morales. En cierto sentido, Morales considera su cargo como un regalo de los buques de guerra. Si habría podido conservarlo sin ellos es una incógnita. Sólo controlaba la ciudad de Santo Domingo. Otras partes de la isla estaban en manos de diversas bandas revolucionarias, y él mismo se encontraba bajo un intenso asedio. En ésta coyuntura crítica, los sitiadores revolucionarios dispararon contra el vapor New York de la línea Clyde, que se dirigía a Santo Domingo. También dispararon contra una lancha de guerra enviada para proteger el transatlántico, y mataron a un ingeniero Americano. El resultado de ésto, por supuesto, sólo podía ser uno. Un grupo de desembarco de marines y algunos proyectiles de la cañonera hicieron que las fuerzas rebeldes huyeran sobre las colinas en busca de seguridad. El asedio se levantó, y Morales tuvo tiempo de recuperarse de sus efectos y perseguir a sus enemigos en las zonas más remotas de la isla. Sin embargo, ni siquiera ésa oportunidad le habría asegurado la paz. Para tener éxito como revolucionario en Santo Domingo, sólo se necesita controlar un puerto. De las aduanas provienen los únicos ingresos de la isla, el dinero que sustenta la guerra, y a través del puerto deben llegar armas y municiones.
Cualquiera que fuera la excusa para ésta toma, su efecto fué de gran ayuda para el gobierno de Morales. Les quitó terreno a sus peores oponentes y le dió tiempo para mostrar sus buenas intenciones hacia el pueblo. Un año así ha tenido su efecto en los revolucionarios de éstos puertos. Ya comenzaban a disgustarse por la falta de oportunidades en su profesión y de ir a trabajar, cuando llegó la noticia de que el Senado de Estados Unidos se oponía al tratado propuesto y había suspendido su sesión sin tomar medidas. Inmediatamente, los revolucionarios cobraron ánimo. Hubo una renovada actividad y rumores de conspiraciones contra el gobierno. Morales iba a ser asesinado. Se producirían levantamientos en dos semanas. Los expertos en política incluso podían decir dónde y cómo: cuando llegó un cable del presidente Roosevelt, diciendo que Estados Unidos seguiría a cargo de las aduanas y nombraría recaudadores para los puertos ahora desocupados. Como ésto se refiere no sólo a Monte Cristi y Puerto Plata, sino también a otros puertos de la isla, las brillantes esperanzas de los sembradores del descontento se ven nuevamente frustradas. Es probable que la paz esté así asegurada hasta el otoño. Luego, dependerá enteramente de la acción de nuestro propio gobierno. Retirarse de las aduanas significa invitar a la anarquía, mientras sigan siendo un cebo tentador para los revolucionarios profesionales habrá intentos de aprovecharlas.
Mientras tanto, el Presidente Morales ha fortalecido considerablemente su poder en la República. Creo que es el hombre más fuerte que ha tenido desde Heureaux. En algunos aspectos, ha empleado los mismos métodos directos. Desde su ascenso al poder, ha ejecutado a diez hombres por conspiración contra el gobierno. Es opinión común, tanto entre los dominicanos como entre los estadounidenses de allá, que éstos hombres merecían su destino. Eran hombres que habían sido sus oponentes en armas, pero a quienes les había concedido amnistía al firmar un compromiso de no oponerse más a él. Al igual que Heureaux, Morales tiene agentes en cada distrito y condenó a los conspiradores sólo con pruebas documentales de que habían roto su compromiso y estaban tramando una revolución. Sin embargo, me dijo que sólo le desagradan éstos métodos y que se esfuerza por sustituir un gobierno civil por uno militar. Confío no sólo en su palabra, sino también en sus acciones recientes. El otro día se enteró de una conspiración contra su vida, y de cómo y dónde se esperaba que lo asesinaran. Fué al lugar sin miedo, armado y preparado.
«Ésto», me dijo, «lo hice para que la gente viera que no tenía miedo. Mi gente aún se encuentra en un estado semisalvaje, y el coraje personal es el primer requisito en un líder que pretende controlarlos. Cuando los conspiradores vieron que estaba listo para enfrentarlos cara a cara a su manera, no se atrevieron a disparar.»
En la época de Heureaux, éstos hombres habrían sido fusilados sumariamente sin juicio. Sin embargo, Morales los dejó tranquilos hasta el día siguiente, cuando fueron arrestados por el proceso civil y serán juzgados.
Personalmente, el Presidente Morales es conocido como un hombre de moral intachable y carácter recto. Su vida familiar es irreprochable. Sólo mantiene un establecimiento y vive allí en una sencillez democrática. Heureaux tenía serrallos caros en varios lugares, en los que malgastó el dinero público. Sus sucesores vivieron con gran pompa a expensas de la nación.
La vida de Morales es tan sencilla y sin ostentación como la de cualquier hombre de negocios en Estados Unidos. Dá la impresión de que se esfuerza tanto por llevar adelante los asuntos de la República como un hombre de negocios de ésa clase. Habló conmigo con franqueza sobre las lamentables condiciones de su país y sus planes para mejorarlas. Mi investigación personal me ha convencido de que lo que dijo es cierto.

PRESIDENTE CARLOS F. MORALES, CENTRO; MINISTRO DE EE. UU. T. C. DAWSON, DERECHA; MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES, JUAN FRANCISCO SÁNCHEZ, IZQUIERDA
«Las malas condiciones gubernamentales aquí», dijo, «son resultado del antiguo sistema de administración español. Los Capitanes Generales de España no eran más que jefes arbitrarios. Éste sistema feudal ha continuado, no en los ideales del gobierno, sino arraigado en las costumbres del pueblo, tanto gobernantes como gobernados. En teoría, tenemos un gobierno organizado como el de Estados Unidos. La situación que enfrentamos es la de varios caciques feudatarios cuya influencia es fuerte en su pueblo y que sólo deben lealtad personal, si es que la tienen, al jefe de la República. No he logrado convertirme en un líder de éstos jefes en el sentido en que lo fueron Jiménes y Vásquez. Tengo en mi gobierno a hombres que representan partidos opositores, partidarios de Jiménes o Vásquez en algunos casos, seleccionados no por su liderazgo político, sino por su eficiencia. Mi deseo no es un apoyo personal, sino un gobierno verdaderamente representativo del pueblo, en la medida en que sea práctico en las condiciones actuales. Éso no significa que podamos tener, de inmediato, elecciones representativas como las de Estados Unidos, pero sí significa que intento crear una opinión pública y que me respalde demostrando que el gobierno administra los asuntos públicos con justicia y rectitud. Para lograrlo, debo responsabilizar personalmente a los gobernadores de las distintas provincias no sólo de sus propias acciones, sino también de las de sus subordinados. Ha habido algunos jefes comunales, jefes locales, que controlan entre veinte y cincuenta hombres y que, por supuesto, están a sueldo de los gobernadores. Éstos jefes son muy arbitrarios en sus tratos con el pueblo. Por ejemplo, si quieren dinero, van a la casa de un hombre y obligan a uno de sus hijos a que los sirva. Entonces el padre pagará para asegurar la liberación del niño. Nominalmente, éstos hombres son nominados por los gobernadores, al igual que éstos son nominados por el presidente. De hecho, debemos confiar en la buena voluntad de éstos hombres para su permanencia en el cargo. Al unirse, pueden rebelarse con éxito y derrocar el orden establecido.
«Mi idea es establecer un gobierno civil para ésta forma militar. Las pequeñas bandas militares estacionadas por todo el país bajo el mando de jefes feudales son una amenaza para la paz. Planeo eliminarlas y tener sólo fuerzas fuertes, bien pagadas y leales, en la ciudad de Santo Domingo y Puerto Plata. Así tendré más posibilidades de controlar el desorden. Hecho ésto, podemos desarrollar los ayuntamientos, las organizaciones civiles, que ahora son impotentes por estar subordinadas a los militares.
En cuanto al acuerdo propuesto con los Estados Unidos, sólo hay una cosa que decir. Creo que es el único método exitoso, en las condiciones actuales, para sostener a mi gobierno o a cualquier gobierno que aspire a una administración decente y ordenada de los asuntos de la República. Si fracasa, la anarquía y la guerra serán inevitables. Éste país aceptará el convenio. Me encargaré de ello. Con la excepción de algunos líderes políticos descontentos, revolucionarios profesionales, todas las personas inteligentes están a favor.
Las elecciones, como lo admite el Presidente Morales y todos los demás, son una farsa. Si se intentan en paz, el candidato fracasado se rebela. Si se presentan tras un llamamiento a las armas, sólo los soldados y secuaces del general triunfante pueden votar. La mayoría ignorante de la población desconoce el sufragio, y a las clases educadas les importa menos. Votar es tan impopular entre ellos como podría serlo en el suburbio más exclusivo de una ciudad adinerada de Estados Unidos.
La población de Santo Domingo se estima, con ligereza, tanto en el país como en el extranjero, en seiscientas mil personas. La mitad de ésa cifra sería más cercana a la realidad. Se pueden recorrer ochenta kilómetros al día a través de grandes extensiones del interior y apenas ver una choza o un habitante. La población de la capital se estima en veinte mil. Sería difícil encontrar doce mil personas allí.
La sobreestimación local quedó bien ilustrada en una entrevista que tuve con el gobernador de la importante provincia interior de Santiago, Miguel A. Román, hombre de pura estirpe castellana, culto y verdaderamente patriota, elegido por Morales para su importante cargo y un ejemplo de su idea de que los gobernantes de provincias deben ser hombres capaces y patriotas, no secuaces políticos. Cuando le pregunté su estimación de la población de la república, respondió sin vacilar: «Poco más de seiscientos mil». Más tarde volví al tema y solicité estimaciones de las distintas provincias. Las proporcionó, consultando con sus subordinados y, en general, aumentando sus cifras. El total de las cifras dadas para cada provincia es de apenas cuatrocientos mil. No dudo de que un censo real arrojaría una cifra menor.
La mayor parte de éstas trescientas o cuatrocientas mil personas vive contenta, de la forma más primitiva, en chozas con techo de palma, poco diferentes de las de África central o Filipinas. Se observa el mismo estilo arquitectónico y distribución en los pequeños pueblos de Luzón, sólo que allí el nivel es, si cabe, ligeramente superior. Los campesinos cultivan algunos ñames y plátanos, tienen algunos cerdos y gallinas. Los más ambiciosos van desnudos, sus mayores casi invariablemente descalzos. No saben leer ni escribir, no conocen nada del mundo exterior y muy poco de su propio país fuera de las inmediaciones. Son amables y hospitalarios, tanto entre ellos como con los extranjeros. Incluso en las peores fases de las revoluciones no hay constancia de que los extranjeros en la isla sufrieran daños, siempre que se mantuvieran fuera de la zona inmediata del conflicto. Incluso allí, el daño se produciría más por accidente que por intención. El Dominicano no es un buen tirador, tiende más a disparar su rifle desde la cadera que desde el hombro y sólo en unos pocos casos las batallas han sido sangrientas.

TÍPICO INTERIOR DE UN PEQUEÑO PUEBLO
Pocos Dominicanos son negros, y aún menos blancos. Presentan diversos grados y mezclas de ambos colores, algunas de las cuales son extraordinarias. El hombre de rostro negro, pecas y rica lana roja y rizada, del que sólo se oye hablar en el vodevil, existe en Santo Domingo. Vean a niños encantadores de rostro moreno, cabello liso y amarillo, y ojos azules, y las diversas mezclas de raza y color fascinarían a un etnólogo. No creo que esta mezcla constituya un pueblo en el que el vigor sea una característica.
El clima de los valles altos es inigualable en el mundo. En él, los estadounidenses engordan y conservan su color y energía innata. Sin embargo, pocos Dominicanos tienen un físico excelente. Los pocos negros y blancos puros son mucho mejores que el mestizo, y me temo que el futuro le depara poco. Parece carecer de ambición y resistencia, tanto física como mental. El peón no come, aunque esté en su puerta, una cantidad adecuada de alimentos nutritivos. Por lo tanto, carece de desarrollo físico y de la fuerza para un trabajo sostenido. En éste clima, el más saludable de todos, entre una gente que vive prácticamente al aire libre, la tisis es común, debido, creo, a ésta falta tanto de alimentos nutritivos como a una ambición innata por la actividad vigorosa. No se ven deportes ni juegos activos entre niños ni adultos.
La lepra es prevalente en la isla. El Presidente Morales me dijo que estimaba que el número de leprosos en la capital era de doscientos. En el muelle de vapores vi a un hombre negro grande manejando equipaje con las manos blancas por la peste. En Puerto Plata, un empleado de papelería me entregó sobres con manos y muñecas que mostraban marcas similares, y en varios puntos del interior vi personas con el rostro parcialmente devorado, aparentemente por la misma causa. No hay ningún intento de segregación. Sin embargo, éstas son las peores cosas que se pueden decir de los isleños. La otra cara de la moneda es más brillante. En todas las ciudades y pueblos grandes se encuentra un número considerable de personas refinadas y cultas. La mayoría ha adquirido ésta educación y refinamiento en la isla. Otros han ampliado ésta educación en el extranjero o en Estados Unidos. En las ciudades se presta mucha atención a las escuelas, y el resultado es gratificante.

El escuadrón de centinelas en Puerto Plata
Puerto Plata, por ejemplo, tiene una población máxima de seis mil habitantes. Del presupuesto municipal de $40,000 este año, $12,800 se destinan a escuelas. Éstas consisten en dos jardines de infancia, dos escuelas primarias para niños y dos para niñas, dos escuelas normales (una para cada sexo) y quince escuelas privadas, asistidas y supervisadas por la municipalidad. Novecientos niños de entre cinco y catorce años asisten a éstas escuelas, lo que representa el 15% de la población. El porcentaje de Boston es del 16.95%.

CIUDAD DE SANTIAGO
En la comuna interior de Santiago, centro de un espléndido distrito agrícola y habitada por una población representativa de los isleños más enérgicos y ambiciosos, existen cincuenta y cuatro escuelas, con 1917 alumnos y una asistencia diaria de 1617 alumnos, de ambos sexos en proporciones aproximadamente iguales. Éstas escuelas cuentan con 98 profesores, seleccionados entre egresados de las escuelas normales de la República, y se enseña francés e inglés, además de las ramas comunes de nuestros propios cursos de gramática. En los pueblos más pequeños y periféricos de ésta provincia interior, se observan condiciones igualmente favorables. Jánico cuenta con seis escuelas, seis docentes y 260 estudiantes, con una asistencia diaria promedio de 220 alumnos. San José de las Matas cuenta con seis escuelas, seis docentes y 320 estudiantes matriculados, con una asistencia diaria promedio de 280 alumnos. Valverde cuenta con ocho escuelas, ocho docentes y 310 estudiantes, con una asistencia diaria promedio de 260 alumnos. Tamboril cuenta con catorce escuelas, catorce docentes y 400 estudiantes, con una asistencia diaria promedio de 330 alumnos.
Ésta lista podría extenderse fácilmente para abarcar las ciudades y pueblos más grandes. Dondequiera que haya oportunidades de escolarización, la gente parece aprovecharlas con gusto, y los niños se prestan a la disciplina y aprenden con facilidad. Fuera de las ciudades y pueblos más grandes, las oportunidades son menores, y el alto porcentaje de analfabetismo en la República, en su conjunto, puede, estoy seguro, atribuirse a la falta de oportunidades más que a la falta de deseo de aprender. Hay mucha mano de obra en la isla a cincuenta centavos de oro al día, y, por lo general, vale aproximadamente eso. Ésto no se debe a que los Dominicanos no estén ansiosos por trabajar. Creo que la regla es la contraria.

ESCUELA Y PROFESORES EN LA VEGA
En un campamento minero que visité en el interior, llegaban hombres de todas partes, ansiosos por ganarse éstos salarios. Sin embargo, el gerente ha descubierto que la mayoría de ellos son incapaces de lo que él llama una buena jornada de trabajo. Lo atribuye, no a la falta de voluntad, sino a la falta de resistencia física debido a la mala alimentación. Descubrió que muchos llegaban a trabajar sin desayunar, como mucho sólo con una taza de café, y adoptó la regla de darles una buena sopa con abundante carne al mediodía. Ésto mejoró mucho los resultados de la tarde. Ahora intenta inculcarles el valor de un desayuno sustancioso, siguiendo la idea estadounidense. Éstos hombres provienen de pequeñas granjas. Podrían fácilmente tener tres comidas completas al día, pero, como dijo el gerente, «simplemente no saben cómo cuidarse».
Éso me parece resumir la causa de todos los problemas de la República. La mayoría de su gente no sabe cómo cuidarse a sí misma. No son una raza, sino una extraña mezcla que, me temo, carece de ésa iniciativa que impulsa a un pueblo a avanzar sin ser presionado. Abandonados a su suerte, no creo que lleguen a ser capaces de autogobernarse. Sin embargo, son honestos, amables y dóciles. Simplemente necesitan ir a la escuela un tiempo con un pueblo más sabio, y mientras tanto necesitan disciplina escolar. De hecho, son singularmente como niños: buenos niños en general, que sólo necesitan una mano firme y guía. Los Americanos que llevan mucho tiempo viviendo en la isla me dicen lo mismo, y los Dominicanos con mayor educación coinciden.
Para asegurar la paz y la prosperidad, lo que se ha hecho en Cuba y Puerto Rico debe hacerse en Santo Domingo, ya sea por Estados Unidos o por alguna otra potencia fuerte y estable. Sobre ésto, no sólo cuento con mi propia opinión, sino también con la palabra del Presidente Morales y de todos los demás Dominicanos y extranjeros inteligentes de la isla. Visité todos los puertos y ciudades importantes, hice la pregunta en todas partes y siempre recibí la misma respuesta: «En el tratado propuesto con Estados Unidos reside la única esperanza de paz y prosperidad para Santo Domingo». Por su clima, belleza y recursos naturales, la isla es un verdadero paraíso. Creo que sus habitantes están deseosos de recibir la ayuda de Estados Unidos. Esperan con ansias, por así decirlo, la decisión del Senado sobre el tratado propuesto. Su rechazo les acarrea graves problemas y, si se puede dar crédito a la evidencia que no aparece en lo anterior, probables complicaciones internacionales para Estados Unidos.
