La siguiente entrevista, publicada originalmente en el periódico New York Herald, constituye un importante testimonio histórico sobre la situación política de la República Dominicana en la segunda mitad del siglo XIX.
A través de una extensa conversación con Gregorio Luperón, el entrevistador recoge los acontecimientos políticos del momento y también el pensamiento, las motivaciones y el carácter del general. En el diálogo también se incluyen sus opiniones sobre el general José María Cabral y la coordinación entre ambos en la lucha contra el gobierno de Buenaventura Báez. Así mismo, se abordan las críticas al régimen vigente y las tensiones generadas por acuerdos como el arrendamiento de la Bahía de Samaná a intereses estadounidenses.
Le doy las gracias al ilustre amigo, el doctor Albert Carvajal, quien me colaboró en el hallazgo de éste documento histórico.
Jorge Serraty
ENTREVISTA CON LUPERÓN
Él piensa que Cabral se ha vuelto obsoleto; su gran idea de convertir a Haití y Santo Domingo en una sóla república; preparativos para cruzar la frontera; perseguido por espías de los Estados Unidos; lo que puede esperar la compañía de la bahía de Samaná.
Le Coupe, Haití, 5 de abril de 1873.

General Gregorio Luperón, circa 1866.
He encontrado por fín a Luperón y tuve una larga conversación con él. Era falso el informe de que había partido con una fuerza invasora hacia territorio Dominicano. Simplemente había realizado un reconocimiento de la frontera en compañía de otro dominicano, anteriormente oficial del ejército.
Desde su regreso, el ministro Curiel, del gabinete de Báez, recorrió el valle de Monte Cristi y habló en varias reuniones del pueblo, explicando el arrendamiento de la Bahía de Samaná a una compañía estadounidense y afirmando abiertamente que el gobierno de los Estados Unidos estaba identificado con la empresa y comprometido con la protección del territorio dominicano.
El resultado de los discursos del ministro Curiel fué despertar un fuerte sentimiento contra el gobierno, y Luperón me mostró un paquete de cartas que acababa de recibir de dominicanos al otro lado de la frontera, solicitándole que fuera cuanto antes, pues estaban listos para una revolución.
PERFIL DE LUPERÓN
Me sorprendió encontrar a éste conocido jefe filibustero tan joven tanto en realidad como en apariencia. Apenas tiene treinta y cuatro años, de modo que cuando luchó para liberar el suelo dominicano de los españoles, hace más de diez años, apenas tenía veintidós; sin embargo, ya entonces era un combatiente destacado en las filas de los patriotas.
Es un hombre bien formado, musculoso y fibroso, de cinco pies y nueve pulgadas de estatura, de rostro delgado, mirada clara y honesta, con un pequeño bigote, y que muestra en sus maneras y conversación mucho aplomo y determinación.
Vestía un traje gris oscuro, suficientemente grueso para las montañas que se elevaban sobre nosotros, pero que parecía bastante caluroso en el valle, donde el termómetro rondaba los noventa grados.
La sangre de tres razas se mezclaba en su composición. El contorno del rostro era indígena, el cabello claramente africano y los rasgos sugerían una herencia española.
Respondía a cada pregunta de manera agradable y fluida, con un grado poco común de franqueza.
Había oído que era un gran jinete, así que comenzamos con una pequeña conversación sobre caballos. Dijo que una vez recorrió la distancia entre Santiago y Monte Cristi en seis horas, cruzando a nado el río Yaque dos veces en el trayecto. Creo que el camino tiene alrededor de ciento veinte millas. Ésto es difícil de creer.
LO QUE LUPERÓN PIENSA DE CABRAL
—General —pregunté—, ¿cuáles son las relaciones entre usted y Cabral? Voy a partir dentro de unos días para verlo, y me gustaría saber de antemano si usted y él mantienen buenas relaciones; además, quisiera saber cuál de los dos tiene el mando superior y cuál de ustedes piensa actuar primero en la frontera.
—Me abruma usted con tantas preguntas —dijo Luperón, riendo—, pero procuraré responderlas una por una.
Hubo una diferencia entre el general Cabral y yo, pero está en vías de resolverse por completo. Me quejé de la lentitud de Cabral y de su falta de cooperación. Él ha estado aquí ya más de tres años y no ha hecho nada. Me recuerda a un hombre que vive de sus relaciones y no hace esfuerzo alguno por salir adelante por sí mismo. Si hubiera cooperado conmigo hace un año, ahora yo estaría en la ciudad de Santo Domingo.
Le escribí diciéndole que se estaba volviendo viejo y oxidado —o, mejor dicho, que estaba perdiendo vigor—, y que ya era hora de que despertara y empezara a moverse.
Él tenía la idea de que yo debía desempeñar un papel subordinado y que no tenía derecho a dictar un programa ni a sugerir una política.
LA VERDADERA IDEA DE LOS PATRIOTAS
Ahora sostengo que represento tanto la parte oriental como la occidental de la isla.
Me siento satisfecho de que los dos pueblos puedan unirse y establecer una sola república en esta isla, lo suficientemente fuerte para ser independiente de toda ayuda exterior y lo bastante valiente para resistir cualquier interferencia extranjera. Éste ha sido el sueño de toda mi vida, y voy a poner a prueba la fuerza que hay en él.
En cuanto a cuál de nosotros tiene el mando superior, es en realidad un asunto que no debería afectar nuestras relaciones. Mi atención está dirigida a la frontera norte; la suya, a la frontera sur. Podemos cooperar en perfecta armonía sin disputar quién es primero o segundo en el mando.
Si tenemos éxito y logramos expulsar a Báez, tampoco debe haber disputa, porque el pueblo quedaría libre para decidir un candidato a la presidencia. En lo que a mí respecta, no tengo ambición por ese puesto. Lo que quiero es ver preservada la integridad de mi país.
Considero la atrocidad de Báez al entregar territorio dominicano a extranjeros como algo digno de castigo. ¿Cree usted que nuestro pueblo aprueba lo que se ha hecho? No, señor. ¿Cómo les gustaría a los estadounidenses que el presidente Grant vendiera la península de Florida a unos extranjeros y se quedara con el dinero en su propio bolsillo? Ése sería un caso análogo.
El pueblo de la parte oriental de la isla ha sido engañado, y pretende obtener reparación.
LISTO PARA MOVERSE HACIA LA FRONTERA
En cuanto a cuál de nosotros tiene la intención de moverse primero hacia la frontera, no puedo decirlo con certeza. Estoy listo para partir mañana. Puedo contar ahora con dos mil fusiles; pero debo añadir que el armamento está subordinado a la cuestión del transporte y los suministros.
No hay en el mundo un ejército que necesite tan poco en materia de subsistencia como el dominicano. Pueden marchar sin zapatos y pueden alimentarse de caña de azúcar durante mucho tiempo; pero yo preferiría cien hombres bien montados a cinco veces ese número a pie, porque mucho depende de la rapidez del movimiento.
Estoy esperando ver con qué cuentan mis amigos al otro lado de la frontera antes de iniciar las operaciones.
QUIÉN SOSTIENE LA EMPRESA
—Permítame preguntarle, general, quiénes son sus ayudantes y cómplices en esta empresa.
—Bien, es una pregunta bastante directa; pero no tengo inconveniente en declarar que varias de las promesas de ayuda que he recibido provienen de fuera de ésta isla.
—¿Ha prometido el gobierno haitiano ayudarle?
—No exactamente. Son amistosos y simpáticos, y se han esforzado por promover la armonía de sentimientos y acción entre el general Cabral y yo.
—¿Han prometido algunos comerciantes de Saint Thomas o Curaçao adelantarle los recursos de la guerra?
—Hay personas en ambos lugares que, sin duda, estarían dispuestas a ayudarnos; pero no se lo he pedido. No es que me avergonzara solicitarles ayuda, sino que quería ver con claridad el final de ésta empresa antes de hacer una solicitud. En caso de fracaso, su dinero se perdería, y mi objetivo es reducir al mínimo la posibilidad de fracaso.
LO QUE PUEDE ESPERAR LA COMPAÑÍA DE SAMANÁ
—¿Qué haría usted con la Compañía de la Bahía de Samaná en caso de triunfar y ser elegido presidente?
—Lo primero que haría sería instituir una investigación rigurosa sobre la manera en que se llevó a cabo la venta o el arrendamiento de la península. Obligaría a la compañía a presentar una declaración clara y jurada de todas las propiedades que actualmente reclama bajo el tratado, así como de todas aquellas fuera de la península de Samaná por las cuales no paga renta ni ha pagado en plena propiedad ni de ninguna otra forma, y que deberían ser devueltas al Gobierno.
Tengo entendido que esta compañía afirma poseer más tierras de las que figuran en el texto del tratado, y que Báez tiene su parte oculta junto con el resto. Una vez averiguado esto, haría que el pueblo fuese plenamente informado del carácter exacto del proyecto de Samaná, y luego, sin presión ni intimidación, y de la manera más libre y completa, se sometería la cuestión a votación.
Mientras tanto, esos caballeros estadounidenses en Samaná permanecerían en posesión tranquila de sus propiedades, cumpliendo los términos de su acuerdo y esperando la decisión honesta del pueblo dominicano.
—Sin embargo, supongo que usted no es hostil a la introducción de capital en el país al estilo de la Compañía de la Bahía de Samaná, ¿verdad?
—En absoluto. Yo daría la bienvenida al capital de cualquier procedencia, pero no quiero inversiones que, en nombre de la especulación comercial, busquen la destrucción de la nacionalidad del país.
NADA DE MANIOBRAS ENGAÑOSAS
Por todo lo que he podido averiguar, éste asunto de Samaná no es más que un pretexto para la anexión, y a eso me opongo y me opondré mientras viva. El pueblo está en contra de la anexión. En el momento en que el ministro Curiel les dijo que los Estados Unidos estaban detrás de esta maniobra especulativa, se organizó un levantamiento armado en toda la región y se enviaron mensajeros desde varios lugares llamándome para que asumiera el mando y los dirigiera contra el gobierno.
«Llegaré allí a tiempo.»
«Si usted mismo cree que el gobierno de los Estados Unidos está vinculado a la Compañía de la Bahía de Samaná y favorece a Báez, ¿no teme invadir territorio dominicano e intervenir en esta propiedad estadounidense?»
ESPÍAS DE LOS ESTADOS UNIDOS VIGILANDO A LUPERÓN.
«Por el contrario, saber que los Estados Unidos están interviniendo en este asunto me impulsa a oponerme con aún más firmeza. Si el gobierno de los Estados Unidos —o más bien el presidente Grant— ya no tiene interés en Santo Domingo y no está esperando una oportunidad para la anexión, ¿por qué mantienen espías en este país, siguiendo cada uno de mis pasos? Cada movimiento que hago es informado a Washington, y supongo que su secretario de Estado comparte esa información con el presidente Báez.
Pero no me importa. Todo el mundo conoce mis intenciones, y la vigilancia de los espías estadounidenses tendrá muy poco efecto para impedir que lleve a cabo mi programa.»
«Pero, General, ¿no cree usted que la anexión beneficiaría al país?»
FELICES SIN ANEXIÓN
«No, señor. Hablo como un nativo, como un hombre que ama a su patria. Nosotros no tenemos toda esa civilización avanzada que ustedes poseen; pero observe cuán felices somos sin ella. Nuestras necesidades son pocas y fáciles de satisfacer. Somos frugales, moderados y estamos satisfechos con nuestra vida.
Con la anexión quizás podríamos tener más pesos o plata para compensar la pérdida de nuestra nacionalidad, y más adelantos mecánicos para contrarrestar las amargas rivalidades y resentimientos que trae consigo la dominación extranjera. Por muy grande que sea mi admiración por América, espero no vivir jamás para ver esta isla anexada a ella. Contra eso, y únicamente contra eso, lucharé por siempre.
Veo por el Herald, que usted tuvo la amabilidad de prestarme, que un pequeño grupo de indígenas en California ha mantenido a raya durante algún tiempo a las fuerzas del gobierno. Con unos pocos cientos de hombres, ¿cuánto tiempo cree usted que le tomaría a un ejército extranjero expulsarme de las montañas de San Juan de la Maguana?
Bueno, aproximadamente medio siglo.»
SAMANÁ COMO UN PRETEXTO
—“Entonces, ¿usted está satisfecho de que el gobierno de los Estados Unidos tiene la intención de la anexión, y que está utilizando la Compañía de Samaná solo como una tapadera?”
—“Eso es exactamente así, como una tapadera.
Ahora el pueblo comienza a ver mejor dónde está el doble juego, y se están indignando cada vez más por la manera en que han sido engañados. Veo que tienen un nuevo gobernador en Samaná.”
FABENS LO PROVOCÓ
—Sí, general. Su nombre es coronel Joseph Warren Fabens, un caballero de gran belleza personal y talentos muy poco comunes.
—¡Caramba! ¿Talentos poco comunes? Ya lo creo. Conozco muy bien al viejo Fabens. Él y Cazneau estuvieron en negocios juntos en la ciudad de Santo Domingo hace algunos años, pero Fabens nunca estaba satisfecho con un negocio ordinario. Quería andar metido en la diplomacia y la especulación, y ese individuo está detrás de toda esta agitación por la anexión. Pero no tiene sentido práctico.
Le daré un ejemplo. En una ocasión se metió en un negocio especulativo con camellos y llevó unos treinta o cuarenta a la isla, esperando aclimatarlos y reproducir la especie. Después se descubrió que había dejado todos los machos en la ciudad de Santo Domingo y había enviado las hembras a Monte Cristi, a 300 millas de distancia. ¡Me pregunto dónde tenía la cabeza entonces!
EL CABRAL PEREZOZO
“¿Está Cabral demasiado viejo para realizar operaciones activas en el campo?”
“No, no es demasiado viejo. Tiene unos cincuenta y ocho años, pero es demasiado perezoso. No estoy dispuesto a desacreditar al General de ninguna manera, pero se ha expuesto a comentarios muy desfavorables en este país al fingir constantemente que está a punto de hacer algo y no hacer nunca nada.
He esperado ya bastante tiempo su cooperación, y si no cumple en esta ocasión, me consideraré obligado a actuar con total independencia de él.
La gente de la frontera me reclama para que vaya.”
PLAN DE OPERACIONES
“Permítame preguntarle cuál podría ser su plan de operaciones.”
“La verdad es que tengo varios planes, y cuál de ellos adoptaré después de cruzar la línea dependerá de las circunstancias.
Puedo cruzar hacia Guayacanes, sobre el río Yaque, y estar en Puerto Plata tres días después de salir de la frontera. Puerto Plata puede proporcionar los recursos necesarios para una marcha hacia Santo Domingo, y mi opinión personal es que antes de que yo llegue allí, Báez estará camino a Europa, donde tiene invertido su dinero; pero mucho dependerá de la reacción de la gente, en quienes tengo grandes esperanzas.
Si desea acompañarme, puedo proporcionarle un caballo y comprometerme a darle tres comidas de caña de azúcar al día.”
“Gracias, General. La atracción es muy grande; pero realmente hay más emoción en Nueva York. Esperando que tenga un viaje agradable y goce de buena salud en su próxima travesía, me despido”, y nos separamos; el General saltó con agilidad de su silla y me acompañó hasta el inicio de las escaleras.
Un cambio de gobierno puede esperarse en cualquier momento en Santo Domingo, y ésto es el resultado de afligir a tales países con la farsa del republicanismo.
