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Espacio para estudiar, analizar y conocer los hechos históricos, culturales y de ámbito general que han conformado la nación de la República Dominicana a través de toda su historia.

La Activa Ciudad de Puerto Plata. (Año-1905)


Éste texto corresponde a una crónica de viaje escrita por Winthrop Packard en el año 1905, donde describe su visita a la ciudad de Puerto Plata en la República Dominicana. A través de una mirada periodística y literaria, el autor presenta una imagen muy favorable del puerto, destacando su belleza natural, su organización urbana y la influencia de figuras extranjeras en su administración y desarrollo. La narración combina descripciones del paisaje, observaciones sociales y comentarios sobre la vida política y cotidiana de la ciudad en ese período.


LA ACTIVA PUERTO PLATA

UNA CIUDAD DE SANTO DOMINGO QUE ES PROGRESISTA

Lo cual puede explicarse por el hecho de que un hombre de Boston, Washington Lithgow, es su alcalde. Tiene bajos impuestos y prácticamente no posee deudas. Cuenta con buenas escuelas y una iglesia protestante.

Es un pueblo tranquilo y apacible, con un bajo índice de criminalidad. Hay intereses estadounidenses allí. Un lugar hermoso.

POR WINTHROP PACKARD

[Correspondencia especial del Boston Transcript]

Bahía de Samaná, 8 de marzo de 1905.

Puerto Plata, la “Ciudad de Plata” de los antiguos bucaneros, yace como una ofrenda votiva a los pies de Loma Isabel de Torres.

Isabel de Torres es una montaña que se eleva majestuosamente más de 2,000 pies desde la línea de la costa. Pero también es como una dama española de tez oscura, con la cabeza envuelta en la elegante mantilla de las nubes y sus pies de coral besados por el oleaje que se lanza blanco sobre los arrecifes que se extienden media milla mar adentro, impulsado por los rugientes vientos alisios.

Sólo una estrecha abertura permite que los barcos se deslicen hacia el pequeño puerto, resguardado dentro del arco del empeine de Isabel. Aquí anclan lado a lado, con sus proas apuntando hacia el mar y sus popas sujetas por largos cables a la misma boya de amarre. Tres de ellos llenan el espacio de aguas profundas y, aunque un cuarto puede entrar, no es prudente hacerlo.

Tres estaban allí mientras remontábamos la costa: el U.S.S Detroit, un transatlántico de  Hamburg-American Line, y el Olinde Rodriguez de la línea Francesa. Ambos vapores realizan viajes regulares entre éste puerto y Europa. Esperamos afuera al Olinde Rodriguez, que poco después salió, y entonces nos deslizamos entre los rompientes hasta su atracadero.

FUERZA ARMADA EN EL PUERTO DE PUERTO PLATA,CON EL CONTINGENTE AMERICANO

El Seminole- El Panther- El Olinde Rodriguez

PUERTO DE PUERTO PLATA

Afuera rugía el oleaje. Adentro, los vientos alisios mantenían rígidas las banderas y gallardetes de los mástiles de Puerto Plata, y hacían que las palmeras de coco que dan sombra a la ciudad repitieran el rugido del mar. Loma Isabel de Torres levantaba la punta de su pie entre los rompientes exteriores, y el promontorio así formado es una colina baja y redondeada coronada por un fuerte blanco, parecido a una caja de queso, reliquia de los tiempos de los bucaneros y única defensa del puerto, aparte de los arrecifes.

A un lado se encuentra la nueva cárcel y al otro los cuarteles; y si el fuerte tuviera que disparar contra enemigos, tendría que abrir un agujero a través de uno de éstos edificios.

Visité éste fuerte. Su exterior estaba negro y azul de tantos soldados dominicanos, pero su interior albergaba únicamente prisioneros gordos y joviales. La nueva cárcel aún no estaba terminada y el fuerte ocupaba provisionalmente su lugar.

PRISIONEROS POLÍTICOS Y SUS CARCELEROS A LA VISTA EN PUERTO PLATA.

Morrillos negros sonreían desde sus troneras, pero no eran los de cañones. No es de extrañar que los centinelas no pusieran objeciones a la cámara fotográfica. Es un hermoso promontorio, éste hogar de los regimientos de Puerto Plata, y la ciudad que se extiende detrás de él, de paredes color ámbar, techos color granate y verde de palmeras, es, creo, la más bonita de las Antillas Occidentales.Y no pierde su belleza cuando uno desembarca.

EL ESCUADRÓN DE CENTINELAS———. PUERTO PLATA

Aquí no hay ruinas en decadencia, sino construcciones modernas de madera y hierro galvanizado, cuidadosamente pintadas y pintorescas con balcones, calles rectas, limpias, macadamizadas, con bordillos, y aceras de losas de piedra, mucho mejores que algunas que conozco en las afueras de ciudades del norte. Y la admiración sigue creciendo hasta que uno descubre lo que yo creo que es una causa poderosa de todo ésto.

El alcalde de la ciudad y presidente del consejo municipal es un hombre de Boston, Washington Lithgow.

No se puede ser presidente de Santo Domingo a menos que se haya nacido dominicano, pero sí se puede ser alcalde de una ciudad o presidente del consejo municipal sin importar de dónde se venga. Durante cuatro períodos consecutivos, los dominicanos han sido lo bastante sensatos como para elegir a éste Yankee de Massachusetts como su alcalde. Periódicos sensacionalistas han escrito muchas mentiras sobre Santo Domingo, una de las cuales ha sido especialmente frecuente durante el último año: que los Dominicanos odian a los Americanos.

Ésto no parece muy cierto, ¿verdad?

El alcalde de Puerto Plata es un hombre corpulento, digno y afable al mismo tiempo. Ya no es joven, pero se mantiene erguido y activo, aunque es contemporáneo del senador George Frisbie Hoar y del gobernador George S. Boutwell, cuya antigua amistad recuerda con emoción.

Pasé largo rato sentado con él en la amplia veranda del Club Comercial, contemplando la ciudad, y aquí están algunas estadísticas y otros datos que recogí mientras el pequeño muchacho negro del delantal blanco iba y venía solemnemente:

Termómetro a setenta y ocho grados; la brisa marina deliciosa; el aire como el mejor junio de Nueva Inglaterra.

Puesto en cifras, por así decirlo, Puerto Plata tiene una población de alrededor de 5,000 habitantes, de los cuales un 30 % habla inglés en mayor o menor medida. La tasa de mortalidad es de quince por cada mil habitantes, y la tasa de natalidad es el doble.

El presupuesto de la ciudad éste año fué de 40,000 dólares en moneda estadounidense, de los cuales el 32 % se destinó a las escuelas públicas.

La ciudad cuenta con dos jardines de infancia que utilizan materiales de Boston y están dirigidos por maestras capacitadas; dos escuelas primarias para niños y dos para niñas; una escuela normal para señoritas y otra para jóvenes; y quince escuelas privadas subvencionadas por el municipio.

900 niños entre las edades de cinco y catorce años asisten a estas escuelas, y solamente se aceptan graduados de escuelas normales como maestros. Algunas de las escuelas enseñan inglés, y existe el propósito de que todas lleguen a hacerlo.

La ciudad debe solamente $5,000. El dinero para el uso municipal es recaudado enteramente por la ciudad, que no recibe ayuda alguna del Gobierno. Proviene de un porcentaje de los derechos portuarios, de las “patons” —una cuota de licencia exigida a todos los que realizan negocios— y de impuestos especiales para alumbrado, agua, etc.

La policía y los funcionarios municipales son pagados con ése fondo, así como también un departamento de “white wings”, que se mantiene ocupado durante todo el año limpiando y reparando las calles. Esta es la única ciudad de la isla que mantiene un departamento de limpieza de calles trabajando constantemente, como uno descubre fácilmente al visitar las demás ciudades.

En el Club Comercial hay una biblioteca de 1,000 volúmenes en inglés, francés, español y alemán, además de muchos periódicos y revistas. El Club Comercial es para personas mayores. Los jóvenes también tienen un club con un espacioso edificio, y existe además un club de señoritas equipado de manera similar.

Hay 800 protestantes en Puerto Plata, metodistas wesleyanos. Tienen una bonita capilla a cargo del Rev. Mr. Mears, un ministro inglés, y los servicios religiosos se celebran en inglés y español. Volviendo por un momento a las escuelas, existe un comité escolar compuesto por cuatro miembros, nombrados por el Gobierno nacional. Está integrado por el gobernador de la provincia, el alcalde de la ciudad, un sacerdote y un ciudadano.

Las revoluciones no han interferido con los asuntos municipales, pues ambos bandos respetan en gran medida su autoridad. De hecho, el ayuntamiento ha actuado muchas veces como intermediario, arbitrando los acuerdos en la resolución final de los conflictos.

El señor Lithgow me dió mucha información sobre el carácter de los Dominicanos, a quienes considera como niños grandes, niños revoltosos muchas veces, aunque en esencia un pueblo amable, satisfecho con poco, honrado y no tan malo como lo pintan quienes saben poco de ellos y escriben mucho.

El Dominicano suele llevar un ancho cinturón en el que coloca un cuchillo largo, un gran revólver y tantos cartuchos como pueda contener. Puede que los cartuchos ni siquiera sirvan para el revólver, pero éso no importa; el equipo es más para aparentar que para usarlo. Los lleva de la misma manera que algunos hombres del Norte usan un gran alfiler de diamante y una pesada cadena doble de reloj: es parte de su atuendo de gala. Nunca se le ha conocido por usar ni revólver ni cuchillo contra un extranjero visitante, y sólo los usa contra sus propios compatriotas cuando está borracho o celoso. Los asaltos en los caminos son desconocidos tanto en la ciudad como en el campo. El señor Washington Lithgow deja las puertas de su casa sin llave durante la noche y me citó el único caso de robo por allanamiento que se conocía en el Puerto Plata moderno. Ésto ocurrió en un almacén de artículos y provisiones propiedad de un Israelita.

En la fría y gris madrugada de la mañana siguiente, el Hebreo encontró un gran agujero abierto en la puerta de su tienda. Sus lamentaciones atrajeron a la policía y a una multitud, pero fué necesario hacer un inventario de la mercancía para determinar qué había sido robado. Aquí está la lista:

  • Tela cortada de un rollo, suficiente para hacer un traje.
  • 6 camisas.
  • 6 mudas de ropa interior.
  • 6 pares de medias.
  • 1 par de zapatos.
  • 1 sombrero.

El ladrón considerado había tomado sólo lo que necesitaba para su uso inmediato.Si hubiera reemplazado la puerta tallada, ésta historia quizás nunca habría sido contada.

Interrogué al señor Washington Lithgow con bastante insistencia sobre un punto.

—Usted dice —le dije— que los dominicanos son singularmente morales y fieles a sus votos matrimoniales; sin embargo, según estas cifras que me ha dado, encuentro que el 40 % de los nacimientos son ilegítimos. Yo diría que “singularmente” es, en efecto, la palabra correcta para usar.

Entonces sonrió con aquella serena sonrisa de un hombre de Boston que nunca desaparece, al menos en un clima tropical.

—Ambas afirmaciones son correctas —dijo—, y puedo explicar su aparente contradicción.

Los hombres pobres de este país son muy pobres en cuanto a dinero en efectivo se refiere. Un peón que gana cincuenta centavos al día, cuando logra ganar algo, debe pagarle al sacerdote que lo casa ocho dólares. Otras tarifas elevan el total a unos veinte dólares aproximadamente.

¿Cómo puede un peón reunir veinte dólares de una sola vez?

Sabe que no puede hacerlo, así que él y la mujer de su corazón simplemente se van a vivir juntos. Casi invariablemente son fieles también a esos votos no registrados; sin embargo, los hijos deben considerarse ilegítimos, al menos según los registros del censo.

El USS Detroit es el único buque de guerra en Puerto Plata en la actualidad. Ha estado aquí o en los alrededores durante tanto tiempo que los dominicanos se refieren a él como “nuestro barco”.

No parece haber resentimiento por parte de ellos hacia la marina porque esta domine así su situación. El capitán Scott y sus oficiales son recibidos con marcada consideración y buena voluntad en la mejor sociedad de tierra firme. Los marineros han tenido permiso para bajar a tierra durante la última semana o dos, y también han sido tratados igualmente bien. Ya no queda cerveza embotellada en esta ciudad. Puede ser que el dominicano admire más al marinero estadounidense porque él mismo no es un buen navegante.

El vapor recoge muchos pasajeros de puerto en puerto, y son una multitud bien vestida y alegre. Algunos son negros, pero más pertenecen al tipo criollo, o al menos muestran una mezcla de ambos. Charlan animadamente en español, tocan el piano en el salón social y se reúnen en las cubiertas mientras el vapor abandona el puerto. Pero cuando el barco comienza a hundir la proa en las largas olas del Atlántico, esas ondulaciones que el viento, en su libre recorrido, envía y que quizás comenzaron en la costa occidental de África, los dominicanos desaparecen de cubierta.La charla cesa, el piano enmudece, la mesa del comedor queda desierta y los anglosajones tienen la cubierta para ellos sólos. Pocas islas dejan de producir marineros, pero Santo Domingo no los produce.

Don Luis Alvarez,a bordo en el barco,delegado al congreso dominicano por la provincia de Monte Cristi.

El señor Álvarez, representante del distrito de Monte Cristi, que viaja con nosotros hacia “la ciudad” para asistir a una sesión del Congreso, me señaló ésto con cierta preocupación.

Los barqueros en los puertos dominicanos son negros, negros de piel oscura, y el señor me explicó, en un inglés cuidadoso, que éstos no eran Dominicanos, sino hombres de color procedentes de otras islas: Saint Thomas, Barbados, los Cayos Cocos o Turks Island.

Las islas bajo dominio inglés poseen una excelente raza de hombres negros fuertes y resistentes que son magníficos marineros. Las islas de habla española, y en particular la República Dominicana, no los producen.

La cuidadosa explicación del señor Álvarez tenía además otro motivo. No quería que yo pensara que los hombres negros representaban a los isleños. Los dominicanos son bastante cuidadosos con éso . Puede que tengan sangre negra en sus propias venas —la mayoría la tiene—, pero sus aspiraciones se orientan hacia lo blanco, y cuanto más se ignore el lado negro, más les agrada. 

La gente del país es generosa con el dinero que tiene. El peón irá a un “baile” el sábado por la noche y bailará hasta el lunes por la mañana, gastando el salario de toda la semana y empeñando el de la próxima si puede, con la despreocupada prodigalidad de un caballero. En realidad, todos se consideran “caballeros” según su propia idea de la palabra, y actúan como tales con vigor tropical.

Sin embargo, después de todo lo dicho, la elegancia y modernidad de Puerto Plata no se deben enteramente a la influencia de las ideas de Boston. El pequeño ferrocarril de vía angosta de dos pies, que asciende por las montañas mediante un riel dentado y envía un tren diario hacia Santiago, en el interior, fué construido y es operado por Americanos.

Edward Hall, el gerente; el señor Jerome, jefe mecánico; el señor Balch, ingeniero; y otras personas de la buena y vieja estirpe yanqui vinculadas a la empresa son hombres excelentes y merecidamente populares entre los dominicanos. Ellos también han hecho mucho por dar al pueblo ejemplos de energía y espíritu emprendedor.

Tampoco deben olvidarse muchas familias dominicanas en este relato. Está la familia Ginebra, antiguos comerciantes del lugar. Alfredo Ginebra es uno de ellos. Fué educado como ingeniero en los Estados Unidos, diseñó los sólidos muelles, construyó muchas de las excelentes calles y todavía está a cargo de esas obras.

La lista de Dominicanos capaces que han contribuido a embellecer la ciudad podría ampliarse fácilmente. Hay tres parques bien diseñados y bien cuidados, pequeños pero hermosos, y la gente siente mucho orgullo e interés en mantenerlos en buen estado.

Ésta es, ciertamente, la visión favorable de la situación. Creo que es la correcta, aunque es tan diferente de las teorías aceptadas basadas en lo que se ha publicado, que podría cambiar de opinión cuando haya visto más de la isla.

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