Introducción
Éste texto presenta una descripción crítica de la situación de la República Dominicana en 1905, marcada por la inestabilidad política, las constantes revoluciones y una profunda crisis económica. El presidente Carlos F. Morales Languasco se encontraba ante una situación especialmente difícil, pues además de enfrentar la oposición interna, debía hacer frente a las reclamaciones de los acreedores extranjeros y al peligro de una intervención de potencias Europeas como Alemania, Francia e Italia, cuyos gobiernos llevaban ya mucho tiempo esperando, sin obtener resultados, y en ése momento sus buques de guerra ya se encontraban en aguas dominicanas ejerciendo presión sobre el gobierno.
En ése entonces, la situación con los Estados Unidos también había avanzado considerablemente. Desde el Protocolo del 31 de enero de 1903, acordado durante el gobierno de Horacio Vásquez, y posteriormente con el laudo arbitral relacionado con la San Domingo Improvement Co., Washington había asumido directamente la reclamación de una deuda contraída originalmente con una compañía privada estadounidense. Ante éste panorama, y con el peligro de una intervención extranjera cada vez más cercano, Morales consideraba que la administración de las aduanas dominicanas por parte del gobierno estadounidense era la única salvación posible para afrontar la grave situación que atravesaba el país.
Sin embargo, esta amenaza estadounidense no era nueva. En enero de 1903, el encargado de negocios estadounidense en la República Dominicana, William F. Powell, había firmado el Protocolo con el gobierno de Horacio Vásquez. Apenas unos meses después, en abril, Vásquez cayó del poder y Alejandro Woss y Gil asumió la presidencia. Woss y Gil intentó desconocer el acuerdo, provocando una fuerte reacción de los Estados Unidos y dejando en evidencia que Washington estaba dispuesto a intervenir para defender sus intereses. La intervención que finalmente se produciría en 1916 pudo haberse adelantado desde entonces si el Gobierno dominicano no hubiese cedido ante las presiones estadounidenses. Así, el presidente Morales se encontraba ante una disyuntiva en la que cualquier decisión implicaba riesgos para la soberanía nacional.
Jorge Serraty
Santo Domingo, a Demoralized Republic.
LA REPÚBLICA DE LAS REVOLUCIONES.
IMÁGENES OPORTUNAS DE LA CONFLICTIVA ISLA DE SANTO DOMINGO, CUYA DESORDENADA SITUACIÓN FINANCIERA LOS ESTADOS UNIDOS SE ESFORZARÁN POR REMEDIAR.
Fotografías de T.C Muller, nuestro fotógrafo de planta, quien visitó recientemente la isla.

EL PRESIDENTE CARLOS MORALES, DE SANTO DOMINGO, EN EL CENTRO, ACOMPAÑADO DE SUS ASISTENTES.
SANTO DOMINGO parece la ciudad en ruinas de una raza extinta, a la que se le hubieran vuelto a poner techos y contraventanas, para convertirla en la morada de una población inferior. Del mismo modo, su gobierno cuelga flácido y harapiento sobre su pueblo, como si un pigmeo se hubiera puesto las prendas de segunda mano de un gigante. En nombre, es la república que ha sido la ambición de los hombres libres. En realidad, es un sistema feudal basado en las aduanas. En ésto se encuentra la explicación tanto de la revolución interna que amenaza al actual gobierno del presidente mulato, Carlos F. Morales, como del desastre inminente que viene desde el exterior, ante la amenaza de las potencias extranjeras de apoderarse de los puertos para satisfacer reclamaciones. En ésto también se encuentra la explicación de lo que el presidente Morales dice que es la única salvación de su país: la administración de las aduanas por parte del gobierno americano. El grupo de figurantes de éste melodrama está compuesto por soldados negros, descalzos y enanos, dispuestos a luchar a favor o en contra de cualquiera por cincuenta centavos al día; sus líderes son una multitud de generales negros y descalzos, que llevan galones dorados en lugar del dril azul de la tropa. En primer plano se encuentra la antigua muralla marítima de la fortaleza de la ciudad capital, profundamente acribillada por las balas de numerosos pelotones de fusilamiento. Ésta es el sustituto dominicano de una prisión política, el destino de aquellos fracasos de gobierno que no pueden escapar al exilio, el peligro siempre inminente para el presidente Morales si no puede vencer las dificultades actuales, el único monumento permanente erigido a lo que en ésta isla recibe el nombre de gobierno libre. Como escenario y telón de fondo, antiguas murallas y fortalezas anteriores a Vauban se elevan detrás de las desordenadas filas de una soldadesca al estilo de Falstaff , y enormes catedrales desgastadas por los siglos se alzan aquí y allá. Las descargas de fusilería resuenan contra las murallas que albergan los huesos de Colón con tanta frecuencia como las gotas de lluvia.

CURIOSA ENTRADA A LA ANTIGUA FORTALEZA DE SANTO DOMINGO.
Desde los días prósperos del virreinato de Diego Colón, Santo Domingo ha degenerado hasta convertirse en un territorio desolado, atravesado únicamente por senderos dispersos, con una población que, según la gente del lugar, no debería estimarse en más de 200,000 habitantes, a pesar de la cifra habitual de tres veces esa cantidad. No hay escuelas. La tributación directa es desconocida, como tampoco existen ingresos internos. El gobierno, en todos sus niveles, obtiene su dinero de las aduanas. Cada gobernador de una provincia tiene una aduana. Con sus ingresos paga sus gastos y mantiene una fuerza de hombres. Mediante la fuerza, el engaño, las amenazas o la diplomacia, Morales ha reducido a la subordinación a todos éstos gobernadores cuasi independientes, excepto a uno. La excepción es Arias, gobernador de Monte Cristi. Morales le cortó las garras cuando persuadió a los Estados Unidos para que designaran el puerto de Monte Cristi como la segunda aduana que ocuparían para satisfacer las reclamaciones estadounidenses, conforme a un acuerdo anterior al tratado derrotado. Arias y Rodríguez, su lugarteniente, privados de los ingresos necesarios para sostener la rebelión, esperan partir cualquier día hacia la capital con las fuerzas que tengan. Son del partido Jimenista. El presidente Jiménes fué depuesto por el partido Horacista, llamado así por Horacio Vásquez, jefe principal del clan de la región del Cibao situada entre Monte Cristi y la capital. Woss y Gil, sucesor de Jiménes, fué expulsado por una combinación de fuerzas Jimenistas y Horacistas. Carlos F. Morales, ex sacerdote jesuita, pero entonces gobernador jimenista de Puerto Plata, que ayudó en ésta revolución, se las ingenió políticamente para llegar a la presidencia como candidato de compromiso para suceder a Woss y Gil. Poco después, los jimenistas rompieron con él, y la última revolución fué su primer intento de derrocarlo. Morales confía en su capacidad para derrotar el segundo levantamiento jimenista que se anticipa.

SOLDADOS DEL EJÉRCITO DE MORALES DURANTE UN EJERCICIO MILITAR EN LA FORTALEZA DE LA CAPITAL.

ANTIGUO CAÑÓN ESPAÑOL INSTALADO EN LA FORTALEZA DE SANTO DOMINGO.
Pero el peligro que teme es la ocupación de sus puertos por los acreedores extranjeros. La deuda dominicana de $32,000,000 se remonta aproximadamente a 1888, y es el resultado acumulativo de muchas revoluciones exitosas que han sido capitalizadas en el extranjero. Los ingresos dominicanos son de $1,500,000 al año. El tratado no ratificado con los Estados Unidos habría significado la administración estadounidense de todas las aduanas dominicanas, destinándose el cuarenta y cinco por ciento de las recaudaciones al sostenimiento del gobierno y el resto a la satisfacción de la deuda extranjera. Habría significado el fín de las revoluciones, porque habría retirado las aduanas, la base de toda revolución, del alcance de los insurgentes. La acción independiente de los acreedores extranjeros, respaldada por buques de guerra alemanes, italianos y franceses, significaría la anarquía para Santo Domingo. No habría ninguna seguridad de ingresos para el gobierno en tal arreglo, y sin una aduana ni Morales ni ningún otro podría mantener una fuerza de soldados siquiera durante un día. Sin los soldados descalzos, ni el general ni el gobierno local podrían existir. Pero los Estados Unidos, negándose a ayudar a los acreedores extranjeros a cobrar lo que se les debe en Santo Domingo, se han asegurado dos puertos para satisfacer las reclamaciones de sus propios ciudadanos. La gente de las Indias Occidentales no vé en la Doctrina Monroe ninguna garantía contra las potencias extranjeras que sigan éste ejemplo bajo las circunstancias. Su esperanza, y la de Morales, es que el secretario John Hay pueda, de alguna manera, aplazar el día funesto hasta que el Congreso tenga otra oportunidad de considerar el tratado dominicano o de adoptar una resolución conjunta que faculte al presidente para establecer algún arreglo equivalente.
T. C. MULLER.

