HistoriaRD-Serraty.

Espacio para estudiar, analizar y conocer los hechos históricos, culturales y de ámbito general que han conformado la nación de la República Dominicana a través de toda su historia.

Entrevista con el general José María Cabral. (Año-1873)

En los años turbulentos que siguieron a la Restauración dominicana, la República Dominicana se convirtió en escenario de intensas luchas políticas, conflictos armados y disputas sobre el futuro de la nación. Mientras el presidente Buenaventura Báez impulsaba proyectos que muchos consideraban necesarios para atraer inversión extranjera y fortalecer el Estado, otros sectores los percibían como amenazas directas a la soberanía nacional. Entre los opositores más firmes surgió la figura de José María Cabral, líder militar y político que desde las montañas del sur encabezó la resistencia revolucionaria contra el gobierno baecista.

La presente entrevista, publicada por un corresponsal extranjero del periódico New York Herald en abril de 1873, ofrece un testimonio excepcional sobre el pensamiento político de Cabral y sobre el clima de tensión que dominaba el país. A través de sus palabras se revelan sus críticas a Báez, su visión sobre la Compañía de la Bahía de Samaná, su preocupación por la influencia estadounidense y sus expectativas respecto al movimiento revolucionario.


CABRAL.


Entrevista con el Jefe Combatiente de Santo Domingo.


“EL GRAN TRAIDOR BÁEZ.”


Las opiniones del hombre de las montañas sobre la Compañía de Samaná.


LA MALDICIÓN AMERICANA DEL TRABAJO DURO.


Proyectos, esperanzas e intenciones de los revolucionarios.


GENERAL JOSÉ MARÍA CABRAL.

SAN JUAN DE LA MAGUANA, 21 de abril de 1873.

Aquí me encuentro desde ayer, respirando la misma atmósfera pura y deliciosa que el renombrado caudillo vagabundo (no en un sentido irrespetuoso) que perturba el tranquilo sueño de nuestro “grande y buen amigo” Báez. Casi paralizado por el calor, el polvo y la fatiga, resultado de dos días de incesante cabalgata, me encuentro en la imponente presencia del omnipresente Cabral. San Juan ciertamente no está adaptada para ser una capital nacional, pero responde admirablemente como cuartel general del harapiento ejército revolucionario que veo acampado en chozas de barro esparcidas sobre la magnífica meseta. Majestuosos y antiguos árboles de algodón —no de esas enredaderas de las islas marinas que un niño puede cosechar, sino árboles de 100 pies de altura— colocados por la mano de la naturaleza a intervalos regulares, dan sombra a la majestuosa esplendidez del panorama, mientras el sol poniente, lanzando su resplandor carmesí a través del oscuro follaje de sus ramas, presta a la escena.

UN ENCANTO SENSUAL.

Mi compañero de viaje y guía, el general Deetjen, me saca de mi ensueño y me acompaña a encontrarme con nuestro anfitrión, que viene acercándose, ante quien soy presentado en mi carácter oficial. Muy poca formalidad acompaña la presentación; pero cuando mi guía informa a su jefe —pues descubro que Deetjen es un Enviado Extraordinario del Presidente de las montañas— sobre mi insistencia en conseguir una entrevista con él, Su Excelencia me toma con entusiasmo ambas manos presidenciales y dice, en el más puro inglés de la Reina:

—«Estoy encantado, señor; profundamente agradecido por el interés que usted ha demostrado por mi destino, y le ruego que transmita al propietario del gran gigante de los periódicos, el New York Herald, mi más sincero agradecimiento por su visita».

LA COMISIÓN DE SANTO DOMINGO.

“Hace dos años, tres eminentes caballeros, encargados por su ilustre Senado de visitar Santo Domingo y averiguar el verdadero sentir del pueblo Dominicano respecto a la anexión de su país, la aniquilación de su autonomía; digo que éstos tres eminentes caballeros, investidos de tan importante misión, no llegaron aquí, señor; no vinieron porque no creyeron que las voces de 10.000 ciudadanos que obedecen mi autoridad debieran pesar en la balanza de una medida tan importante.

Particularmente por ésta razón me alegra que usted haya venido, porque, aunque su periódico expresa a veces cierto desprecio por nuestra raza, aun así se alza con su poderosa influencia como un Coloso contra los persistentes intentos de políticos mercenarios de privarnos de nuestra humilde pero apreciada nacionalidad.

Después de la poderosa elocuencia de su honorable senador Sumner, ése ilustre filántropo, considero al independiente y valiente HERALD como la gran barrera contra la cuál la codicia oficial ha intentado siempre consumar sus propósitos.

Pero está usted fatigado, amigo; mañana hablaremos.”

EL CRIMEN MÁS ESTUPENDO.

Confieso que ésta despedida me produjo un inmenso alivio. Estaba agradecido por la amable recepción; pero, por el momento, me aburría la charlatanería del amable anciano. Seguí los pasos de mi compañero, quien me condujo a una hamaca desocupada, en la que me dejé caer. Y el alegre gorjeo de innumerables músicos que, con sus cuatro notas distintas de la escala, «do-re-mi-fa», parecían cantar a la plateada luna ascendente, acompañado por el murmullo salvaje de un arroyo cercano y la fragante suavidad de una brisa voluptuosa, muy pronto me arrulló hasta caer en un profundo sueño.

El amanecer de ésta mañana, con sus suaves y benévolos matices, me ofreció el mismo motivo de contemplación que el atardecer anterior. Muy pronto se me informó que el Presidente esperaba que lo honrara con mi presencia en el desayuno y, después de darme un baño frío en el cristalino arroyo que atraviesa una agreste quebrada cercana, me dirigí allí, plenamente dispuesto a hacer completa justicia al rústico banquete que me esperaba.

UN DESAYUNO EN LA MONTAÑA.

Café, leche, una pierna fría de venado de montaña, lubina, batatas y yucas asadas y una variedad de frutas deliciosas componían aquella frugal comida.

LA ENTREVISTA.

«Percibo, General, que usted tiene una vida bastante agradable aquí. Muchos de nuestros millonarios de Nueva York darían gran parte de su riqueza por poder respirar el aire puro en el que usted vive.»

Y AÚN ASÍ, ÉL NO ES FELIZ.

Cabral: —Y aun así, amigo, estoy cansado de todo esto. Llevo ya tres años en estos bosques luchando contra la perversa política de ese traidor, Báez, y no deseo otra cosa que volver con mi familia después de haber asegurado, sin lugar a dudas, la autonomía de nuestra sagrada tierra.

Corresponsal: —¿Tiene muchas esperanzas de lograr su objetivo?

Cabral: —Ahora más que nunca. La cesión de la Bahía de Samaná a una compañía privada de especuladores es el golpe final para Báez. Los esfuerzos de Curiel por explicar al pueblo este acto de alta traición no han hecho más que aumentar el descontento popular, y toda la línea del Norte, bajo el mando de García, ya ha mostrado señales de descontento y falta de lealtad, algo que, puede estar seguro, los generales revolucionarios Pimentel y Luperón no dejarán pasar por alto. Una vez que se produzca una ruptura en las tropas de García en el Norte, marcharé con 2,000 hombres hacia Azua, y toda ésa estructura debilitada que controla ése gran traidor, Báez, se derrumbará, y la revolución será un hecho consumado.

LA COMPAÑÍA DE SAMANÁ.

Corresponsal: —En ése caso, ¿cuál sería su postura respecto al tratado sobre la Bahía de Samaná?

Cabral: —Bueno, éso dependería de la disposición y la voluntad de los representantes del pueblo que fueran elegidos constitucionalmente por todas las provincias. En éste momento, Báez tiene un Senado creado por él mismo, y sus miembros —traidores igual que él— están obligados a obedecer su voluntad. Por mi parte, no me opongo a que se introduzca capital extranjero para impulsar el desarrollo de los enormes recursos de nuestro fértil país, pero sí me opongo a cualquier compromiso, aunque sea implícito, que ponga en riesgo nuestra integridad nacional. Realmente creo que, debido a la impresión generalizada entre el pueblo Dominicano de que la ocupación de Samaná por los Americanos no es más que una anexión disfrazada; ése es el tratado, en caso de que la revolución triunfe.

LA EMPRESA TENDRÁ UN DESEMPEÑO MUY MALO.

“Pero, por supuesto, ésta es sólo mi opinión personal, y deseo que usted lo entienda claramente. Señor Corresponsal, no hago la guerra contra Báez por motivos personales o ambiciones propias; pues para refutar eso existe el hecho de que fuí yo quien primero lo sacó de su oscuridad y lo colocó en la alta posición que él ha abusado y degradado tanto. Le hago la guerra porque, desde su toma de posesión, ha traicionado las libertades del pueblo; porque ha transformado nuestro escasamente poblado país en un inmenso campamento, y porque se ha apropiado para su uso personal de todos los ingresos del Estado.”

CORRESPONSAL— Entonces, ¿realmente cree usted, General, que la Compañía de la Bahía de Samaná de Santo Domingo es una especulación fallida?

LA CARGA DEL ARDUO TRABAJO.

CABRAL.— Sí, señor. Particularmente porque nuestro pueblo, acostumbrado a una vida de comodidad —podría decir incluso de indolencia— encontrará una diferencia muy marcada cuando tenga que competir con la iniciativa y el dinamismo de los americanos para ganarse el sustento cotidiano.

Habría sido mejor que el General Grant nos hubiera dejado sólos para forjar nuestro propio destino.

CUANDO SE MEZCLARON CON EL INDIO AMERICANO.

Quizá cuando nuestro pueblo esté más avanzado, la anexión como un Estado de la Unión sería deseable, pero incluso entonces, si yo viviera, me opondría an ella hasta la última gota de mi sangre. ¡Miren a California y Texas! ¿Qué han ganado los habitantes originales con la anexión? Absolutamente nada.

Sus vigorosos norteños los han expulsado, los han matado o los han mantenido en un estado de servidumbre miserable. En cualquier caso, casi han desaparecido por completo. No se puede decir que se hayan vuelto homogéneos, porque donde todavía se encuentran siguen siendo exactamente la misma raza primitiva que siempre fueron. La raza Latina, especialmente, nunca puede llegar a volverse homogénea con la Anglosajona.

SU INDEPENDENCIA TAMBIÉN ESTÁ AMENAZADA.

CORRESPONSAL — Supongo, General, que usted favorece un sólo gobierno para toda la isla.

CABRAL — Bueno, camarada, sí, si fuera posible; pero una banda de individuos como Báez ha establecido prejuicios tan fuertes en la mente del pueblo dominicano contra los haitianos que resulta casi imposible hacerles abandonar ésas ideas.

CORRESPONSAL — ¿Lo apoya el gobierno haitiano en esta guerra contra Báez?

CABRAL — Podría decir que sí y que no, si puede comprender la contradicción. Sé que cuento con las simpatías no solo del gobierno, sino también de toda la población, que sabe muy bien que…

Pero recibo poca o ninguna ayuda material, y usted sabe que en la guerra nada puede hacerse sin nervus rerum gerendarum (el dinero o los recursos necesarios para llevar adelante los asuntos). Por ahora dependo para el éxito únicamente del patriotismo de mis compatriotas, el cual, dadas las circunstancias, lamento decir que a veces flaquea.

En éste punto la conversación también decae y se vuelve dispersa. No queda más que agradecer al General por su amabilidad, tras lo cual vuelve a estallar en elogios sobre la grandeza de la empresa del New York Herald y reitera su agradecimiento al propietario por haber enviado un corresponsal a su campamento.

CABRAL.

Cabral es un “mulato puro”, con, a mi juicio, nada de ascendencia aborigen en su composición. Es un compañero afable, de carácter franco y gentil, de educación liberal; se graduó en la Universidad de Londres y, como era de esperarse, habla inglés con fluidez.

“¡Feliz idea!”

Es hora de abandonar esta hermosa región salvaje.

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